Mientras Tanto

CAPÍTULO DOCE - Resultados

Bridget

Desperté antes que el despertador.

La luz de la mañana se filtraba por la ventana de la sala y por un segundo no supe dónde estaba. El sillón. La manta. El olor a café que todavía no existía. El recuerdo volvió despacio.

Me incorporé con cuidado. El cuerpo respondió, pero tarde. Como si necesitara un segundo extra para obedecer.

Fui al baño. El reflejo me devolvió una cara pálida, ojeras marcadas, algo apagado en los ojos. Abrí la canilla, me mojé la cara. El agua fría ayudó un poco.

Cuando salí, Teo ya estaba despierto. Estaba en la cocina, apoyado en la mesada, con una taza en la mano.

—Buen día —dijo, suave.

—Buen día.

No preguntó cómo estaba. Agradecí eso.

—Hice café —agregó—. Y tostadas. Nada sofisticado.

—Perfecto.

Me senté. El primer sorbo me cayó bien. El segundo también. Era un alivio notar esas pequeñas cosas.

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó al fin.

Pensé la respuesta.

—Rara —dije—. No peor. Pero... distinta.

Asintió, como si supiera exactamente a qué me refería.

—¿Tienes algo que hacer hoy?

—Tengo que volver al laboratorio —respondí—. Me pidieron más estudios.

No dijo ¿por qué?.

No dijo ¿estás segura?.

—¿Quieres que te acompañe?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—No —respondí rápido—. Creo que necesito hacerlo sola.

—Está bien.

Terminamos el desayuno en silencio. Me levanté, me puse el abrigo. Antes de irme, dudé.

—Gracias por anoche —dije—. De verdad.

Teo me miró a los ojos.

—Cuando quieras.

Salí.

El laboratorio estaba lleno. Gente leyendo revistas viejas, mirando el celular, evitando mirarse entre sí. Yo me senté y esperé. Cuando me llamaron, el pasillo blanco me pareció interminable.

Las pruebas fueron largas. Incómodas. Me explicaron poco. Anotaron mucho.

—Después te va a llamar tu médico —dijo la técnica—. No hoy, pero pronto.

Pronto.

Salí con esa palabra clavada en el pecho.

Caminé sin rumbo otra vez, pero esta vez no era huida. Era espera. Me senté en un banco, miré pasar autos, pensé en Frank sin querer hacerlo. Pensé en mi carrera, en todo lo que había imaginado para mí y en lo lejos que se sentía ahora.

El cuerpo volvió a cansarse. Una debilidad rara en las piernas. Me levanté despacio.

No fui al departamento.
Fui a la cafetería.

Teo me vio entrar y sonrió apenas. Me senté. Me alcanzó la taza sin preguntar.

—¿Cómo fue? —preguntó.

—No sé —respondí—. Eso es lo peor.

Se sentó frente a mí, del otro lado de la mesa. No cruzó ningún límite. Solo estuvo.

—Tengo miedo —dije—. No sé exactamente de qué, pero lo tengo.

—Es válido —respondió—. Cuando el cuerpo empieza a hablar, asusta.

Bajé la mirada.

—Siento que algo se está rompiendo —susurré.

—O cambiando —corrigió—. No siempre es lo mismo.

No contesté. Me quedé ahí, sosteniendo la taza caliente, tratando de creerle aunque fuera un poco.

Todavía no tenía un nombre para lo que me pasaba.
Todavía nadie me lo había dicho en voz alta.

Pero en el fondo, muy adentro, ya sabía que esto no era pasajero.

Y mientras tanto, la vida seguía avanzando, como si no esperara a que yo entendiera nada.

Me quedé más tiempo del habitual en la cafetería. No porque tuviera algo que decir, sino porque irme implicaba volver a pensar.

Teo limpiaba la barra con movimientos tranquilos. De vez en cuando levantaba la vista, como para comprobar que yo seguía ahí. No hablábamos. Y, aun así, no me sentía sola.

El cuerpo volvió a avisar.

Primero fue un hormigueo en los dedos de la mano izquierda. Después, una sensación extraña en el antebrazo, como si no terminara de pertenecerme. Cerré la mano, la abrí. Respondía, pero tarde.

Tragué saliva.

—¿Te pasa seguido eso de quedarte quieta de golpe? —preguntó Teo, con cuidado.

—Últimamente sí —admití—. A veces siento que si me muevo rápido... algo se va a caer.

No supe explicar qué.

—¿Quieres sentarte un poco más cómoda?

Asentí. Me cambié de silla. El mareo fue leve, pero suficiente como para hacerme cerrar los ojos un segundo.

—Respira —dijo—. Estoy aquí.

Lo hice.

—Odio no entender lo que me pasa —confesé—. Preferiría que me digan algo horrible, pero concreto.

—La incertidumbre desgasta más que la verdad —respondió.

Lo miré.

—¿Siempre dices cosas así o solo cuando alguien se está desarmando frente a ti?

Sonrió apenas.

—Depende del día y de quien se trate.

Me reí por primera vez en mucho tiempo. Fue corta, débil, pero real. El cuerpo lo sintió. Un cansancio inmediato, como si incluso reírse fuera un esfuerzo.

—Creo que me voy a ir —dije—. No quiero abusar.

—No es abuso, me gusta tenerte aquí —contestó, sentí como el calor subía por mis mejillas y al mirarlo vi que él se encontraba en la misma situación —. Pero… si necesitas descansar, es buena idea.

Su nerviosismo era palpable.

Me levanté despacio. Las piernas respondieron, aunque con cierta torpeza. Me puse el abrigo.

—Gracias —volví a decir, el corazón me seguía latiendo rápidamente.

—Bridget —repitió—. En serio. No estás molestando.

Asentí y salí.

El aire frío me despejó un poco. Caminé dos calles y me detuve. El cuerpo volvió a pedir pausa. Me apoyé contra una pared. Cerré los ojos.

Pensé en todas las veces que había ignorado esas señales.
En todas las veces que me dije es estrés, es cansancio, va a pasar.

Esta vez no.

Saqué el celular. Tenía un mensaje nuevo.

>Te llamo mañana. Ya tengo los resultados.

Era la doctora.

Mañana.

Guardé el teléfono y respiré hondo. No lloré. Todavía no. Había algo más fuerte ocupando ese espacio: una certeza muda.




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