Bridget
Esa noche no volví directo al departamento.
Caminé sin rumbo unos minutos después de salir de la cafetería, con la servilleta doblada todavía en la cartera, como si fuera algo frágil. El aire frío me ayudó a respirar mejor, pero el cuerpo seguía raro. Cansado. Pesado. Como si hubiera corrido una maratón sin moverme del lugar.
Cuando llegué, Frank no estaba. El departamento estaba oscuro y en silencio. Dejé las llaves sobre la mesa y me quedé parada un segundo, escuchando nada. Me saqué los zapatos y me senté en el piso, apoyando la espalda contra el sillón.
Ahí fue cuando lloré.
No fuerte. No desarmada. Lloré como quien se queda sin energía para sostenerse. Las lágrimas caían solas, sin ruido, sin drama. Me tapé la boca con la mano para no hacer ningún sonido, aunque no había nadie que pudiera oírme.
No sabía exactamente por qué lloraba.
Por Frank, tal vez.
Por mí.
Por esta sensación constante de no estar llegando a ningún lado.
Cuando el llanto se apagó, me quedé ahí, en el piso, hasta que el frío me obligó a moverme. Me levanté despacio y fui a la cama. Dormí mal, con sueños cortados y el cuerpo tenso.
A la mañana siguiente, desperté con náuseas.
Me senté de golpe, el corazón acelerado. Respiré hondo, esperando que pasara. No pasó. Corrí al baño y me apoyé en el lavamanos, mareada. No llegué a vomitar, pero el malestar quedó ahí, latente.
—No es nada —me dije en voz baja—. Estrés.
Frank seguía dormido. No lo desperté. Ni siquiera se cuando llegó a casa. Me vestí en silencio y salí antes de que él abriera los ojos.
La cafetería estaba más llena de lo habitual. Dudé un segundo en entrar. Lo hice igual.
Pedí lo de siempre. Me senté. Las manos me temblaban apenas.
Teo me vio desde el mostrador. No sonrió. No habló. Solo me observó un segundo más de lo normal. Cuando se acercó a limpiar la mesa de al lado, bajó la voz.
—¿Cómo estás hoy?
Abrí la boca para decir bien. No salió.
—No muy bien —respondí.
Asintió.
—¿Quieres agua o algo caliente?
—Agua, por favor.
Me la trajo enseguida. Se quedó ahí, de pie, como el día anterior.
—No tienes que explicarme nada —dijo—. Pero si quieres hablar, estoy aquí.
Apoyé la frente en una mano. Cerré los ojos.
—Siento que mi vida... —empecé, y me detuve—. Siento que se me está yendo de las manos.
No miré a Teo. No quería ver su reacción. Aun así, siguió ahí.
—Todo el mundo cree que estoy bien —continué—. Que tengo lo que quería. Pero no siento nada. O siento demasiado. No lo sé.
El pecho volvió a apretarse.
—Y mi cuerpo... —agregué—. Mi cuerpo no está acompañando.
Teo no habló enseguida.
—A veces el cuerpo dice lo que uno no se anima —dijo al fin.
Levanté la vista. Lo miré. No había lástima en su expresión. Tampoco curiosidad. Solo atención.
—Me da miedo —admití.
—Eso tiene sentido.
No me dio soluciones. No me dijo que todo iba a estar bien. Y, por alguna razón, eso fue lo que más alivió.
Me quedé ahí un rato más. Hablé poco. Lo suficiente para sacar presión. Cuando me fui, el cuerpo seguía mal, pero la cabeza estaba un poco más liviana.
Mientras caminaba hacia clases, entendí algo que me incomodó y me calmó al mismo tiempo:
no estaba sola en esto.
Todavía no sabía qué se estaba rompiendo.
Solo sabía que ya no podía ignorarlo.
Me senté en clases sin escuchar realmente. Tomé apuntes que no recordaba haber escrito. El cuerpo seguía raro: cansancio espeso, una presión constante en el pecho, mareos suaves que iban y venían. Me obligué a almorzar algo, aunque la comida me supo a nada.
A la tarde volví al departamento.
Frank estaba ahí.
Estaba sentado en el sillón, con la laptop abierta y el celular en la mano. Levantó la vista cuando entré.
—Te fuiste temprano hoy —dijo—. Ni te escuché salir.
—No me sentía bien.
—Últimamente nunca te sientes bien —respondió, sin agresividad, pero tampoco con cuidado.
Dejé la cartera sobre la mesa. Me quedé parada.
—No es a propósito.
Frank suspiró y cerró la laptop.
—Bridget, estoy preocupado —dijo—. Estás distante. Cansada todo el tiempo. No hablás. No comés. No sé qué te pasa.
Tragué saliva.
—A mí tampoco —respondí—. Ese es el problema.
Se pasó una mano por la cara.
—¿Hiciste algo hoy? ¿Fuiste al médico?
—No.
—Deberías.
Asentí, aunque la idea me apretó el estómago.
—Y... —agregó él, dudando—. Ayer atendiste una llamada, ¿no?
El aire se volvió pesado.
—Sí.
—¿Era algo importante?
Lo miré. Busqué algo en su cara. Culpa. Nervios. Algo. No encontré nada.
—No lo sé —dije—. No llegué a hablar.
Frank asintió, demasiado rápido.
—Bueno... —respondió—. Mejor. Seguro fue nada.
Nada.
Esa palabra quedó flotando entre nosotros.
—Me voy a bañar —dijo después—. Estoy agotado.
Lo vi alejarse por el pasillo. Escuché la ducha. Me senté en la mesa de la cocina y apoyé la cabeza entre las manos. El cuerpo empezó a temblarme, ahora sí de verdad. No era frío. Era otra cosa.
Esa noche casi no dormí.
Al día siguiente pedí turno médico.
No le dije a Frank. No sabía por qué. Tal vez porque necesitaba que algo fuera solo mío.
La sala de espera olía a desinfectante. Me senté rígida, con las manos entrelazadas. Cuando me llamaron, el corazón me latía fuerte.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó la médico.
Abrí la boca. Me quedé en silencio.
—No me siento bien —dije al fin—. Hace semanas.
Hablé de todo y de nada. Del cansancio. De las náuseas. Del pecho apretado. De la falta de hambre. De la sensación constante de estar fallando.
La médico tomó nota.
—Vamos a pedir algunos estudios —dijo—. Nada grave por ahora, pero no lo ignores.