Bridget
Frank llegó esa noche más tarde de lo habitual.
Yo estaba sentada en la cama, con la luz apagada y la ventana abierta. El ruido de las llaves en la cerradura me tensó el cuerpo entero, como si hubiera estado esperando ese sonido desde hacía horas. Me incorporé apenas, sin saber muy bien por qué. No iba a esconderme. Tampoco estaba lista para enfrentar nada.
Entró dejando la mochila en el piso y se sacó las zapatillas sin hacer ruido.
—Ya llegué, Bridget ¿Todo bien? —preguntó desde la cocina.
—Sí —respondí.
La palabra salió sola, automática, como un reflejo mal entrenado.
Escuché el sonido del agua, un vaso apoyándose sobre la mesada. Frank apareció en el marco de la puerta del cuarto con el celular en la mano. Mi celular.
—Me llevé el tuyo hoy sin querer —dijo—. Recién me di cuenta.
Asentí.
—El mío está aquí —agregó, levantando el otro teléfono—. Nos confundimos.
No dije nada.
Miré el aparato un segundo más de lo necesario.
—¿Te llamaron? —preguntó.
La pregunta flotó en el aire, liviana, casi casual. Me di cuenta de que estaba atento. No nervioso. No a la defensiva. Atento de una forma que me incomodó.
—Sí —dije.
Esperé.
No pasó nada.
—Ah —respondió él—. Yo no vi nada raro.
Se sentó a mi lado, dejando un espacio mínimo entre los dos. Demasiado espacio para una pareja que vivía junta. Demasiado poco para alguien que no quería decir nada.
—Estás pálida —agregó—. ¿Comiste algo hoy?
Negué con la cabeza.
—No tenía hambre.
Frank suspiró, como si eso confirmara algo que ya venía pensando.
—Tienes que cuidarte más, Bri.
El apodo me cayó mal. No supe por qué.
—Estoy bien —dije, y esta vez sí sonó un poco más firme.
Se quedó mirándome unos segundos. Tenía esa expresión suya, la de cuando evaluaba situaciones sin involucrarse del todo. Como si estuviera frente a un problema ajeno.
—Hoy fue un día largo —dijo al final—. Mañana hablamos, ¿sí?
Asentí otra vez.
Se levantó, dejó el celular sobre la mesa de luz y fue al baño. Escuché la ducha empezar a correr. El sonido constante del agua llenó el departamento, cubriéndolo todo.
Agarré el teléfono.
Lo miré sin desbloquearlo. No tenía fuerzas para eso. Me bastaba con saber lo que ya sabía. Lo dejé de nuevo en su lugar, boca abajo.
Me recosté en la cama y cerré los ojos. El cuerpo me dolía de una forma rara, difusa. No era un dolor claro. Era una suma de cosas: el pecho apretado, la cabeza pesada, el estómago revuelto.
Pensé en la cafetería.
En el vaso de agua.
En la voz de Teo diciendo tranquila, sin saber nada.
Pensé en cómo, en todo el día, nadie me había mentido excepto Frank.
Y yo misma.
Cuando él salió del baño, se acostó a mi lado sin tocarme. Apagó la luz.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Nos quedamos en silencio, espalda con espalda, como si una línea invisible nos dividiera la cama en dos territorios distintos.
Ahí entendí algo que no quise pensar demasiado:
no todo se rompe con una confesión.
Algunas cosas se rompen así.
Despacio.
Sin ruido.
Y mientras tanto, una aprende a quedarse quieta para no escuchar el crujido.
La mañana siguiente llegó sin aviso.
Abrí los ojos antes de que sonara el despertador. El cuerpo me pesaba como si no hubiera dormido nada. Tenía la garganta seca y una presión extraña en el pecho, no exactamente dolor, más bien una advertencia. Me quedé quieta unos segundos, escuchando.
Frank ya estaba despierto.
Se movía por el departamento con normalidad. Demasiada. El ruido de la tostadora, el agua para el café, un tarareo bajo. Como si la noche anterior no hubiera existido. Como si nada se hubiera tensado entre nosotros.
Me incorporé despacio y fui hasta la cocina.
—Buen día —dijo, sonriendo.
La sonrisa era la de siempre. Ensayada. Correcta.
—Buen día.
—Hice café —agregó—. ¿Quieres?
Asentí, aunque el estómago se me revolvió apenas sentí el olor. Me senté en la mesa. Frank me alcanzó una taza y volvió a lo suyo. Revisó el celular. Respondió mensajes. Se puso el abrigo.
—Hoy tengo clases hasta tarde —dijo—. Capaz vuelvo tarde otra vez.
—Está bien.
No preguntó si yo tenía algo.
No preguntó cómo me sentía.
No preguntó por la llamada.
Se acercó para darme un beso rápido en la frente. Me quedé rígida. No sé si lo notó. Agarró su mochila y se fue.
La puerta se cerró y el departamento quedó en silencio.
Apoyé la taza sin haber tomado un solo sorbo. El pulso me latía fuerte en los oídos. Me llevé una mano al pecho, como si pudiera acomodar algo desde afuera. Respiré hondo. No ayudó.
El cuerpo estaba peor.
No quise admitirlo, pero lo supe en ese momento. No era solo tristeza. No era solo angustia. Había algo físico, algo que no encajaba, como si mi cuerpo estuviera yendo por un camino distinto al mío.
Me vestí despacio, con movimientos torpes. El espejo del baño me devolvió una imagen apagada: ojeras marcadas, piel pálida, ojos cansados. Me apoyé un segundo en el lavamanos antes de salir.
No pensé demasiado.
Agarré la cartera.
Salí.
La cafetería me recibió con el sonido conocido de la campanita. El olor a café recién molido me calmó apenas, como un reflejo aprendido. Pedí lo de siempre sin pensarlo.
Teo levantó la vista.
—¿Todo bien hoy?
No era una pregunta grande. No era invasiva. Era distinta.
—Más o menos —respondí.
Asintió. No insistió. Me alcanzó la taza y, sin decir nada, dejó un vaso de agua al lado. El mismo gesto del día anterior.
—Por las dudas —dijo.
Me senté en mi mesa de siempre. Tomé un sorbo de agua antes que de café. El temblor en las manos era leve, pero constante. Miré alrededor. Todo seguía igual. La gente, las charlas, las laptops abiertas. El mundo avanzando.