Bridget
Esa noche dormí en el sillón.
No fue una decisión grande. Fue más bien la incapacidad de entrar al cuarto. La cama me parecía un territorio ajeno, como si hubiera quedado marcada por algo que todavía no sabía nombrar. Me tapé con una manta y dejé la luz de la sala apagada.
Dormí a ratos. Me desperté varias veces con el corazón acelerado, el cuerpo tenso, la sensación de haber olvidado algo importante. Cuando amaneció, tenía la garganta seca y la cabeza pesada.
Frank no volvió esa noche.
El departamento estaba en silencio cuando me levanté. Preparé té, me senté en la mesa y miré el celular sin saber qué esperaba encontrar. No había mensajes. Ni llamados. Nada.
Me dolió más de lo que quise admitir.
Tenía turno para los estudios esa mañana. Me vestí despacio, con movimientos cuidadosos, como si el cuerpo fuera frágil. En el espejo, me vi distinta. No peor. Distinta. Como si algo se hubiera desplazado de lugar.
El laboratorio estaba lleno de gente callada. Me senté con los papeles en la mano, leyendo palabras que no entendía del todo. Cuando me llamaron, sentí un nudo en el estómago. Todo fue rápido. Frío. Mecánico.
Salí con una sensación rara: alivio por haber ido, miedo por lo que pudiera venir.
No quise volver a casa.
Caminé. Mucho. Hasta que, casi sin pensarlo, terminé otra vez frente a la cafetería. Dudé un segundo antes de entrar. Lo hice igual.
Teo estaba acomodando unas cajas. Levantó la vista y me vio. Sonrió apenas.
—Hola, Bridget.
Escuchar mi nombre me desarmó un poco.
—Hola.
Pedí té otra vez. Me senté en la mesa de siempre. El cuerpo estaba cansado, pero la cabeza un poco más clara.
—¿Fuiste al médico? —preguntó Teo cuando se acercó.
—Sí. Hoy.
—¿Cómo te sientes?
Pensé la respuesta.
—Rara —dije—. Como si hubiera hecho algo importante y todavía no supiera para qué.
Asintió.
—A veces es así.
Me quedé en silencio un rato. Miré por la ventana. Afuera, la gente seguía con su vida.
—No volvió anoche —dije de pronto.
Teo no preguntó quién.
—¿Eso te sorprendió?
—No —respondí—. Pero igual dolió.
Me llevé la taza a los labios. El té estaba caliente. Reconfortante.
—No sé si quiero que vuelva —agregué—. Y eso me asusta.
Teo apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la mía, sin tocarme.
—No querer algo también es una respuesta.
Sentí el pecho apretarse otra vez, pero no fue pánico. Fue tristeza.
—Tengo miedo de quedarme sola —admití.
—Estar sola no es lo mismo que estar abandonada —dijo—. A veces uno se abandona a sí mismo por no quedarse solo.
Esa frase se me quedó clavada.
—Yo creo —continuó— que estás empezando a escucharte.
Lo miré.
—Y no sé si me gusta lo que escucho.
—No tiene que gustarte —respondió—. Solo tiene que ser verdad.
Me quedé un rato más. Hablamos poco. No hacía falta.
Cuando me levanté para irme, Teo dijo:
—Mañana voy a estar aquí también.
Asentí.
—Capaz vuelva.
—Te esperaré.
Salí a la calle con una mezcla extraña de miedo y calma. No sabía qué iba a pasar con Frank . No sabía qué iban a decir los estudios. No sabía si iba a poder sostener todo lo que se venía.
Pero sabía algo nuevo:
estaba empezando a elegir quedarme conmigo.
Y eso, aunque daba vértigo, también se sentía como el principio de algo.
Volví al departamento entrada la tarde.
Frank seguía sin estar. La luz de la sala entraba oblicua por la ventana, marcando el polvo en el aire. Dejé la cartera sobre la silla y me quedé parada en el medio del lugar, como si fuera una visita en una casa que ya no reconocía.
Me senté en el sillón. El cuerpo volvió a sentirse pesado, cansado hasta los huesos. Me recosté un momento y cerré los ojos, pero no dormí. La cabeza no paraba.
Pensé en Teo diciendo mi nombre.
En la forma simple en que me había creído.
En lo distinto que se sentía eso.
El celular vibró.
Era Frank.
>Llego tarde. No armes drama.
Leí el mensaje varias veces. El pecho se me cerró de golpe. No respondí. Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa. Sentí náuseas otra vez, un mareo que me obligó a apoyar los pies bien firmes contra el piso.
—No estoy armando nada —murmuré—. Se está cayendo solo.
Me levanté y fui al cuarto. Abrí el closet. Miré mi ropa, la suya, mezclada. Todo junto. Todo revuelto. Saqué un suéter y lo apreté contra el pecho sin saber por qué. Lo solté enseguida, como si me quemara.
No lloré.
Eso fue lo que más me preocupó.
Me preparé algo liviano para comer, aunque apenas probé un par de bocados. El cuerpo no quería. Lo acepté. Me senté otra vez en el sillón y miré el techo, contando las grietas pequeñas que nunca antes había notado.
Cuando Frank llegó, ya era de noche.
Entró sin saludar. Dejó las llaves, la mochila, se sacó el abrigo.
—Estoy agotado —dijo—. No estoy para charlas.
Lo miré desde el sillón.
—Yo sí —respondí.
Se detuvo. Me miró como si yo hubiera dicho algo fuera de lugar.
—Bridget…
—No —lo interrumpí—. No hoy.
El cuerpo me temblaba, pero seguí.
—No me digas que exagero. No me digas que deliro. No me digas que espere.
Frank suspiró, frustrado.
—No tengo energía para esto.
—Yo tampoco —dije—. Pero lo estoy viviendo igual.
Hubo un silencio largo. Frank se pasó una mano por la nuca.
—Necesito dormir —dijo al final—. Hablamos mañana.
Y se fue al cuarto.
No lo seguí.
Me quedé ahí, escuchando la puerta cerrarse, el ruido de la cama, la luz apagándose. El cuerpo empezó a dolerme otra vez, como si hubiera aguantado demasiado tiempo algo que ya no podía sostener.
Me levanté despacio y agarré la manta.
Esa noche, otra vez, dormí en el sillón.
Antes de cerrar los ojos, pensé en la cafetería. En la mesa. En el té caliente. En alguien que no me pedía que me calmara, sino que me quedara.