CLARISSA
Despertarme sin sobresaltos empieza a convertirse en una costumbre.
Y no pienso quejarme.
Abro los ojos despacio.
La habitación está iluminada por la luz suave de la mañana.
Durante unos segundos solo escucho el sonido del monitor.
Después recuerdo. La semana que viene si todo va bien me dan el alta. Todavía me cuesta creerlo.
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La fisioterapeuta aparece media hora después.
-Buenos días.
-Buenos...
Respondo mientras dejo el libro sobre la mesilla.
-¿Lista?
-No.
-Perfecto.
Empiezo a pensar que para trabajar aquí es obligatorio responder eso.
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El gimnasio de rehabilitación ya no me parece tan enorme como el primer día. Sigue siendo grande. Pero ya no da miedo.
Me coloco frente a las barras paralelas.
-Hoy vamos a probar sin el andador.
La miro.
-¿Perdón?
-Solo unos metros.
Miro mis piernas. Luego vuelvo a mirarla.
-No les tengo mucha confianza.
-Ellas tampoco la tienen en ti.
Qué graciosa.
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Apoyo las manos sobre las barras.
Respiro hondo. Un paso. Después otro. Las piernas protestan enseguida. Pero responden. Un tercero. Un cuarto.
Levanto la vista.
-He hecho... ¿cinco?
-Seis.
Corrige ella.
Sonrío.
-Seis.
No está nada mal.
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Cuando llego al final de las barras me quedo quieta. No porque no pueda seguir. Porque necesito asimilar que acabo de hacerlo.
Sola.
La fisioterapeuta me observa con una sonrisa discreta.
-¿Sabes qué significa eso?
-¿Qué hoy me gano un postre?
-No.
Qué poco espíritu de negociación.
-Significa que estás preparada para seguir avanzando.
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Al volver a la habitación noto las piernas completamente agotadas. Pero esta vez el cansancio tiene algo distinto. Ya no se parece tanto a la derrota. Se parece más...al esfuerzo.
Brad levanta la vista en cuanto entro.
-¿Qué tal?
Me siento con muchísimo cuidado sobre la cama.
-He caminado seis pasos.
Él tarda apenas un segundo en sonreír.
-Seis más que hace unos días.
Asiento.
-Se sintieron como seiscientos.
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Paso la mañana guardando mis cosas.
Bueno.
"Guardando" es una forma optimista de describirlo. Abro la mochila. Saco una cosa. La vuelvo a guardar. La saco otra vez.
Brad me observa desde la silla.
-¿Necesitas ayuda?
-No.
Cinco segundos después levanto la cabeza.
-Sí.
Se acerca sin decir nada.
Empieza a doblar la ropa con una calma que me da un poco de envidia.
-Lo haces demasiado bien.
-No tiene mucho misterio.
-Para ti no. Yo consigo que una camiseta tenga ocho formas distintas de quedar mal doblada.
Por primera vez...se ríe antes incluso de intentar contenerse.
-Bueno.
-Ok, ríete.
-Lo estoy haciendo.
-Un poquito más y te desmayas del esfuerzo.
Niega con la cabeza.
-Imposible.
Cuando terminamos de guardar todo...la habitación parece distinta. Más vacía. Me quedo mirándola en silencio.
Brad también.
-Es raro.
Murmuro.
-¿Qué cosa?
-Hace unos días solo quería salir de aquí.
Paso una mano por la sábana.
-Y ahora...
No termino la frase. Él la entiende igualmente.
-Vas a extrañarlo un poco.
-Hay algo muy mal en mi cabeza si voy a extrañar un hospital.
-No vas a extrañar el hospital.
Hace una pausa.
-Vas a extrañar a las personas.
Lo miro.
Y sé que tiene razón.
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Después de comer decido salir un rato al pasillo.
Sin el andador.
Solo con un bastón.
La fisioterapeuta camina unos pasos detrás.
Por si acaso.
Avanzo despacio. Uno. Dos. Tres.
Todavía siento inseguridad. Pero ya no miedo.
Al doblar la esquina me cruzo con una enfermera.
-¡Mira quién anda por aquí!
Levanto un poquito el bastón.
-No muy rápido...pero sí.
Ella sonríe.
-Ya queda poquito.
Asiento.
-Sí. Poquito.
Qué palabra tan linda.
&&&
Cuando regreso a la habitación encuentro a Brad junto a la ventana.
Está regando y hablando con Ernesto.
Lo observo unos segundos.
-No sabía que hablábamos con las plantas.
Da un pequeño respingo.
-Yo...
Intento poner cara seria.
-¿Qué le estabas diciendo?
Nada. Seguro.
-Me pareció que tenían sed.
-No cambies de tema.
Se pasa una mano por la nuca.
-No le estaba diciendo nada.
-Ajá.
Me acerco despacio.
-¿Entonces por qué sonreía?
Brad me mira.
-Las plantas no sonríen.
-Mira mejor.
Los dos bajamos la vista hacia Ernesto.
Guardamos silencio unos segundos.
-Bueno...
Reconozco.
-Hoy no.
Nos echamos a reír los dos. Después vuelvo a sentarme.
Miro a Ernesto. Luego a Fernando. Y, finalmente, a la pequeña maceta nueva que Malena había traído el día anterior.
-Todavía sigo pensando que Margarita tiene cara de chusma.
Brad frunce ligeramente el ceño.
-¿Chusma?
-Sí. De las que escuchan conversaciones ajenas.
-No sabía que las plantas podían hacer eso.
-Yo tampoco. Pero esa tiene pinta.
Él niega con la cabeza.
-Creo que pasar tanto tiempo conmigo te está afectando.
Lo miro indignada.
-¿Perdón? El que estaba hablando con Ernesto eras tú.
Tiene la decencia de parecer un poco avergonzado.
-Tienes razón.
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La tarde se va apagando despacio.
Apoyo la cabeza contra el respaldo de la cama.
-Brad.
Él levanta la vista del libro.
-¿Sí?
-Dentro de una semana...cuando salga de aquí...
Hace una pausa.
-¿Tú vas a seguir viniendo a verme?