Mid [#2 Aberrantes]

Capítulo 5 - Merezco algo más

—Alan, lo digo en serio —dijo Enrique golpeando el puño contra la mesa—, merezco algo más que solo un trabajo como camarero. Es decir, amo trabajar en discotecas, hay chicas lindas que quieren que les jales el cabello.

—Mientras vomita, claro —respondió Alan con los brazos cruzados y encogiéndose de hombros.

Enrique era un encanto físicamente, pero siempre al abrir su boca las chicas preferían huir de él. Era otro prototipo de hombre queriendo fornicar. Sus ojos eran pequeños, llamativos por la intensidad de ese pardo, su cabello era castaño claro, casi un rubio, pero su piel tostada demostraba que era castaño, al igual que sus cejas pobladas de un tono más oscuro y sus labios delgados nunca se cerraban, siempre tenía algo que decir. Enrique era alto, de igual tamaño que su mejor amigo.

—El punto es que merezco algo más, Alan —Enrique Sánchez reclinó su espalda en la silla.

—¿Cómo ser un elector de strippers? —Alan tomó su magdalena y la mordió.

—Obviamente.

Alan colocó los ojos en blanco.

Desde que Enrique y él comenzaron a hablar, Enrique siempre le había traído problemas. De vez en cuando lo llamaba preguntando si podía recogerlo de su casa, porque estaba perdido en una casa de una chica que al final no terminó follando.

Alan había perdido la cuenta de cuántas veces le había respondido que no tenía coche, al igual que él respondiendo que debería comprar un coche. Alan no necesitaba de un coche si podía llegar a su destino en un parpadeo.

—Quizás si empiezo por pasos pequeños, como un contador.

—Claro, compañero, un contador, es un paso muy pequeño.

—Ay, por favor, mi padre es contador.

—Graduado de la universidad, es contador y tiene una casa enorme con más de dos coches y además no tiene problemas en pagar la renta. Algo que tú sí.

—Y sin mencionar que dejó a su segundo hijo sin dinero solo para que aprenda a ser más adulto ¿Que se cree?

Alan colocó los ojos en blanco mientras tragaba su magdalena.

Enrique, si tenía problemas para madurar, tenía 22 años y su padre siempre le había pedido que iniciara un estudio, una carrera, ninguna opacaba la atención de Enrique, así que decidió hacer dinero por su cuenta sin necesidad de ser graduado. Le fue mal.

—Se cree un buen padre, eso —respondió Alan.

—¿Podemos cambiar de tema? No me gusta hablar de mi padre.

—De acuerdo —Alan terminó su dulce y apartó el plato vacío de la mesa—, invite a Twyla a salir.

—¿¡Qué!? —Exclamó Enrique—, ¡Esta vez le dijiste que iban a salir! Por Dios, necesitamos algo con que celebrar.

—Con otra magdalena sería perfecto —sentenció Alan.

—Siempre comes, nunca paras de comer —resaltó Enrique y Alan se aclaró la garganta, se había atragantado por unos segundos.

Su velocidad siempre ha sido tan extrema que su metabolismo era veloz, siempre que comía al cabo de unos minutos tenía hambre de nuevo, por lo que debía comer al menos dos pizzas tamaño familiar de almuerzo por un día para sentirse lleno hasta las 6 de la tarde que era la cena.

—Quizás tengo hambre y es todo —respondió Alan.

—No digas estupideces, la próxima noche, después de tu cita, iremos a una fiesta con bebidas y…

—¿No tienes que trabajar esa misma noche?

—Renunciaré a eso, hoy —dijo Enrique—, pero quiero festejar lo grande que eres y lo orgulloso que estoy de ti.

—Gracias.

—Twyla es demasiado hermosa y tiene unos ojos que te matan, no sabes la suerte que tienes, es demasiado hermosa para ti, creo que no te merece.

—Gracias.

—Además, creo que alguien como ella no merece a una caca tan grande como tú.

—¿Podrías callarte? —Murmuró Alan con desespero—, yo jamás hablo mal de ti frente a otras chicas.

—Pero desearías hacerlo —señaló Enrique—. Saldrás de la friendzone. Viejo, por fin saldrás de la friendzone, pensaba que ibas a quedar allí atascado de por vida, casi que, para siempre, e ibas a morir solo y…

—Realmente no entiendo por qué tomo mi tiempo para estar contigo —dijo Alan mientras Enrique no paraba de hablar acerca de él.

—¿Ella tiene hermana? No lo sabes ¿Verdad? Porque…

—Por esta razón sigues soltero —intervino Alan. No quería seguir escuchando sus parloteos—. No sé si tiene hermana y no me importa.

—Claro —Enrique rodó sus ojos cafés—, porque solo te importa ella.

—Tienes que dejar de ser así o no encontrarás una novia.

—Quizás no quiero una novia —señaló Enrique con su dedo índice—, hay muchas mujeres en este mundo y el mundo es enorme que espera a que el señor Enrique Sánchez logre llevarlas a todas al tren del amor, por un día.

Alan liberó un suspiro. Le echó un ojo a la cafetería en la que se encontraba.

Las tonalidades del lugar eran rústicas. Los muros eran ladrillos y las paredes estaban cubiertas de madera color café oscuro al igual que el resto de los sofás, siendo una mezcla entre grises y rojizos. Las mesas eran redondas y de madera, las lámparas no eran más que faroles que usaban en las playas manteniendo el mismo color rojo pendiendo del techo. Las ventanas se encontraban limpias y amplias, dejando a la vista la gran ciudad que se encontraba ante ellos.




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