—Adelante —habló un hombre con voz gruesa.
Alan entró al precinto y su oficina era todo lo contrario a lo que era por fuera. Estaba oscuro y unas cortinas color café no permitían que la luz entrara a la habitación. Su escritorio color caoba estaba repleto de papeles y libros regados por doquier. El sofá de cuero estaba siendo usado por Shawn Brown y otro asiento delante de él estaba ocupado por una mujer de 40 años, su cabello era rubio y su piel tostada, parecía afligida al ver a Alan.
—Buenos días, señor —habló Alan y vio al hombre a los ojos—, Twyla me dijo que me necesitaba.
—De hecho, sí —habló él.
Los ojos de Shawn Brown eran idénticos a los de Twyla, contrastaban con su piel tostada y su barba frondosa. Sus dientes eran perfectos cuando sonreía, algunas veces, casi nunca, pero su barbilla era tan dura como una piedra que intimidaba a los hombres que interrogaba. Sus brazos eran gruesos y llenos de musculatura, abarcaban toda la manga de la camiseta blanca que llevaba puesta. A pesar de tener 43 años, era más robusto y atractivo que Alan, al menos eso pensaba.
—Twyla me dijo que tienes contactos con los de la cafetería y me gustaría que los usaras para traerme un capuchino —sentenció Shawn Brown.
Alan vio a la señora con desconcierto. Pensaba que quería hablarle de algo más serio como ayudarlo a resolver algo. Volvió su mirada a Shawn Brown, quien continuaba observándolo expectante.
—¿Y qué esperas? —preguntó Shawn Brown.
—De acuerdo, en camino.
Alan salió de su oficina.
—¿Te pidió café? —preguntó Twyla con una sonrisa pícara.
—Ya no te haré más favores —respondió Alan abriendo la puerta de cristal.
Twyla se rió entre dientes y Alan usó el ascensor.
Corrió a la velocidad de la luz, tomó otra taza de café y dejó el efectivo encima del mostrador, decidió caminar a paso rápido por las escaleras para que no pareciera sospechosa la velocidad con la que lo había comprado.
Llegó de nuevo al despacho, le entregó el café a Shawn Brown sin dirigirle la mirada a la señora que le contaba sus problemas. Salió y se sentó en una de las sillas de espera frente a Twyla.
—No puede ser que apenas abrieron y ya tiene un cliente —dijo Alan cruzándose de brazos.
—Esa señora lleva tiempo sentada afuera —respondió Twyla tecleando con premura—, parecía que fuera algo importante. Pero no lloraba como si hubiera desaparecido su hijo o algo.
—¿Ahora estudias a los clientes?
—Estudio lo que se me dé la gana, envidioso —Twyla lo vio de reojo.
Alan apartó la mirada con una sonrisa.
Vio la puerta de cristal y vio cómo algunas personas comenzaban a bajar y abrían la puerta de cristal, más clientes que se dirigieron al puesto de Twyla, por supuesto, ella los recibió de una manera afable. Una vez que terminaron de hablar, se sentaron y Alan se levantó para darles un espacio y se acercó a su amiga.
—Necesito un descanso —dijo Twyla mientras anotaba algo en su libreta—, no he descansado en días. Siempre que llaman tengo que atender y son familias preocupadas si encontramos a alguien o no, nosotros los llamaremos, no ustedes a nosotros. Gracias.
—Ouch —respondió Alan fingiendo dolor.
—Lo siento, estoy algo estresada y muy malhumorada —Twyla guardó su libreta y suspiró.
Alan respiró hondo. Quizás esta era la oportunidad, quizás este era el hermoso día que siempre había pedido. Ya no tenía alguien que la persiguiera, había superado a su exnovio, todo iba perfecto. Solo faltaba que soltara las difíciles palabras. Esas palabras que decían…
—¿Quieres salir conmigo? —las palabras habían salido demasiado rápido, quizás ella no lo había entendido ¿De dónde había sacado el valor para decirlo?
—Seguro —respondió Twyla con una sonrisa.
—¿De verdad? —preguntó con recelo.
—¿Por qué no? —Twyla se encogió de hombros—, me gustaría hablar contigo en otros lugares que no fueran en el trabajo o en cenas familiares, que ni siquiera hablamos. Sería un descanso de la rutina de siempre.
Alan sonrió. Su corazón estaba a punto de explotar. Así que esto era la auténtica felicidad. Estaba nervioso, pero a la vez estaba emocionado. Debía preparar todo para hoy, el lugar, el Uber, no iba a tener sus trabajos nocturnos, así que el mundo debía esperar. Rayos, rayos, rayos, todo era de maravilla.
—De acuerdo —respondió Alan.
La puerta se cerró y la señora que había estado en la oficina de Shawn Brown salió sin decir nada más. Fue casi inmediatamente cuando Shawn salió de su despacho.
—Alan, necesito hablar contigo —habló él y dejó la puerta entreabierta.
—El deber llama —dijo Alan y aplaudió—, nos vemos en el restaurante de abajo. A las 7 ¿Está bien para ti a las 7? Porque no sé si estás ocupada o…
—Está bien a las 7, bobo —respondió Twyla con una sonrisa.
Alan continuó su camino hasta el despacho tratando de eliminar la sonrisa tonta que cargaba. Era el mejor día de su vida. Todo estaba perfecto.
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Editado: 28.05.2026