Mientras Tanto

CAPÍTULO UNO- La vida que debería alcanzar

Bridget

La cafetería abre a las siete, pero llegué unos minutos después. No es algo consciente. Simplemente nunca llego a tiempo a los lugares que no exigen puntualidad. Bueno, a partir de ahora es así...

Ese día empujé la puerta a las ocho y seis.

El sonido fue suave, casi un aviso para nadie. Adentro el aire estaba tibio, cargado de olor a café recién molido y a algo dulce que no supe identificar. Me quedé quieta un segundo, con la mano todavía en el picaporte, como si necesitara confirmar que podía entrar sin dar explicaciones.

Nadie me miró.

Eso me tranquilizó.

Había pocas personas: una mujer mayor acomodando su bolso con demasiada atención, dos chicos frente a frente que hablaban en susurros, y alguien detrás del mostrador limpiando una máquina con movimientos lentos, precisos. No levantó la vista de inmediato.

Avancé hasta la fila imaginaria y esperé. No tenía apuro. En realidad, no tenía nada después de eso.

—Buen día —dije cuando me decidí hablar, y mi voz sonó un poco más baja de lo que esperaba.

Él levantó la mirada recién entonces. Tenía el pelo oscuro, apenas desordenado, y una expresión tranquila, como si el mundo nunca lo hubiera apurado demasiado. No sonrió, pero tampoco parecía serio. Era otra cosa. Atención, quizá.

—Buen día —respondió—. ¿Qué te preparo?

Miré el pizarrón detrás de él sin leerlo de verdad. Las palabras se me mezclaron. Elegí al azar.

—Un café con leche —dije.

Asintió, como si hubiera sido la única opción posible.

Mientras trabajaba, observé el lugar con más detalle. Las mesas no combinaban entre sí, las sillas estaban gastadas en los bordes y una de las plantas junto a la ventana parecía llevar semanas sin agua. Nada era perfecto. Todo estaba, simplemente, funcionando.

Cuando me entregó la taza, lo hizo con cuidado, apoyándola despacio sobre el plato. Evitó que la cucharita hiciera ruido. Ese gesto, mínimo, me desarmó un poco.

—Gracias —dije.

—De nada.

Eso fue todo.

Elegí la mesa del fondo, la que daba a la pared. Me senté de costado, dejando la mochila en el suelo, y apoyé el celular boca abajo sobre la mesa. Vibró casi de inmediato. No lo miré.

El primer sorbo estaba demasiado caliente. Me quemé apenas la lengua y agradecí esa distracción física, concreta. Algo que doliera en un punto específico y no en todos a la vez.

Desde donde estaba podía ver el mostrador sin ser vista del todo. Él se movía con naturalidad, como si conociera cada centímetro del espacio. Saludaba a algunos clientes por su nombre. A otros, no. Conmigo no hizo nada distinto.

Me quedé más tiempo del necesario.

Cuando la taza quedó vacía, no me levanté enseguida. Me quedé ahí, con las manos rodeándola, aunque ya no hubiera nada para tomar. Sentí una calma rara, frágil, como si ese momento pudiera romperse si alguien me preguntaba cómo estaba.

Nadie lo hizo.

Antes de irme, me acerqué al mostrador para pagar mi bebida.

—¿Todo bien? —preguntó el barista, automático, sin mirarme del todo.

Asentí.

—Sí.

Era mentira, pero no importaba. No era un lugar para verdades.

Salí de la cafetería y el aire frío me golpeó la cara con una honestidad que agradecí. Me ajusté el abrigo y caminé sin rumbo fijo, dejando que la ciudad hiciera ruido por mí. Vehículos, pasos, una sirena lejana. Todo seguía avanzando, incluso cuando yo no sabía muy bien hacia dónde.

A los minutos el cansancio volvió, denso, como si se me hubiera instalado en los huesos. Me senté en un banco del parque y apoyé los codos sobre las rodillas. El teléfono vibró otra vez. Esta vez sí lo miré.

Un mensaje corto. De mi novio.
Algo práctico. Algo cotidiano.
Nada que exigiera respuesta inmediata.

Lo dejé ahí.

Me quedé observando a una niña que corría detrás de una paloma, riéndose como si no existiera la vergüenza ni el futuro. Pensé, sin querer, en cuándo había sido la última vez que me había reído así, sin medir consecuencias, sin pensar en versiones alternativas de mí misma.

No lo recordé.

Cuando me levanté del banco, el mareo fue leve pero suficiente para obligarme a quedarme quieta un segundo más. Respiré hondo hasta que pasó. Me dije que era falta de sueño, mala alimentación, estrés. Siempre había una explicación razonable para no preocuparse.

Caminé de regreso a casa con esa idea, sosteniéndola como se sostiene una bolsa de papel demasiado llena.

El resto del día transcurrió sin forma. Una ducha que no me despertó, ropa cómoda que parecía demasiado extraña esta vez, la televisión encendida sin volumen. Volví a mirar el celular varias veces sin saber bien qué esperaba encontrar. Más mensajes. Más palabras correctas. Más normalidad.

A la noche, cuando me acosté, el olor a café volvió de golpe, inesperado. Cerré los ojos y me vi sentada en esa mesa del fondo, con la espalda contra la pared, las manos alrededor de una taza caliente. Me sorprendió lo rápido que ese recuerdo se había acomodado en mí, como si llevara tiempo esperando un lugar.

Pensé en el barista.
En su forma de no apurarse.
En cómo no había intentado llenar los silencios.

No sabía su nombre.
No sabía nada de él, en realidad.

Y sin embargo, algo en mí se aflojó con esa certeza.

Antes de dormirme, tomé una decisión pequeña, casi insignificante, de esas que no se anuncian en voz alta para no darles demasiada importancia.

Mañana iba a volver.

No porque necesitara café.
No porque esperara algo.

Sino porque, por primera vez en días, había encontrado un lugar donde el tiempo no me corría de atrás.

Y, mientras tanto, eso era suficiente.




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