Mientras Tanto

CAPÍTULO QUINCE- Mamá

Bridget

Volver al departamento fue como entrar a una casa ajena.

La llave giró sin resistencia, pero algo en mí sí la ofrecía. El lugar estaba quieto, suspendido en el tiempo. Algunas cosas de Frank seguían ahí, otras no. No quise mirar demasiado. Dejé la mochila en el suelo y abrí las ventanas, como si el aire pudiera ayudarme a atravesar ese umbral.

Esperé sentada en el sillón.

Cuando sonó el timbre, el corazón me dio un salto infantil. Me levanté despacio, el cuerpo todavía cansado, y abrí la puerta.

Ahí estaba ella.

Mi mamá.

Nos quedamos mirándonos un segundo, como si necesitáramos confirmarnos mutuamente que éramos reales. Era más baja que yo, siempre lo había sido. El pelo rojo, encendido incluso con el paso del tiempo, le caía por los hombros en ondas suaves. Tenía la piel clara, salpicada de pecas que el maquillaje nunca lograba esconder del todo. Sus ojos —verdes, iguales a los míos— se humedecieron apenas me vio.

Yo también era pelirroja. Un rojo más apagado, más largo, más desordenado. Más joven, pero cansada. Dos versiones del mismo reflejo, separadas por años y decisiones.

No dijimos nada.

Nos abrazamos.

Fue un abrazo largo, torpe al principio y después desesperado. Sentí su olor familiar, ese que no cambia aunque cambie todo. Apoyé la cara en su hombro y lloré. Lloré como no había llorado con nadie. Ella me sostuvo con fuerza, una mano en mi espalda, la otra en mi nuca, como cuando era pequeña y me caía.

—Estoy aquí —me dijo—. Estoy aquí, mi amor.

—Perdón, mamá —murmuré—. Perdón por alejarme. Por no escucharte. Por...—

—No —me interrumpió—. Perdóname tú a mí. Por no saber cómo decir las cosas sin herirte.

Nos separamos apenas para mirarnos a la cara. Me sostuvo las mejillas con ambas manos, como si necesitara comprobar que estaba entera.

—Estás tan delgada, mis ojitos favoritos se miran apagados —dijo, preocupada.

—Estoy cansada —respondí—. Mucho.

—Ya lo sé —dijo—. Y no tenías que pasar por esto sola.

Entró. Dejó su bolso en la silla y miró alrededor.

—¿Este es el caos del que me hablaste?

Asentí.

—Un poco emocional, un poco real.

Sonrió con tristeza.

—Bueno —dijo—. Empecemos por lo real.

Pasamos la tarde ordenando. Ropa. Cajones. Papeles. Tiramos cosas. Guardamos otras. Cada objeto era una conversación pendiente, pero no las forzamos. A veces bastaba con mirarnos.

—Nunca me gustó Frank —dijo en un momento, sin dureza—. Pero no porque fuera malo. Sino porque te hacías diminuta con él y no en el buen sentido.

Bajé la mirada.

—No me di cuenta.

—Eso pasa cuando una ama —respondió—. No te culpes. Está bien amar, es algo totalmente maravilloso. Deja de estar correcto cuando eso que confundimos con amor empieza a dañarnos.

Nos sentamos en el piso, apoyadas contra el sillón, exhaustas.

—Tengo miedo —le dije—. De mi cuerpo. Del futuro. De no ser quien pensaba que iba a ser.

Ella me tomó la mano.

—Yo también tengo miedo —admitió—. Pero prefiero tenerlo cerca de ti que lejos.

Apoyé la cabeza en su hombro.

—Te amo —dije.

—También te amo y te amé incluso cuando no me dejaste hacerlo —respondió.

El departamento seguía siendo el mismo. Las paredes no cambiaron. Los recuerdos tampoco.

Pero algo sí estaba distinto.

Habíamos vuelto a encontrarnos.

Y mientras tanto, en medio del desorden, la enfermedad y la vida que ya no encajaba como antes, entendí que el amor —el de verdad— no desaparece.

Espera.

Después de ordenar, nos preparamos té y nos sentamos una frente a la otra en la mesa de la cocina. Afuera empezaba a oscurecer. La luz amarilla caía suave, íntima.

—Nunca te conté cómo fue todo en casa sin ti —dijo mi mamá de pronto.

Levanté la vista.

—Quiero saber.

Se acomodó un mechón de pelo rojo detrás de la oreja. Tenía las manos marcadas por el tiempo, pero el mismo gesto de siempre.

—Me llamo Elena —dijo, como si recién ahora se permitiera presentarse de nuevo—. Y soy tu mamá incluso cuando no me dejas serlo.

Sonreí apenas.

—La casa quedó grande —continuó—. Silenciosa. Yo hacía ruido de más para no sentirlo. Tu cuarto... no lo toqué. Nunca supe si estaba bien hacerlo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Los domingos seguían siendo domingos —agregó—. Almorzabamos igual. Tu abuela preguntaba por ti, tu hermano también, aunque desde que se fue a vacacionar con tu padre y su familia no hemos hablado mucho. Yo respondía poco. No quería hablar por ti.

—Pensé que me habías eliminado de tu vida —confesé.

—Nunca —dijo firme—. Me dolía, sí. Pero no te elimine. Jamás lo haría, eres mi niña especial... mi niña de ojos bonitos.

Tomó la taza y la giró entre las manos.

—Me preocupaba que no llamaras. Me decía que estabas bien, que estabas armando tu vida. Pero había noches en las que lo dudaba.

La miré.

—No estaba bien —dije—. Y tampoco sabía cómo decirlo.

Respiré hondo y empecé a hablar. De los últimos meses. De la rutina con Frank. De cómo todo parecía correcto desde afuera, pero se sentía vacío. De mi cuerpo, de las primeras señales, del cansancio constante.

—Y después... —la voz se me quebró—. Descubrí que me engañaba.

Mamá cerró los ojos un segundo.

—¿Qué hizo qué? Es un idiota. Menos mal no esta frente a mí, conocería a la verdadera Elena y no hablo de la dulce —tomó aire—. ¿Cómo lo supiste?

—Por error —respondí—. Como casi todo lo importante.

Le conté lo del teléfono, la llamada, la voz femenina. Le conté de la negación, de cómo me hizo dudar de mí misma.

—Me dijo que deliraba —susurré—. Que estaba exagerando.

Mi mamá apretó los labios.

—Eso no es amor —dijo—. Eso es crueldad.

—Yo quería creerle —admití—. Porque creerle era más fácil que aceptar que me había mentido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.