Mientras sigamos aquí (2)

Capítulo 20

CLARISSA

No sé qué me esperaba de mi último despertar en el hospital.

Quizá nervios.

Quizá felicidad.

Quizá ganas de salir corriendo.

Pero cuando abro los ojos y veo el mismo techo de siempre...lo primero que siento es una extraña calma.

Hoy me voy.

De verdad.

Miro el monitor.

Sigue haciendo ese sonido que ya conozco demasiado bien.

Pip Pip Pip.

—Te voy a echar de menos —murmuro.

El monitor, como era de esperar, no responde.

Muy considerado.

&&&

Una hora después entra una enfermera con una carpeta.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Preparada?

La miro.

—No.

Sonríe.

—Perfecto.

—¿También vas a empezar tú?

—He aprendido de la fisioterapeuta.

Resoplo.

—Traidoras.

Deja la carpeta sobre la cama.

—Vamos a repasar las últimas indicaciones.

Asiento.

Rehabilitación. Medicamentos. Descanso. No cargar peso. Pedir ayuda. Todo lo que ya me han repetido unas veinte veces.

Pero esta vez es diferente.

Porque no me lo están diciendo para prepararme para seguir aquí.

Me lo están diciendo para prepararme para irme.

&&&

Cuando termina, la enfermera recoge los papeles.

—Bueno.

Hace una pequeña pausa.

—Creo que ya está todo.

Miro alrededor.

—¿Eso significa que oficialmente me estáis echando?

—Oficialmente sí.

—Qué poca sensibilidad.

Se ríe.

—Nos vas a echar de menos, ¿no?

—Un poco.

—¿Solo un poco?

La miro.

—Bastante.

Su sonrisa se vuelve más suave.

—Nosotros también.

Y entonces me abraza.

Con cuidado.

Como siempre.

—Cuídate, Clarissa.

—Lo intentaré.

—Y no seas cabezota.

Me separo un poco.

—Eso no puedo prometerlo.

Ella se ríe.

—Ya me lo imaginaba.

Cuando sale de la habitación, me quedo mirando la puerta.

Otra despedida.

La última.

&&&

Miro las tres macetas sobre la mesita.

Ernesto.

Fernando.

Margarita.

—Bueno.

Los observo.

—Nos vamos.

No sé por qué, pero me da la sensación de que Margarita está especialmente emocionada.

—Vosotros no tenéis que hacer nada.

Hago una pausa.

—Solo sobrevivir al viaje.

&&&

Una hora después estoy sentada en la silla de ruedas frente a la puerta.

No me gusta.

No porque no pueda caminar.

Puedo.

Pero todavía no lo hago durante demasiado tiempo.

Y, además, hoy no quiero complicarme la vida.

Hoy quiero salir.

La puerta se abre.

Brad aparece.

Lleva una pequeña mochila en una mano.

Y, durante un segundo, simplemente nos miramos.

—Hola.

—Hola.

Se acerca.

—¿Lista?

Miro la silla.

Después a él.

—Más o menos.

—Es suficiente.

Sonrío.

&&&

Brad empuja la silla por el pasillo.

Las paredes blancas pasan a nuestro lado.

Una enfermera nos saluda.

Otra levanta la mano.

La fisioterapeuta aparece al fondo.

—¡Clarissa!

Levanto una mano.

—¡He sobrevivido!

—¡Eso ya lo sabemos!

Me río y oigo a lo lejos que ella también.

Seguimos avanzando.

Y, cuanto más nos acercamos a las puertas de salida, más extraño se siente todo.

Hace un mes y medio entré por ellas sin saber si volvería a salir caminando.

Ahora estoy aquí.

Con mis piernas todavía débiles.

Con un bastón.

Con tres plantas.

Y con demasiadas cosas que todavía no sé cómo arreglar.

Pero estoy aquí.

&&&

Las puertas automáticas se abren.

Y el aire de fuera me golpea la cara.

Me quedo tiesa. No esperaba que se sintiera tan diferente. No es solo aire. Es...libertad. Sol. Ruido. Coches. Personas caminando.

Todo parece demasiado grande.

Brad se coloca delante de mí.

—¿Bien?

Asiento.

—Sí.

Respiro hondo.

—Creo que sí.

&&&

En el aparcamiento nos detenemos junto al coche.

Brad deja mi mochila en el maletero.

Yo sujeto a Ernesto contra el pecho mientras Fernando y Margarita esperan dentro de una pequeña caja.

—No sé si deberían viajar así.

Brad mira las plantas.

—¿Quieres que las lleve yo?

Niego.

—No.

Aprieto un poquito a Ernesto.

—Son mi responsabilidad.

—Eso suena peligroso.

—Lo sé.

Él sonríe.

Después me ayuda a ponerme de pie.

Apoyo una mano en su brazo.

Mis piernas responden. Un paso. Otro.

Llegamos hasta el coche.

—Lo has hecho sola.

Miro el suelo.

—Bueno...

Sonrío.

—Con ayuda.

—Eso también cuenta.

&&&

Antes de subir al coche, me quedo mirándolo.

—¿Tú no vienes?

Brad niega despacio.

—No.

—Ah.

No sé por qué esa respuesta me produce una pequeña decepción.

Sé perfectamente que tiene que volver a la mansión.

Tiene clases.

Tiene su propia vida.

Me había prometido que no dejaría de vivirla.

Y aun así...

—Te vas.

Él asiente.

—Sí.

Hace una pausa.

—Tengo que volver a casa.

Bajo la mirada.

—Claro.

Silencio.

Brad se acerca un poco.

—Pero eso no significa que desaparezca.

Levanto la cabeza.

—Ya.

—Voy a seguir viniendo.

—¿Aunque empieces Medicina?

—Aunque empiece Medicina.

—¿Aunque tengas exámenes?

—Aunque tenga exámenes.

No puedo evitar sonreír.

—¿Aunque Margarita te odie?

Mira la planta.

—Especialmente entonces.

Me río.

Y el nudo que tenía en el pecho se afloja un poco.

&&&

Brad me mira durante unos segundos.

Después levanta una mano y me aparta un mechón de pelo de la cara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.