Bridget
La mañana llegó pesada, como si el aire dentro del departamento fuera más denso que de costumbre.
Frank estaba en la cocina, de espaldas, preparando café. El sonido de la cuchara golpeando la taza me irritó más de lo que debería. Me quedé apoyada en el marco de la puerta, mirándolo. Pensé en todas las veces que había querido hablar y no lo había hecho. En cómo el cuerpo, en cambio, no había parado de insistir.
—Tenemos que hablar —dije.
Frank se dio vuelta, sorprendido apenas. No parecía nervioso. Eso me desconcertó.
—¿Ahora? —preguntó—. Llegó tarde hoy.
—Ahora —repetí.
Se sentó frente a mí, con la taza en la mano. Yo no me senté. Necesitaba mantenerme de pie, como si eso me diera algo de control.
—Ayer atendí una llamada en tu teléfono —empecé—. Una mujer.
Frank frunció el ceño.
—¿Qué?
—Una mujer —repetí—. Era… cercana. No sonaba como alguien que se equivoca de número.
Soltó una risa corta, incrédula.
—Bri, seguro te confundiste.
La forma en que dijo mi nombre me tensó el estómago.
—No me confundí.
—Estás muy sensible últimamente —respondió—. Con todo lo que te está pasando, es normal que mezcles cosas.
Sentí el primer pinchazo en el pecho. Una advertencia.
—No estoy mezclando nada —dije—. La escuché. Y vi mensajes.
Frank dejó la taza sobre la mesa, más fuerte de lo necesario.
—¿Revisaste mi celular?
—No —mentí—. Estaba a la vista.
Suspiró, cansado. Como si yo fuera un problema más en su día.
—No hay nadie más, Bridget —dijo—. Te lo juro. Estás delirando.
Esa palabra me cayó como un golpe.
—¿Delirando?
—No lo digo mal —se apuró—. Pero no estás bien. No comés, no duermes, estás todo el tiempo mal. Seguro escuchaste lo que quisiste escuchar.
El corazón empezó a latirme desordenado. Me apoyé en la mesa sin darme cuenta.
—No me hagas esto —dije, la voz temblándome—. No me vuelvas loca.
—No te estoy volviendo loca —respondió—. Estoy tratando de ser racional.
Racional.
El aire empezó a faltarme. Inspiré hondo, pero no alcanzó. El cuerpo se me volvió pesado, torpe. Un mareo me obligó a sentarme.
Frank se levantó de golpe.
—¿Ves? —dijo—. Esto es a lo que me refiero.
Me llevé una mano al pecho. Sentía náuseas, frío, una presión que no sabía explicar.
—No me siento bien —murmuré.
—Tienes que ir al médico —respondió, ya más distante—. No puedo ocuparme de esto ahora.
Agarró la mochila, las llaves.
—Frank… —dije.
Se detuvo en la puerta.
—Hablamos después, ¿sí? —dijo—. Cuando estés más tranquila.
Y se fue.
La puerta se cerró y el silencio se me vino encima.
Me quedé sentada en la cocina, respirando como podía. El cuerpo tardó en calmarse. Cuando lo hizo, quedó ese vacío raro, como si algo se hubiera desprendido definitivamente.
Miré el departamento. Nuestro departamento. La mesa. Las tazas. Las cosas compartidas que de repente parecían ajenas.
No sabía qué hacer.
No sabía si creerme.
No sabía si estaba exagerando.
No sabía si estaba enferma, triste, rota… o todo al mismo tiempo.
Me levanté despacio y fui hasta el sillón. Me senté ahí, abrazándome las rodillas.
Por primera vez desde que todo empezó, no tenía a dónde ir.
Y eso fue lo que más miedo me dio.
Me quedé ahí mucho tiempo.
No sabría decir cuánto. El departamento se llenó de una quietud incómoda, como si incluso las paredes estuvieran esperando algo de mí. El mareo volvió en oleadas suaves pero insistentes. Me levanté para ir al baño y el mundo se inclinó apenas. Tuve que apoyarme en la pared.
—No ahora —murmuré—. Por favor.
Me miré al espejo. La imagen que me devolvió no parecía mía. Ojeras marcadas, labios pálidos, los ojos apagados. Me mojé la cara con agua fría, pero no alcanzó. El cuerpo seguía mandando señales que ya no podía ignorar.
Me senté en el piso del baño.
Ahí fue cuando entendí que había tocado fondo. No de una forma dramática, no llorando ni gritando. Fondo era esto: no saber si confiar en lo que sentía, no saber si el dolor era físico o emocional, no saber a quién creerle, ni siquiera a mí misma.
Saqué el celular y miré las fotos de las órdenes médicas que aún tenía guardadas en la cartera desde el día anterior. Estudios. Análisis. Palabras impersonales. Me temblaron los dedos mientras pedía turno.
Cuando colgué, me sentí vacía.
No tenía ganas de volver a la cama. No quería estar en ese departamento. No quería pensar. Me vestí sin cuidado y salí. El aire de la calle me golpeó de lleno. Caminé sin rumbo hasta que, sin darme cuenta, estaba frente a la cafetería.
Entré.
El sonido de la campanita me hizo cerrar los ojos un segundo, como si el cuerpo reconociera ese lugar antes que yo. Teo estaba detrás del mostrador. Levantó la vista y se quedó quieto apenas me vio.
—Hola —dijo.
No respondí enseguida. Me acerqué a la barra y apoyé las manos. Sentí que, si hablaba, algo se iba a romper.
—¿Puedes…? —empecé, y me quedé sin voz.
Teo no preguntó. Rodeó el mostrador y se acercó.
—Siéntate —dijo, señalando una silla—. Yo llevo algo.
Me senté. El temblor en las piernas era evidente ahora. Teo volvió con un vaso de agua y una taza humeante.
—No es café —aclaró—. Es té.
Asentí. Agarré el vaso con ambas manos.
—Hablé con él —dije al fin.
Teo se sentó frente a mí, como ya era costumbre.
—¿Y?
—Dijo que estoy delirando.
Las palabras me pesaron en la lengua.
—Que me confundí. Que no estoy bien. —Respiré hondo—. Y después se fue.
El silencio cayó entre nosotros, pero esta vez fue distinto. Más denso. Más presente.
—Eso duele —dijo Teo.
No dijo pero.
No dijo capaz.
No dudó.
Asentí. El pecho me ardía.
—Mi cuerpo se siente cada vez peor —continué—. Fui al médico. Tengo estudios. Y tengo miedo de que algo esté mal de verdad. Y miedo de que no lo esté, y que entonces todo sea culpa mía.