Volví al día siguiente.
No fue una decisión pensada. Me encontré caminando en la misma dirección, a la misma hora, como si el cuerpo hubiera aprendido algo antes que yo. La puerta hizo el mismo sonido suave al abrirse y, por un segundo, sentí una familiaridad que me incomodó.
Había más gente que el día anterior. Un murmullo constante llenaba el lugar, pero no era molesto. Me quedé de pie, esperando mi turno, con la sensación de estar repitiendo una escena que todavía no me pertenecía del todo.
Él estaba ahí.
Tenía una remera distinta y el pelo un poco más revuelto, como si no hubiera tenido tiempo de acomodarlo. Se movía con la misma calma, sin apurarse, sin parecer ajeno al ritmo del lugar. Cuando me tocó, levantó la vista.
No sonrió.
Pero me reconoció.
—Buen día —dijo.
Ese detalle mínimo me atravesó el pecho más de lo que debería.
—Buen día.
No miré el pizarrón esta vez.
—Lo mismo de ayer —dije, y me sorprendió la naturalidad con la que salió.
Asintió.
—Ahora te lo llevo.
El "te" quedó flotando un segundo entre nosotros. No fue importante. No fue íntimo. Pero fue distinto.
Me senté en la mesa del fondo, como si nunca hubiera considerado otra opción. Apoyé la mochila en el mismo lugar, el celular boca abajo, otra vez. Esta vez no vibró. O quizás no lo escuché.
Mientras esperaba, observé a la gente entrar y salir. Una pareja discutía en voz baja, una mujer pedía un café para llevar con apuro, un chico joven le preguntaba a él si el baño estaba ocupado. El barista respondía a todos con la misma atención medida, sin exagerar nada.
Cuando dejó la taza frente a mí, no hizo ruido.
—Gracias —dije.
—De nada.
Se quedó un segundo más de lo necesario, acomodando una servilleta que ya estaba derecha. Después volvió al mostrador.
Me quedé leyendo mensajes viejos, conversaciones que ya no tenían sentido, fotos que parecían pertenecerle a otra persona. En una de ellas yo sonreía con una seguridad que no recordaba haber tenido. Cerré la galería sin terminar de entender en qué momento se había ido esa versión de mí.
—¿Te sirvo un poco de agua?
La pregunta me tomó por sorpresa. Levanté la vista.
Él sostenía una jarra en la mano. No había insistencia en su tono, solo una oferta.
—Sí, gracias.
Sirvió el vaso despacio y se fue sin decir nada más.
No hablamos.
Pero tampoco estuve sola.
Desde mi asiento vi el cartelito que llevaba en su delantal. No lo había visto antes.
Teo.
No pensé nada al respecto. No lo relacioné conmigo. Solo leí el nombre y seguí mirando otra cosa, como si no tuviera importancia.
El café ahora estaba tibio. Lo tomé igual.
Me sentía cansada, pero no de sueño. Era un cansancio más profundo, incómodo, como si el cuerpo estuviera haciendo algo a mis espaldas. Me acomodé en la silla, crucé y descrucé las piernas, intenté encontrar una posición que no me hiciera sentir tan pesada.
No lo logré.
El celular vibró sobre la mesa. Esta vez lo miré.
Frank, mi novio.
Siempre Frank.
Mensajes correctos, preguntas correctas, preocupación correcta.
>¿A qué hora regresas? ¿Comiste algo?
>Después hablamos.
Respondí de manera simple y nada más. Ahora no siento las ganas de hablar con él.
Frank estudiaba otra cosa, algo práctico, con salida laboral clara. Cuando hablaba de futuro, lo hacía con fechas. Yo asentía. Últimamente asentía mucho.
Yo estudiaba Letras.
O al menos eso decía cuando alguien me preguntaba.
Había sido mi sueño durante años. Leer, escribir, analizar palabras como si fueran llaves. Pensé que ahí iba a encontrar algo parecido a mí. Ahora los textos se me acumulaban sin sentido, las clases me parecían lejanas, y las palabras —todas— empezaban a sentirse huecas.
Como si ya no alcanzaran.
Me llevé la mano al estómago sin darme cuenta. Tenía una sensación rara, un nudo leve, persistente. No era dolor. Era aviso. Tomé otro sorbo de café para taparlo.
Desde el mostrador, Teo se movía con la misma calma de siempre. No hablaba más de lo necesario. No miraba de más. Todo en él parecía medido para no molestar a nadie.
Agradecí eso.
Pensé, sin querer, en Frank. En su forma de ocupar los espacios, de llenar los silencios, de hacer preguntas cuando yo no tenía respuestas. Nada estaba mal, en teoría. No discutíamos. No había gritos. No había incomodidades claras.
Solo una distancia nueva, incómoda, que no sabía explicar.
Terminé el café sin disfrutarlo. Me quedé sentada igual.
El cuerpo volvió a sentirse extraño cuando me levanté. Un mareo corto, una presión en el pecho que duró lo justo como para hacerme apoyar la mano en la mesa. Nadie dijo nada.
Nadie tenía por qué hacerlo.
Al acercarme al mostrador, él estaba limpiando una taza.
—¿Todo bien? —preguntó, sin levantar demasiado la vista. Igual que ayer.
Asentí.
—Sí.
Otra vez mentira.
Otra vez suficiente.
Antes de irme, dudé un segundo. No sabía bien por qué.
—El café estaba... bien —dije al final, torpe—. Gracias.
Él levantó la vista, apenas.
—Me alegro. Que tengas un buen día.
Y por primera vez, sonrió.
No fue una sonrisa grande. Fue breve, casi privada. Pero se me quedó grabada de una forma que no supe explicar.
Su voz era baja. Tranquila. Normal.
Salí a la calle con esa imagen acompañándome, como una luz baja que no encandila pero tampoco se apaga. Con la sensación de que todo seguía igual y, al mismo tiempo, no.
Caminé un poco y, sin querer, me descubrí pensando nuevamente en cuándo volvería.
No porque lo necesitara.
No porque lo esperara.
Sino porque, de a poco, ese lugar estaba empezando a reconocerme.
Y yo, todavía, no estaba segura de estar lista para eso.