Mientras sigamos aquí (2)

Capítulo 10

CLARISSA

Nunca pensé que echaría tanto de menos hacer cosas aburridas. Vestirme sola. Atarme las zapatillas. Poder rascarme la espalda sin que pareciera una prueba olímpica.

La vida era muy injusta.

-Hoy vamos a intentar caminar un poquito más.

La fisioterapeuta me dedica una sonrisa demasiado optimista. Empiezo a sospechar que les pagan por sonreír así.

-¿No podemos intentar otra cosa?

-¿Como qué?

-Dormir.

Niega con la cabeza.

-Eso ya se te da demasiado bien.

Traición.

&&&

Apoyo las manos sobre el andador.

Respiro hondo.

Un paso. Después otro. Y otro. Las piernas siguen protestando. Pero ya no tiemblan tanto como ayer.

Supongo que eso cuenta como una victoria.

-Muy bien.

No respondo. Estoy demasiado ocupada intentando convencer a mis pulmones de que sigan colaborando.

Al llegar al final del pasillo me detengo.

-¿Sabes qué?

La fisioterapeuta arquea una ceja.

-¿Qué?

-Los pasillos de los hospitales cambian de tamaño cuando uno tiene que recorrerlos.

Ella se ríe.

-No funciona así.

-¿Estás segura?

-Bastante.

-Qué decepción.

&&&

Cuando regreso a la habitación siento las piernas completamente agotadas.

Pero esta vez...no necesito que nadie me ayude a sentarme. Lo hago sola. Tardo una eternidad. Probablemente la escena no haya sido elegante. Pero lo consigo. Y eso basta.

Brad no está. Frunzo un poco el ceño. Es raro.

Desde que desperté...siempre estaba aquí.

Miro el reloj.

Supongo que habrá salido un rato.

Intento no darle demasiadas vueltas.

No funciona.

&&&

Unos veinte minutos después la puerta se abre. Brad entra con una mochila negra colgada del hombro.

En cuanto me ve despierta, sonríe apenas.

-Hola.

-Hola.

Se acerca hasta la cama.

-¿Qué llevas ahí?

Deja la mochila sobre la silla.

-Tus cosas.

Parpadeo.

-¿Mis cosas?

Asiente.

-Las que pudimos recuperar del piso antes de que lo vaciaran.

Durante unos segundos no digo nada.

No sabía cuánto necesitaba escuchar esa frase.

Brad abre la mochila. Va sacando las cosas una por una. Mi cartera. Un cuaderno. Un neceser. Un libro lleno de marcapáginas.

Y, finalmente...mi taza. La blanca.

La que tiene escrito en letras negras:

"Sobreviví al lunes. El martes ya veremos."

La miro completamente incrédula.

-¿Sobrevivió?

Brad asiente.

-Sí.

La tomo entre las manos con muchísimo cuidado.

-Pensé que la había perdido.

-Yo también.

La observo unos segundos. Nunca una taza me había parecido tan bonita.

&&&

Sigo rebuscando dentro de la mochila. Entonces aparece otro objeto. Un llavero con un patito amarillo.

Lo levanto despacio.

Brad me observa.

-No preguntes.

-Voy a preguntar igualmente.

Suspira.

-Lo compraste porque dijiste que te daba suerte.

Lo miro.

-¿Y me dejaste comprar semejante horror?

-No aceptabas un no por respuesta.

-Eso también es verdad.

No puedo evitar sonreír.

Hay una última cosa en el fondo de la mochila. Mi portátil.

Lo miro sorprendida.

-¿También estaba?

-Sí.

-Pensé que se habría roto.

-No.

Paso la mano por la tapa. Tiene un pequeño arañazo en una esquina. Nada más.

-Sigue funcionando.

Pulso el botón de encendido. La pantalla tarda unos segundos. Después aparece. Mi fondo de pantalla. Una fotografía del mar.

La misma de siempre.

Siento un nudo extraño en la garganta.

-Gracias.

Brad niega despacio.

-No tienes que dármelas.

-Sí.

Levanto la vista.

-Porque no son solo cosas.

Él guarda silencio.

-Son pedacitos de la vida que pensaba que había perdido.

&&&

Abro el cuaderno.

Entre las primeras páginas encuentro una lista escrita con mi letra.

"Comprar detergente."

"Pagar el alquiler."

"Llamar a Malena."

"No olvidar regar la planta."

Me echo a reír.

Brad me mira confundido.

-¿Qué?

Le enseño la última línea.

-Me preocupaba muchísimo regar una planta.

Levanto la vista.

-Y ahora resulta que Ernesto terminó viviendo en un hospital.

Por primera vez en todo el día...Brad se ríe de verdad. No solo sonríe. Se ríe. Es una risa bajita. Pero suficiente para que yo también vuelva a reírme.

&&&

Cuando el silencio regresa, cierro despacio el cuaderno.

Apoyo una mano sobre la mochila. Todavía hay muchas cosas que no sé cómo recuperar. Mi piso. Mi trabajo. Mi antigua rutina.

Quizá algunas nunca vuelvan.

Pero, mientras observaba aquella taza absurda, el patito amarillo y un cuaderno lleno de listas sin importancia...comprendí que, a veces, empezar de nuevo no consiste en encontrar una vida completamente distinta.

A veces empieza recuperando esos pequeños pedazos de la anterior que todavía siguen siendo capaces de hacerte sonreír.




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