Mientras Tanto

CAPÍTULO OCHO -No es un impulso

Bridget

Me desperté antes que sonara la alarma.

El sillón me había dejado el cuerpo duro, pero no fue eso lo que me sacó del sueño. Fue la sensación persistente de que algo tenía que cambiar, aunque todavía no supiera qué. Me quedé unos segundos mirando el techo, escuchando la respiración del departamento. Desde el cuarto no venía ningún sonido. Frank seguía durmiendo.

Me levanté sin hacer ruido y fui al baño. El espejo me devolvió una versión cansada de mí, pero también más firme. No mejor. Más consciente. Me lavé la cara y me até el pelo como pude.

En la cocina, encontré un papel doblado sobre la mesa.

Vuelvo tarde. No me esperes.

Nada más.

No me dolió como antes. Eso fue lo que me asustó.

Preparé té y lo tomé despacio, sentada sola. El cuerpo seguía raro, con ese cansancio que no se va durmiendo. Aun así, me vestí y salí. Tenía que ir a buscar los resultados de los estudios.

El consultorio estaba igual de impersonal que la vez anterior. Me senté con las manos frías, esperando que dijeran mi nombre. Cuando finalmente me llamaron, sentí que el corazón se me subía a la garganta.

—Algunos valores están fuera de rango —dijo la médico, mirando la pantalla—. No es concluyente todavía, pero necesitamos hacer más estudios.

Asentí. Ya lo esperaba. O eso creía.

—¿Es grave? —pregunté.

La médico levantó la vista.

—No podemos saberlo aún —respondió—. Pero hiciste bien en venir.

Salí con más papeles, más preguntas y una sensación pesada en el pecho. No lloré. No podía. Caminé sin rumbo hasta que me encontré, otra vez, frente a la cafetería.

Entré.

Teo estaba atrás del mostrador. Cuando me vio, sonrió apenas, con esa expresión que ya empezaba a reconocer.

—Hola, Bridget.

—Hola, Teo.

Me senté. Pedí té sin pensarlo.

—Fui a buscar los resultados —dije cuando se acercó.

—¿Y?

—No saben todavía.

Asintió.

—Eso suele ser lo más difícil.

Me quedé mirando la taza.

—Frank casi no estuvo en casa —agregué—. Y cuando está, es como si no estuviera.

Teo apoyó los codos en la mesa.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Estás?

Esa pregunta me descolocó.

—No lo sé —respondí—. Creo que recién ahora.

Hubo un silencio cómodo. Afuera, la tarde avanzaba despacio.

—No quiero quedarme donde me hacen dudar de mí —dije al fin.

Teo me miró con atención.

—Eso no suena como alguien perdida —dijo—. Suena como alguien cansada de ser invisible.

Sentí un nudo en la garganta.

—Tengo miedo de lo que venga.

—Es lógico.

—Y miedo de estar sola.

—No estás sola ahora.

No lo dijo como promesa. Lo dijo como un hecho.

Cuando me levanté para irme, Teo agregó:

—Si necesitas un lugar para estar un rato... este sigue siendo uno.

Asentí.

Esa noche volví al departamento con una decisión dando vueltas en la cabeza. No clara. No completa. Pero presente.

Me senté en la cama, miré mis cosas, las nuestras, y por primera vez pensé que quizás irse no era abandonar.

Quizás era empezar a cuidarse.

Y mientras tanto, aunque doliera, yo estaba aprendiendo a elegir.

Frank volvió entrada la noche.

Yo estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas y la espalda recta. No estaba esperando el sonido de las llaves, pero cuando lo escuché no me sobresalté. Eso también fue nuevo.

Entró hablando por teléfono. Riéndose. Cerró la puerta de la habitación luego de entrar y recién entonces me miró.

—Ahora no —dijo al aparato, y cortó—. ¿Todo bien?

No respondí enseguida.

—Tenemos que hablar —dije.

Frank dejó la mochila en el piso, visiblemente cansado.

—Bridget, hoy no...

—Hoy sí.

Mi voz no tembló. El cuerpo, en cambio, sí. Sentía esa presión conocida en el pecho, el cansancio profundo, pero había algo más fuerte sosteniéndome.

—Fui a buscar los resultados —continué—. No saben qué tengo todavía. Van a hacer más estudios.

Frank frunció el ceño.

—¿Y?

Esa palabra. Otra vez.

—Y necesito apoyo —dije—. Necesito que no me hagas dudar de lo que siento. Necesito que no me trates como si estuviera inventando cosas.

Suspiró, pasó una mano por su cara.

—Bridget, ya hablamos de esto. Estás muy susceptible. Todo te afecta más de lo normal.

Algo dentro mío se cerró. No con rabia. Con certeza.

—No —dije—. No estoy susceptible. Estoy enferma o asustada o las dos cosas. Y no estás.

—No sabés eso —respondió—. Estoy aquí.

—No —repetí—. Estás en el departamento. No es lo mismo.

Se hizo un silencio tenso.

—¿Esto es por la llamada otra vez? —preguntó—. Ya te dije que no fue nada.

—No —dije—. Esto es por todo.

Me levanté. Las piernas me temblaron, pero me mantuve de pie.

—Hace semanas que me siento sola al lado tuyo. Hace semanas que mi cuerpo pide ayuda y me dices que me calme. Hace semanas que me miras como si yo fuera el problema.

Frank abrió la boca, la cerró.

—Estás exagerando —dijo—. Siempre hacés esto cuando crees que las cosas se ponen difíciles.

Ahí fue.

—Se terminó —dije.

El silencio cayó de golpe.

—¿Qué? —preguntó, incrédulo.

—Se terminó —repetí—. No puedo seguir en una relación donde tengo que convencerte de que estoy mal. Además de que me engañas y me mientes.

—¿Estás rompiendo conmigo ahora? —se rió, nervioso—. Bridget, no puedes estar hablando en serio.

—Lo estoy.

El cuerpo me ardía. La garganta me dolía. Pero no dudé.

—Quiero que te vayas —dije—. Hoy.

La expresión de Frank cambió.

—Este es mi departamento también.

Asentí.

—Entonces me voy yo.

Las palabras salieron limpias. Sin dramatismo.

—No voy a quedarme donde no me cuidan —agregué—. No voy a seguir dudando de mí para que estés cómodo.

Frank me miró como si no me reconociera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.