PAMELA
El despacho vuelve a estar lleno de carpetas. Nunca desaparecen. Cuando terminas una...aparecen tres más.
Supongo que así funciona dirigir una organización.
Abro el siguiente informe. Negocios. Cuentas. Rutas. Personal. Todo parece mucho más estable que hace dos meses.
Sebastián gobernaba apagando incendios.
Yo prefiero evitar que empiecen.
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Llaman a la puerta.
-Adelante.
Clark entra con una carpeta bajo el brazo. Ya lleva varios días acompañándome a las reuniones importantes. No porque lo necesite. Porque algún día será él quien se siente detrás de este escritorio.
-Ya han llegado los contratos.
Los deja sobre la mesa. Los reviso rápidamente. Todo está en orden.
-Buen trabajo.
Clark asiente. No sonríe. Nunca lo hace demasiado.
-Se nota que has estudiado.
Levanta una ceja.
-Llevo una semana.
-A veces una semana basta para aprender más que en años.
Guarda silencio.
Sé que entiende exactamente a qué me refiero.
Cierro la carpeta.
-Hay otra cosa.
Clark espera.
-He decidido cambiar algunas normas.
Ahora sí levanta la vista.
-¿Cuáles?
-Las familias.
Frunce ligeramente el ceño.
-Ningún miembro volverá a traer a sus hijos a reuniones de la organización.
Hace una pausa.
-Los niños no pertenecen a este mundo.
Clark tarda unos segundos en responder.
-Estoy de acuerdo.
-Y otra cosa.
Lo observo.
-Cualquier persona que quiera abandonar la organización podrá hacerlo.
Silencio.
-Sin represalias.
Clark permanece inmóvil. Eso sí le sorprende.
-¿Crees que alguien querrá irse?
-Sí.
-¿Y los dejarás?
-Sí.
-No es muy propio de una mafia.
-No.
Respondo con tranquilidad.
-Pero tampoco pienso parecerme a Sebastián.
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Unos minutos después Clark sale del despacho.
Yo continúo trabajando.
Hasta que llaman otra vez.
-Max.
El hombre entra con una bandeja.
-Café, señora Pamela.
-Gracias.
Deja la taza delante de mí.
Antes de marcharse parece dudar.
-¿Ocurre algo?
Él carraspea ligeramente.
-Solo quería decirle una cosa.
Espero.
-La casa está distinta.
Lo miro.
-No sé explicarlo.
Hace un pequeño gesto con la mano.
-Antes todos caminaban como si esperaran que algo malo fuera a pasar. Ahora...
Sonríe.
-Ahora hasta el señor Simon canta en la ducha.
No puedo evitar una pequeña risa.
-Eso sí que es preocupante.
-Max asiente muy serio.
-Canta bastante mal.
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Cuando vuelve el silencio...me acerco a la ventana.
Desde aquí puede verse casi todo el jardín.
Brad acaba de llegar del hospital. Lleva la mochila colgada al hombro. Clark sale a recibirlo. Hablan apenas unos segundos. Después entran juntos en la casa.
Los observo desaparecer.
Hace apenas unos meses...Brad era un desconocido.
Ahora mis hijos discuten con él por quién deja los platos en el fregadero.
La vida tiene un sentido del humor bastante peculiar.
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Mi teléfono vibra.
Un mensaje.
Malena:
"Hoy Clarissa ha caminado todo el pasillo de rehabilitación."
Sonrío.
Pamela:
"Dile que estoy orgullosa de ella."
No tarda ni diez segundos en llegar otra notificación.
Malena:
"Dice que le da mucha vergüenza que la feliciten por caminar 😂."
Dejo escapar una risa muy baja. Sí. Eso también suena exactamente a Clarissa.
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Vuelvo a sentarme. El despacho continúa igual. La ciudad también. Pero la organización ya no es la misma.
Durante años pensé que dirigir significaba imponer. Después creí que significaba sobrevivir. Ahora sé que no era ninguna de las dos cosas.
Dirigir también consiste en construir un lugar donde las personas puedan imaginar un futuro.
Y, por primera vez desde que heredé aquella silla...creía que ese futuro empezaba a parecer posible.