Bridget
Frank estaba raro desde hacía días, pero esa mañana fue distinto.
Desayunábamos en silencio, sentados uno frente al otro en la mesa pequeña del departamento. El sol entraba de costado por la ventana y dejaba ver el polvo en suspensión, como si el aire también estuviera cansado. El café estaba fuerte. Demasiado. Me dio náuseas después del primer sorbo, así que lo dejé a un lado.
—¿No vas a tomar? —preguntó Frank, sin mirarme.
—Después —dije.
No era verdad. Pero ya me salía fácil.
Frank revisaba su celular con el ceño apenas fruncido, concentrado en algo que no compartía. Tenía esa forma de estar presente a medias que últimamente se repetía demasiado. Físicamente ahí, mentalmente en otra parte.
Pensé, sin querer, que habría sido mejor ir a la cafetería.
Pensé en la mesa del fondo.
En el ruido bajo.
En no tener que sostener conversaciones que no llevaban a ningún lado.
—Hoy llego tarde —dijo de pronto—. Tengo clases todo el día.
Asentí.
—Está bien.
No pregunté nada más. Él tampoco explicó.
Se levantó, dio vueltas por el departamento buscando cosas que siempre encontraba en el mismo lugar. Llaves. Mochila. Teléfono. Me dio un beso rápido en la mejilla, más gesto que contacto.
—Adiós, Bridget —dijo.
La puerta se cerró con un ruido seco.
Me quedé un rato sentada, mirando la taza intacta. El departamento parecía más diminuto cuando estaba sola. Más silencioso. Me apoyé en el respaldo de la silla y cerré los ojos. El mareo volvió, leve pero insistente. Respiré despacio hasta que pasó.
Decidí salir.
Agarré mi bolso sin revisar demasiado y bajé las escaleras con cuidado. El aire de la calle me ayudó a despejarme un poco. Caminé hasta la cafetería casi sin pensar, como si ya fuera parte de mi recorrido natural.
Entré.
Pedí lo de siempre.
Me senté en la mesa del fondo.
Todo normal.
Teo estaba detrás del mostrador, concentrado en su rutina. Me trajo el café sin decir nada más. Yo asentí en silencio. Me envolví las manos alrededor de la taza, buscando calor.
Fue entonces cuando el teléfono vibró.
Lo miré sin apuro, esperando ver mi pantalla. No era mi fondo. No era mi contraseña. No era mi celular.
Sentí un vacío inmediato en el pecho.
La pantalla se iluminó con un nombre que no conocía.
Atendí sin pensar.
—Amor... —dijo una voz femenina del otro lado—. Pensé que ya habías salido de clase. ¿Me recoges en el lugar de siempre?
El mundo se me cerró un poco.
No respondí.
—¿Frank? —insistió la voz, suave, confiada—. ¿Estás ahí, cariño?
Me faltó el aire. Literalmente. Sentí cómo el pecho se me apretaba, cómo el café me subía ácido a la garganta. El ruido del lugar se apagó de golpe, como si alguien hubiera bajado el volumen de todo menos de esa voz.
Colgué.
Dejé el teléfono sobre la mesa como si quemara. Me llevé una mano al pecho, después al borde de la mesa. Necesitaba sostenerme de algo. El mareo fue más fuerte esta vez. Las piernas me temblaron.
Respiré.
Uno.
Dos.
No alcanzó.
—¿Estás bien?
La voz de Teo llegó desde cerca, baja, sin sobresalto. No me había visto caer, pero me había visto irme.
Asentí sin mirarlo.
—Sí... —mentí—. Creo.
Él no discutió. No me dijo que me sentara derecho ni que respirara profundo. Solo corrió un poco la silla frente a mí.
—¿Quieres agua?
Asentí otra vez.
Sirvió el vaso despacio y lo dejó cerca, sin tocarme. Se quedó ahí, de costado, como quien cuida un espacio sin ocuparlo.
—Toma —dijo—. Tranquila.
Bebí un sorbo. Me ardía la garganta. Las manos me seguían temblando.
No lloré.
No grité.
No dije nada.
Teo no preguntó.
Y por primera vez desde que había atendido esa llamada, el aire volvió a entrarme en los pulmones.
Me quedé sentada un rato largo después de eso. No sabría decir cuánto. El vaso de agua quedó a medio tomar, el café intacto, otra vez. El teléfono seguía sobre la mesa, boca abajo, como si pudiera volver a sonar si lo miraba.
Teo se alejó sin hacer ruido. Volvió al mostrador, a la rutina, a atender a otros. No me dejó sola, pero tampoco me vigiló. Esa distancia justa me sostuvo más de lo que habría sabido agradecer.
Apoyé los codos en la mesa y bajé la cabeza. El corazón me latía raro, desacompasado. Pensé en levantarme, en irme, en enfrentar todo de una vez. Pensé en no hacer nada. Ambas opciones me parecieron igual de pesadas.
Di vuelta el teléfono con cuidado.
Había notificaciones nuevas. Mensajes que no eran para mí. Una conversación abierta que no quise leer entera, pero de la que vi lo suficiente como para entender. Emojis. Confianza. Una cotidianeidad que no me pertenecía.
Lo dejé otra vez boca abajo.
El cuerpo me pidió que me fuera. No de la cafetería. De ese momento.
Me levanté despacio, agarré el bolso y el teléfono equivocado. Pasé por el mostrador para dejar la taza. Teo levantó la vista.
—¿Todo bien? —preguntó, automático.
Lo miré por primera vez de verdad. Quise decir muchas cosas. No dije ninguna.
—Sí —respondí—. Gracias por el agua.
Asintió, como si entendiera que eso era todo lo que podía darme.
Salí a la calle con la sensación de estar caminando dentro de una burbuja. Los sonidos llegaban tarde. Los colores parecían apagados. El teléfono vibró otra vez en mi mano. No atendí. No miré.
Caminé sin rumbo durante varios minutos. El malestar seguía ahí, instalado, como si el cuerpo no quisiera dejarme olvidarlo. Me apoyé un momento contra una pared fría y respiré hondo. Pensé en Frank. En el departamento. En la mesa del desayuno.
Pensé en cómo algo se había roto sin hacer ruido.
Cuando llegué a casa, dejé el teléfono sobre la mesa, bien visible. Me senté en la cama sin sacarme el abrigo. Miré el techo. Esperé.