Mientras dure

Capítulo 44

Definitivamente Aaron no mentía, cuando decía que tardaría menos de diez minutos en arreglarse. Mientras lo esperaba apoyada en la encimera de la cocina, me dediqué a echar un vistazo a mis redes sociales. Hace poco me había hecho fan de una pagina de decoración de interiores, tenía unas cosas increíbles. Estaba mirando una pequeña lampara en color turquesa, cuando Aaron salió de la habitación e irrumpió en el salón.

Confieso que había tenido que llevarme la mano a la boca, para asegurarme que no estuviese mirándolo con la boca abierta y babeando. Él sonreía de satisfacción. Solo él podría sonreír así. Llevaba su mismo estilo de siempre, pantalones vaqueros y camiseta simple. Pero no podían quedarle mejor. Estaba llegando a pensar que, aunque se vistiera solo con una bolsa de plástico, seguiría estando impresionante.

-Hola – susurré, sabiendo que mi voz no podría sonar adecuadamente si trataba de hablar -.

Aaron esbozó una pequeña sonrisa irónica.

-¿Ves cómo estaría listo a tiempo? – bromeó -.

-Te has salvado por los pelos – murmuré -.

Él comenzó a recorrer mi cuerpo con ojos lujuriosos de arriba abajo, sin dejar de sonreír.

-Sera mejor que salgamos de aquí – dijo cogiéndome de la mano -.

Salimos del edificio, dirigiéndonos a su coche. La suerte es que había conseguido aparcarlo cerca de nuestro apartamento. No sabía que pasaba últimamente, pero esa calle estaba más llena de coches que lo que solía estarlo al comienzo de venirme a vivir aquí. Cuando estuvimos lo suficientemente cerca de su coche. Aaron se paró en seco. Se giró en mi dirección, y me miró con esos ojos verdes y llameantes, cargados de malas intenciones. Y antes de que pudiese pronunciar alguna palabra. Me besó.

Sus labios presionaron los míos y di un pequeño gritito de entusiasmo mientras mis manos sujetaban la parte posterior de su cabello, no dejándolo escapar de mí. Lo deseaba muchísimo, aunque si lo pensaba bien no era deseo, era necesidad. Lo necesitaba. Llevó sus manos a la parte trasera de mis muslos y me impulsó. Rodeé con firmeza su cintura, sin dejar de besarlo. Lo besaba tan ferozmente como él a mí, sintiendo pequeñas chispas de electricidad que parecían recorrer mi cuerpo cada vez que él se acercaba a mí. Me acerqué más a él, aplastando mi pecho contra el suyo mientras lo besaba apasionadamente. Realmente no era consciente de que nos encontrábamos en medio de la calle, y que cualquiera a nuestro alrededor podía ser testigo de nuestra efusividad.

Poco a poco él se apartó de mí. Le puse mala cara, quería dejarle saber que no había terminado. Aarón me dedicó una sonrisa divertida. Me dio un pequeño beso en la punta de la nariz, antes de bajarme poco a poco sobre el suelo otra vez.

-Elena, parece que últimamente te descontrolas en público – bromeó él - ¿En qué te he convertido?

Me encogí de hombros, y le saqué la lengua.

-Tú has tenido la culpa, besándome así tan de repente – lo acusé -.

-No veía que te molestara – me guiñó un ojo – siempre hubieses podido pegarme en el brazo como sueles hacer.

-No he dicho que me molestase – contesté -.

Todo lo contrario. Quería más. Mucho más.

-¿Entonces? – preguntó, mientras me abrió la puerta del coche invitándome a entrar -.

-No sabía a qué había venido eso – enarqué una ceja, disimulando una sonrisa -.

-Me apetecía – esbozó una sonrisa pícara – vamos entra, no querrás llegar tarde ¿no?

Sacudí la cabeza y subí al coche. El trayecto al restaurante me era conocido. Es cierto que llevaba poco tiempo viviendo en esa ciudad, pero poco a poco estaba comenzando a reconocer algunas de las calles. Sobre todo, las que recorría más a menudo. El restaurante donde íbamos a cenar, era La Roma. Fue el primer sitio donde me llevó Eric a cenar, poco después de que nos conociésemos. Y también fue el lugar donde conocí por primera vez a Abby y Cody. Me gustaba que hubiesen elegido ese lugar, sobre todo porque la comida estaba deliciosa.

Aparcamos el coche frente a las enormes cristaleras que rodeaban el local. Una de las cosas que más me gustaban de este lugar, eran esos enormes ventanales. Producían unas bonitas y entretenidas vistas de la calle más concurrida de Berkeley. Aaron apoyó una mano en la parte baja de mi espalda, y ambos caminamos en dirección a la entrada principal.

-¡Elena! – me llamó la voz de Alice una vez que traspasamos las puertas -.

Sonreí efusivamente, y la saludé con la mano.

Ella y Eric habían llegado los primeros. Estaban sentados en una de las mesas blancas cercanas a la puerta de entrada. Parecía que llevaban un rato allí sentados, ya que ambos tenían una bebida casi vacía frente a ellos.

-Estas guapísima, Alice – le díun pequeño abrazo cuando llegamos a su lado – me encanta como te queda esa blusa.

Alice llevaba una blusa azul claro con pequeñas estrellitas de color negro, estampadas. Lo que le daba un toque más original era que una de sus mangas le llegaba hasta el codo, mientras que la otra era una fina tira de tela. Se veía que ella estaba radiante y feliz. Quería creer que era por verme, pero sabía perfectamente que su felicidad se debía al estar Eric junto a ella.




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