Bridget
La noche después de que Frank se fue... fue larga.
No por ruidosa. Por demasiado quieta.
Me quedé sentada en la cama, mirando el lugar donde antes dormía él. El departamento se sentía más grande, más frío. Cada objeto parecía fuera de lugar, como si no supiera a quién pertenecía ahora. Me levanté varias veces sin saber qué hacer: ordené cosas que no necesitaban orden, lavé una taza limpia, abrí y cerré los cajones.
El cuerpo seguía mal. Cansancio profundo, una presión constante en el pecho, un temblor que iba y venía. Me recosté y respiré hondo hasta que pasó un poco.
No lloré hasta muy entrada la madrugada.
Fue un llanto breve, agotado, sin sollozos. Después vino el sueño, pesado y sin sueños.
A la mañana siguiente, desperté con una claridad incómoda: no había vuelta atrás.
El celular estaba en silencio. Ningún mensaje de Frank. Eso dolió menos de lo que esperaba. Tal vez porque ya había dejado de esperarlo.
Me vestí y salí temprano. No quería estar ahí. Caminé sin rumbo hasta que la cafetería apareció frente a mí, como si siempre hubiera sido el destino final.
Entré.
Teo estaba limpiando el mostrador. Levantó la vista y se quedó quieto cuando me vio.
—Ey, hola Bridget —dijo.
—Hola, Teo.
Pedí té. Me senté. El cuerpo estaba agotado, pero la cabeza extrañamente liviana.
—¿Esta todo bien? —preguntó Teo cuando se acercó.
Negué con la cabeza.
—Terminamos —dije.
No hizo falta explicar más.
Teo asintió despacio.
—Debe doler.
—Sí —respondí—. Y al mismo tiempo… siento paz. Y eso me hace sentir culpable.
—No deberías —dijo—. A veces la paz llega cuando uno deja de pelear contra sí mismo.
Miré la taza. El vapor subía lento.
—No sé dónde voy a vivir ahora —agregué—. No sé cómo sigue nada.
—Hoy no tienes que saberlo —respondió—. Hoy solo tienes que estar.
Me quedé en silencio un rato largo. Teo no se fue. No me apuró.
—Gracias por estar —dije al fin.
—No es nada.
Pero sí lo era.
Cuando me levanté para irme, sentí el cuerpo flaquear un poco. Me agarré de la silla.
—¿Estás bien? —preguntó Teo.
—Sí —respondí, aunque no era del todo cierto—. Solo… cansada.
—Si te sientes mal de verdad, dímelo —dijo—. No te vayas sola.
Asentí.
Salí a la calle con esa frase resonando en la cabeza.
"No te vayas sola".
No sabía qué iba a pasar con los estudios.
No sabía dónde iba a dormir la semana siguiente.
No sabía cómo recomponerme.
Pero sabía algo importante: había elegido irme antes de perderme.
Y mientras tanto, aunque doliera, esa elección me sostenía.
No volví al departamento de inmediato.
Caminé después de salir de la cafetería, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de ruido. La ciudad seguía igual que siempre y eso me resultó casi ofensivo. La gente apurada, los vehículos, las vidrieras. Todo funcionando como si nada se hubiera terminado el día anterior.
El cuerpo empezó a pasarme factura a mitad de camino.
Un mareo leve, primero. Después esa presión conocida en el pecho, como si alguien me apretara desde adentro. Me detuve un momento en una esquina y respiré hondo, contando hasta cinco, como me había dicho la médico. Funcionó apenas.
—Tranquila —me dije—. Ya pasó.
Pero no había pasado nada. O había pasado demasiado.
Volví al departamento cuando empezó a oscurecer. Entré y dejé las llaves sobre la mesa con un gesto que ya no era compartido. Todo estaba exactamente igual que la noche anterior, salvo por la ausencia de Frank. No se había llevado muchas cosas. Solo lo imprescindible. Eso también dolió.
Me senté en el piso de la sala, apoyada contra el sillón. Saqué el celular y abrí los mensajes viejos. No para releerlos. Solo para comprobar que habían existido. Cerré la aplicación enseguida.
No quería volver ahí.
Me levanté y empecé a armar una mochila. Ropa cómoda. El cargador. El cuaderno donde anotaba cosas sin orden. No sabía a dónde iba a ir, pero sabía que no podía quedarme mucho tiempo más en este lugar.
El cansancio me cayó encima de golpe. Me senté en la cama, la cabeza me dio vueltas y tuve que acostarme. Cerré los ojos apenas un segundo y el cuerpo se apagó sin pedir permiso.
Soñé con ruido. Con voces superpuestas. Con alguien llamándome desde lejos.
Me desperté sobresaltada, el corazón acelerado, la garganta seca. Tardé unos segundos en ubicarme. Noche. Departamento. Silencio.
Agarré el celular. Tenía un mensaje nuevo.
>¿Llegaste bien? Soy Teo.
Me quedé mirando la pantalla. No sabía que había guardado mi número. No recordaba habérselo dado. Y, sin embargo, no me sorprendió.
>Sí. Gracias.
La respuesta llegó rápido.
>Si necesitás algo, avísame.
Nada más.
Apoyé el celular sobre el pecho y cerré los ojos. No lloré. No sonreí. Sentí algo distinto: una especie de sostén invisible, leve pero firme.
Por primera vez desde que todo empezó, no me sentí una carga por necesitar.
El cuerpo seguía cansado. La cabeza seguía llena de preguntas. El futuro seguía siendo una hoja en blanco que me daba miedo mirar.
Pero esa noche, acostada sola en una cama que ya no compartía, entendí algo pequeño y enorme a la vez:
no estaba bien, no sabía qué venía, pero había empezado a entenderme de verdad.
Y mientras tanto, eso alcanzaba para cerrar los ojos sin sentir que me estaba perdiendo.