Una vez dentro del banco, Alan se detuvo en seco en el centro del recinto.
Giró lentamente hacia su derecha y su mirada se encontró con la mujer de cola de escorpión.
Era muy distinta a como la había imaginado al verla en el video. Alta y esbelta, proyectaba una presencia imponente, pero su rostro conservaba su juventud. Podía ser una adolescente o, a lo sumo, una mujer de poco más de veinte años. Demasiado joven para cargar con un crimen de aquella magnitud.
El banco entero quedó en silencio.
Empleados y clientes permanecieron inmóviles, con la respiración contenida. Algunos observaban a Alan con asombro; otros, con una esperanza temblorosa. La propia Scorpion parecía desconcertada, como si su aparición no formara parte de sus planes.
Alan, por su parte, tampoco sabía muy bien qué hacer.
No era la primera vez que salvaba civiles. En su mente, la escena siempre resultaba más sencilla: entraba, pronunciaba alguna frase inspiradora y detenía al villano de turno. Pero la realidad era otra. Estaba allí, bajo el reflector de luz que lo iluminaba como si se encontrara sobre un escenario, con decenas de ojos clavados en él y sin la menor idea de qué decir.
—Tú eres el hombre veloz —dijo la chica finalmente.
De manera inesperada, una sonrisa se dibujó en el rostro de la joven.
No era una expresión de burla ni de crueldad. Si no admiración. Una admiración casi infantil, como si estuviera contemplando a alguien a quien llevaba mucho tiempo deseando conocer.
Aquello dejó a Alan todavía más confundido.
No entendía qué estaba ocurriendo.
De pronto, un portal se abrió frente a la chica escorpión.
No se trataba de un simple agujero oscuro, sino de un óvalo de energía violeta cuyos bordes brillaban con intensidad. En su interior no había vacío, sino la imagen nítida de una lujosa sala, como si una ventana se hubiese abierto hacia el interior de una mansión. Por un instante, Alan tuvo la extraña sensación de estar observando el techo de una casa elegante desde abajo.
La joven arrojó varios fajos de billetes al portal y estos desaparecieron al instante. Un segundo después, el óvalo se contrajo y se cerró sin dejar rastro.
Alan entrecerró los ojos.
Comprendió de inmediato que aquella Aberrante poseía algo más que una cola venenosa. También podía crear portales y desplazarse a través de ellos.
Era la primera vez que se enfrentaba a alguien con un poder semejante.
—¿Qué crees que haces? —preguntó Alan y dio un paso al frente.
—Robar un banco, obvio —dijo ella y lanzó otro fajo de billetes dentro del portal. De nuevo este se cerró.
—No —exclamó Alan y corrió para tomar a la chica de ambas muñecas.
Colocó sus manos encima de su cabeza y en un principio la chica estaba aterrada, pero al cabo de unos segundos, al percatarse de lo cerca que estaban y sentir el tacto de Alan en sus muñecas, le hizo gracia. De nuevo dejó que una sonrisa llena de picardía embarga su rostro.
—Realmente eres más lindo de cerca —dijo ella en un murmullo.
Alan se alejó. No le iba a permitir que lo viera de cerca, estaba cubriendo su rostro con una máscara, pero de igual forma, sentirla tan cerca no era cómodo para ambos.
La mujer se rió entre dientes y otro portal se abrió bajo sus pies, esta vez ella fue quien cayó en él y reapareció al otro extremo del banco.
Unos gritos de pavor se escucharon en la sala haciendo que Alan se estremeciera, vio sobre su hombro como la chica escorpión tomó a una niña pequeña del brazo por encima de su camiseta. Un portal en el techo se había cerrado y Alan hizo un ademán de que iba a correr, sin embargo, se detuvo al ver que otro portal se estaba abriendo frente a ella.
—Yo no haría eso —exclamó ella entre el llanto de las personas a su alrededor. Algunas mujeres trataban de calmar a sus niños, mientras que los hombres permanecían ocultos en silencio.
—¿Qué piensas…?
—Lanzaré a esta niña conmigo —intervino la chica de cola de escorpión—, no sabes lo que hay abajo, quizás sí sea una casa o solo es un dibujo y abajo hay toxicidad, quizás esté en Chernóbil sola o esté en la casa más grande del mundo que es un laberinto. Nadie sabe.
—¿Quién eres? —preguntó Alan y dio un paso al frente.
Ese paso fue en vano, puesto que había una gran división entre ambos. Se hallaban en cada extremo del banco sin contar con que era el banco central y era el más grande de Acrisea.
—Seré tu nueva amiga —sonrió.
Ella no era para nada fea, los Aberrantes acostumbraban a ser hermosos y era como un veneno. Una atracción a seres místicos que, algunos, por dentro, estaban podridos.
—Por supuesto que no —negó Alan—. Deja ir a la niña.
La pobre chiquilla era tan pequeña que no lograba tocar el suelo con sus piecitos. Sus ojos imploraban piedad, pedían a gritos que la dejaran libre.
—Eres lindo, chico —dijo la chica con una sonrisa arrogante—, realmente te lo pierdes. Podríamos hacer muchas cosas juntos…
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Editado: 28.05.2026