Hacía frio, las nubes cubrían el cielo, el día parecía triste, así es como se sentía Isa-
bella, lamentaba la muerte de Carla y sufría por su hermano, no podía entender lo su-
cedido, pero, estaba decidida a hablar con su profesor, el doctor Ocampo, lo ayudaba
en su cátedra, él había confiado en ella, y también la ayudaría a salvar a Andy.
Entró en el edificio universitario y en el pasillo se encontró con Paula, su compañera y
amiga.
_ hola Pau, como estás.
_ ah, hola loca, voy para el aula, estoy cursando una materia.
_ una! Paula, así, no vas a terminar nunca, nena.
_ que apuro tengo, sabés me gusta estudiar, pero despacio.
_ claro, total tus padres te bancan en lo económico, pero, yo querida no tengo esa op-
ción, además no veo la hora de recibirme y trabajar en lo que me gusta.
_ tampoco te quejes, que tenés al profesor Ocampo para que te cuide la espal-
da.
_ Paula, que te pasa, me quemo las pestañas estudiando, estás celosa?
_ celosa, no para nada, sé que te merecés ser su ayudante, te esforzaste mucho.
_ mirá, para mí no es esfuerzo, hago lo que me apasiona.
_ está bien ya lo sé, ahora me voy a mi curso y vos hoy tenés alguna materia?
_ sí, después hablamos.
Isabella siguió caminando por los pasillos, en lo afortunada que era de contar con el
apoyo de su profesor preferido, golpeó la puerta de la sala de profesores, una mujer
abrió y salió de la habitación, allí estaba Antonio Ocampo, Isabella lo observó, era tan
atractivo, estaba sentado en una butaca frente a una mesa enorme, donde se reunían
los profesores, no había nadie más allí, y se acercó, no levantó la vista estaba leyendo.
_ buenos días, profesor.
_ ah! hola, Isabella, que pasa, hoy cursás alguna materia?
_ sí, pero, en un rato, quisiera hablar con usted.
_ algún problema con los temas del examen?
_ no, es algo personal.
_ mirá, Isabella, sé que sos una excelente alumna y por eso te elegí como mi ayudante,
pero, soy tu profesor y no me parece que hablemos de temas personales.
_ disculpe doctor, pero, usted debe estar enterado de que asesinaron a Carla, que era mi
cuñada y acusan a mi hermano de su muerte.
_ señorita Fuentes, éste es un ámbito de estudio y no es el lugar apropiado para hablar
de este tema.
Isabella notó el cambio en su actitud y en la forma de referirse a ella, pero, siguió insis-
tiendo.
_ pero, profesor entonces, dígame usted donde y cuando podemos hablar.
_ está bien, de acuerdo, yo salgo de la facultad a las doce y treinta, si quiere hablar con-
migo la invito a almorzar en un restaurante qué está cerca de aquí.
_ sí, ya sé cuál me dice, lo conozco, lo ví entrar allí algunas veces a comer, me parece
perfecto el horario, estaré allí.
_ entonces, hasta luego Fuentes.
Isabella fue a su clase, cursaba dos materias ese día, al finalizar, se retiró para ir a encon-
trarse con el profesor, mientras bajaba las escalinatas, pensaba en lo que debía decirle al
doctor Ocampo, pero, sobre todo en que estaba ayudando a su hermano, estaba segura
de que él era el indicado para resolver el problema.
Caminó hasta el restaurante donde iban a encontrarse, era un local no muy grande y sen-
cillo, había alguna mesas libres, se sentía un aroma delicioso a comida recién hecha,
él, no había llegado aún, eligió un mesa alejada de las ventanas, se sentó en un cómodo
silloncito, se acercó un mozo, la saludó y le entregó la carta, pero, Isabella le explicó que
estaba esperando a alguien, que luego harían el pedido, el hombre se alejó.
Pasaron quince minutos e Isabella temió que el profesor no apareciera, se puso tensa y
malhumorada, tomó su celular, trató de distraerse mirando los mensajes, cuando escu-
chó su voz.
_ disculpe la demora, pero, me retrasé.
_ no, está bien doctor, entiendo que algo lo debe haber entretenido.
_ entretenido no es la palabra adecuada, estaba trabajando, eligió ya lo que quiere
comer?
_ no, lo estaba esperando a usted.
Antonio llamó al mozo, le pidió un vino blanco y le encargó salmón a la parrilla, con
vegetales grillados, sin consultarle pidió una porción para Isabella.
A ella le gustó la elección, pero, le inquietó que no le haya preguntado.
_ espero, que le agrade el salmón es mi plato preferido.
_ sí, está bien, ahora, profesor podemos hablar de mi tema.
_ Isabella, relájese, comamos, tomemos una copa de vino y después para los pos-
tres conversaremos sobre su problema.
Se hizo un silencio, Isabella había perdido su entusiasmo inicial, Antonio lograba in-
timidarla, con su voz potente y su actitud autoritaria, pero, al mismo tiempo le agrada-
ba, se sentía segura a su lado, la miraba como estudiándola y parecía desnudarla con
esa mirada, Isabella bajó los ojos, pensó que, quizás hasta se habría ruborizado.
El mozo se acercó, trayendo la bandeja con la comida, ya había traido el vino y les había
servido, colocó una porción en cada plato y se retiró. Charlaron animadamente, mientras
comían, Isabella volvió a sentirse a gusto a su lado.
El camarero, al cabo de un rato prudencial, vino a retirar la vajilla, les preguntó si iban a
pedir postre, Antonio pidió café y ella un café con crema.
_ profesor podemos hablar ahora de mi hermano.
_ sí, deme todos los detalles
_ lo único que sé es que mi hermano no es el culpable de la muerte de Carla.
_ ajá, esa es su opinión, y que es lo que quiere que yo haga
_ sí no es mucho atrevimiento, quisiera que lea el expediente, que vaya a verlo y me diga