Mientras sigamos aquí (2)

Capítulo 13

DAMON

El campus está mucho más tranquilo a última hora de la tarde.

Las clases ya han terminado y la mayoría de los estudiantes caminan hacia la salida con la misma expresión de cansancio.

Me apoyo contra el coche mientras espero.

No pasan ni dos minutos cuando la veo aparecer.

Malena lleva la mochila colgada de un solo hombro y el pelo recogido en un moño que parece haberse deshecho durante el día.

En cuanto me ve...sonríe.

Y yo vuelvo a hacerlo sin darme cuenta.

-Hola, Didi.

—Hola, Lena.

Se acerca y deja un beso rápido sobre mis labios. Cada vez resulta más natural. Todavía me sorprende. Pero ya no me incomoda.

-¿Qué tal las clases? -pregunto mientras abro la puerta del coche.

-Larguísimas.

Se deja caer en el asiento.

-Creo que el profesor de Contexto Cultural disfruta viendo sufrir a la gente.

-Eso suena apropiado para esa asignatura.

Ella resopla.

-No tiene ninguna gracia.

-Un poco sí.

Me saca la lengua.

Arranco el coche.

&&&

Conducimos unos minutos en silencio. No es un silencio incómodo. Hace tiempo aprendí que con Malena nunca hacía falta llenar todos los espacios.

-Brad me escribió hace un rato.

La miro un instante.

-¿Sí?

-Le dieron una fecha aproximada para el alta.

Noto cómo se me aflojan un poco los hombros.

-La semana que viene.

Asiento.

-Ya queda muy poco.

Malena sonríe mirando por la ventanilla.

-Mi mamá ya terminó de preparar la habitación.

-¿Sí?

-Le compró una manta porque decía que Clarissa siempre tiene frío.

No puedo evitar sonreír.

-Suena a ella.

-También le puso una lamparita para leer.

Hace una pausa.

-Y dejó una caja llena de chocolates.

La miro divertido.

-Eso no va a durar ni dos días.

-Ni uno.

Los dos nos reímos.

&&&

Nos detenemos delante de una pequeña tienda.

La observo.

-¿Qué hacemos aquí?

Ella ya está desabrochándose el cinturón.

—Bajá.

-¿Por qué?

-Porque sí.

-Eso no responde mi pregunta.

-Y, sin embargo, vas a bajar igual.

Suspiré.

Tenía razón.

&&&

La tienda huele a madera y a velas aromáticas.

Malena empieza a recorrer los pasillos como si supiera exactamente lo que busca.

-¿Qué estamos comprando?

-Nada imprescindible.

Eso me preocupa un poco.

Cinco minutos después lleva una cesta llena. Una taza. Unas medias calentitas. Un cuaderno nuevo. Un paquete de marcadores de colores. Y una pequeña maceta con una planta diminuta.

La observo.

-¿En serio?

Ella levanta la planta.

-Mirá qué linda.

-Clarissa ya tiene a Ernesto y Fernando.

-Precisamente.

Sonríe.

-Ellos necesitan una amiga.

Me llevo una mano a la cara.

-No puedo creer que estés ampliando la familia.

-No seas exagerado.

Mira otra vez la planta.

-Se va a llamar Margarita.

-¿Por qué?

-Porque tiene cara de Margarita.

No discuto.

Conozco perfectamente esa lógica.

Y sé que es inútil luchar contra ella.

&&&

Cuando salimos, el sol ya empieza a esconderse.

Malena sostiene la maceta con muchísimo cuidado. Como si pudiera romperse.

-Va a ponerse muy feliz.

Murmura.

-Lo necesita.

La observo unos segundos.

No está pensando en una planta. Está pensando en Clarissa. Y en devolverle un pedacito de normalidad.

&&&

Antes de subir al coche, le sujeto suavemente la muñeca.

Ella se gira.

-¿Qué pasa?

Niego despacio.

-Nada. Solo...

Busco las palabras.

-Me gusta verte así.

-¿Así cómo?

-Ilusionada.

Sus mejillas adquieren un ligero tono rosado.

-Qué tierno estás últimamente.

-No se lo cuentes a Simon.

-¿Por qué?

-Porque no pienso soportarlo.

Ella ríe.

-Demasiado tarde.

Da un paso hacia mí.

Apoya una mano sobre mi pecho.

-Igual me gusta esta versión tuya.

La miro.

Está tan cerca que puedo distinguir las pequeñas pecas que tiene junto a la nariz.

Sin pensar demasiado, acaricio despacio un mechón de pelo que el viento le ha dejado sobre la mejilla.

Lo coloco detrás de su oreja.

Ella no aparta la mirada.

-¿Sabés una cosa? -susurra.

-¿Qué?

-Creo que ya no me imagino un día sin vos.

El corazón me golpea el pecho con fuerza. Nunca he sido bueno respondiendo a frases así. Así que hago lo único que sé hacer.

Me inclino despacio.

Y la beso.

Esta vez sin prisas. Sin miedo. Sin ninguna urgencia. Solo porque quiero hacerlo.

Cuando nos separamos...ella sigue sonriendo.

-¿Eso significa que vos tampoco te imaginás un día sin mí?

La miro durante unos segundos.

-Sí.

Solo una palabra.

Pero nunca había estado tan seguro de ninguna.

Ella vuelve a tomar mi mano.

Entrelaza sus dedos con los míos.

-Bueno...

Dice mientras caminamos hacia el coche.

-Ahora llevemos a Margarita a casa antes de que Ernesto y Fernando se pongan celosos.

No puedo evitar reírme.

Definitivamente...Clarissa había encontrado a la única persona capaz de seguirle el juego con las plantas.




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