Mientras Tanto

CAPÍTULO ONCE -Descansa Bridget

Bridget

El auto avanzaba lento. La lluvia golpeaba el parabrisas con insistencia, como si quisiera entrar. Yo miraba las luces reflejadas en el asfalto y trataba de ordenar la respiración.

-¿A dónde vamos? -pregunté al fin.

Teo dudó un segundo.

-A mi departamento -dijo-. Si te parece bien. Es cerca. Puedes secarte, entrar en calor. Nada más.

Asentí. No tenía fuerzas para pensar alternativas.

El lugar era pequeño, sencillo. Ordenado sin rigidez. Me prestó una toalla y una remera grande. Me cambié en el baño, con movimientos lentos. El cuerpo seguía raro, como si no terminara de responder.

Cuando salí, él estaba en la cocina, preparando té.

-Dejé ropa limpia ahí -dijo, señalando el sillón-. Siéntete cómoda.

Me senté. El calor volvió de a poco a las manos.

-No suelo hacer esto -dije sin mirarlo-. Llamar a alguien así.

-No tienes que explicarte -respondió-. A veces solo hace falta que alguien conteste.

Me pasó la taza. El silencio volvió a instalarse, pero no pesaba. Era de esos silencios que no empujan.

-Hoy sentí que no tenía lugar -dije de repente-. En ningún lado.

Teo se apoyó en la mesada.

-Eso no significa que no exista -dijo-. Solo que todavía no lo encontraste.

Tragué saliva.

-Me da miedo estar exagerando todo -admití-. Que el problema sea yo.

-El problema no suele ser sentir -respondió-. Suele ser cuando uno deja de hacerlo.

No lloré. Me quedé quieta, procesando.

-Puedes quedarte esta noche -agregó-. Dormir. Mañana vemos.

Lo miré por primera vez con atención real.

-¿Estás seguro?

-Sí.

Me acomodé en el sillón-cama. Él me dio una manta. Apagó la luz grande, dejó una lámpara tenue encendida.

-Gracias -dije otra vez.

-Bridget -respondió-. Descansa.

Cerré los ojos. El ruido de la lluvia seguía, pero ya no me atravesaba. El cuerpo aflojó apenas. No sabía qué iba a pasar después. No sabía si esto era un paréntesis o el inicio de algo distinto.

Pero esa noche, por primera vez desde hacía mucho, no me sentí sola.

Y mientras tanto, eso era suficiente para seguir.

No dormí de inmediato.

El sillón-cama era cómodo, la manta pesada de una forma buena, pero la cabeza seguía despierta. Escuché a Teo moverse por el departamento, apagar una luz, cerrar una puerta con cuidado. Todo lo hacía en silencio, como si supiera que cualquier ruido brusco podía romper algo frágil.

Cerré los ojos de nuevo.

El cuerpo empezó a dolerme de una manera distinta. No punzante, no urgente. Un cansancio profundo, acumulado. Como si recién ahora me permitiera sentirlo.

-¿Bridget? -escuché su voz, baja.

-¿Sí?.

Se asomó desde el pasillo.

-¿Quieres agua? ¿O algo para comer?

Negué.

-Solo... quedate un segundo.

No lo dije pensando. Se me escapó.

Teo dudó apenas, después se sentó en el sillón frente a mí, apoyando los codos en las rodillas. No me miraba fijo, y eso me alivió.

-No sé qué me pasa -dije-. Siento que todo me supera. Mi cuerpo, mi cabeza... Frank... todo junto.

-Es mucho -respondió-. No estás exagerando.

-Él dijo que sí -susurré.

Teo apretó la mandíbula, pero no habló mal de Frank. Lo agradecí.

-Que alguien niegue lo que sientes no lo vuelve menos real -dijo-. Solo te deja más sola con eso.

Sentí un nudo en el pecho.

-Tengo miedo -admití-. No solo de estar sola. De mí. De no poder con esto.

-Y aun así estás aquí -dijo-. Pediste ayuda. Eso también es poder.

El silencio volvió. Esta vez me sentí un poco más liviana.

-Gracias por venir -dije-. De verdad.

-No lo pensé -respondió-. Solo fui.

Se levantó despacio.

-Intentá dormir. Estoy en la habitación de al lado. Cualquier cosa...

Asentí.

Cuando apagó la lámpara, la oscuridad no fue absoluta. Afuera, la lluvia había bajado la intensidad. Me acomodé de costado, abrazando la manta.

Pensé en todo lo que había perdido en tan poco tiempo. En lo que todavía no sabía cómo nombrar. En el miedo que seguía ahí, agazapado.

Pero también pensé en esa llamada.
En alguien que no dudó.
En un rescate sin promesas.

Y antes de quedarme dormida, entendí algo pequeño pero importante:

no estaba bien, no estaba segura, no estaba lista.

Pero ya no estaba completamente a la deriva.

Y mientras tanto, eso era un comienzo.

Me dormí sin darme cuenta.

No fue un sueño profundo ni perfecto, pero fue descanso. El cuerpo dejó de resistirse por unas horas, como si entendiera que ya no hacía falta estar en guardia.

Soñé con lugares indefinidos, con voces que no entendía del todo. Desperté de madrugada, desorientada por un segundo. El departamento estaba en silencio. Desde el pasillo entraba una luz tenue: Teo había dejado una lámpara encendida.

Escuché su respiración desde la habitación.

Esa certeza -no estar sola- me acomodó por dentro.

Me di vuelta en el sillón, ajusté la manta sobre los hombros y cerré los ojos otra vez. El cuerpo seguía extraño, pero ya no me asustaba tanto. No todo tenía que resolverse esa noche. No todo necesitaba respuesta inmediata.

A veces, sobrevivir también es suficiente.

Y mientras tanto, en ese espacio prestado, en esa pausa inesperada, me permití descansar.




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