No recuerdo el momento exacto en que empecé a sentirme fuera de lugar en mi propia vida.
No hubo una caída clara, ni una fecha para marcar. Fue más bien como cuando una habitación conocida se vuelve ajena sin que nadie haya movido los muebles.
Al principio pensé que era cansancio. Después, que era una etapa. Me repetía esas palabras porque eran fáciles de decir y no exigían decisiones. Pero había mañanas en las que levantarme se sentía como llegar tarde a algo que no sabía nombrar.
Había cosas que ya no encajaban. Conversaciones que se me quedaban grandes, planes que repetía por inercia, una versión de mí que seguía sonriendo aunque yo no estuviera del todo ahí.
Empecé a caminar más. A salir sin avisar. A sentarme en lugares donde nadie me conocía. Me gustaba no tener que explicar por qué estaba callada, por qué miraba tanto por la ventana o por qué el teléfono vibraba y yo no lo tocaba.
Ese fue el tiempo en que entendí algo simple y terrible a la vez: el cuerpo también guarda secretos, y a veces los revela antes que la cabeza. Hay señales que no saben gritar, solo insistir.
Una tarde, mientras caminaba sin destino, el olor a café me detuvo. No fue nostalgia ni antojo. Fue la sensación de que, si no me sentaba en algún lado, iba a desaparecer un poco más.
Entré.
No buscaba consuelo.
No buscaba respuestas.
Solo un lugar donde no tuviera que sostenerme.
Todavía no sabía que iba a volver.
Ni que ese lugar iba a convertirse en una pausa necesaria.
Ni que alguien, del otro lado del mostrador, iba a aprender mis silencios antes que mis palabras.
Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, nadie esperaba nada de mí.
Y eso se sintió como quedarse a respirar.