Teo
La mañana empezó como todas, pero yo no estaba igual.
El café abrió a las siete. Molí los granos, limpié la barra, acomodé las tazas blancas que siempre quedaban un poco torcidas. Hice todo en automático. El cuerpo sabía qué hacer; la cabeza, no tanto.
Bridget no había venido. Desde ayer que no lo hacia, que no la veía.
No era raro. No era una certeza. Pero era suficiente para que me diera cuenta de algo incómodo: ya la esperaba. No como cliente. Como presencia.
—Estás distraído, Theodore —dijo Isaac, mi compañero, desde la máquina—. Vas a quemar la leche.
—No me digas por mi nombre completo y gracias por la fe —respondí irónicamente, bajando el vapor a tiempo.
Sonrió, pero me miró un segundo más de lo normal.
—¿Todo bien, Teo?
Asentí. Mentí.
No podía decirle que una chica pelirroja a la que conocía hacía poco se me había metido en algún lugar blando del pecho. No de forma romántica todavía, no de película. De forma real. Como se meten las cosas que importan sin pedir permiso.
El reloj marcó las nueve. Después las diez.
Nada.
A las once, mientras limpiaba una mesa cerca de la ventana, la vi, porque esa cabellera roja es difícil de ignorar. No entrando. No cruzando la calle. Sentada en el banco de enfrente, bajo el toldo de un local.
Estaba quieta. Demasiado.
Salí sin pensarlo. Ni el delantal me saqué. Cruce la calle sin mirar demasiado.
—Bridget —dije, suave, como si pudiera romperla si levantaba la voz.
Alzó la mirada. Sonrió apenas. Una de esas sonrisas que no llegan a los ojos.
—Hola, Teo.
Me acerqué despacio.
—¿Quieres pasar? Está menos frío adentro.
Negó.
—¿Te sientes bien?
Tardó en responder. Se encogió de hombros.
—No lo sé —dijo—. Hoy no.
Eso fue todo. Pero fue suficiente.
Me senté a su lado, sin invadir, dejando un espacio justo entre los dos. El ruido de la ciudad seguía igual, indiferente.
—¿Quieres hablar? —pregunté—. ¿O solo sentarte?
Pensó un segundo.
—Las dos cosas —respondió—. Pero despacio.
Asentí.
—Tenemos tiempo —le dije—. Aunque mi jefe piense lo contrario.
Sonrió un poco más esta vez y una leve risa escapó de su boca.
Se quedó mirando la calle, las personas pasando, la vida sucediendo sin esperarla. Yo no la miraba directamente. Aprendí hace años que a veces acompañar es no exigir contacto visual.
—Anoche tuve miedo —dijo, al fin—. De ese que no se va con dormir.
No pregunté por qué. No minimicé. No dije "todo va a estar bien".
—Debe haber sido horrible —respondí.
Giró la cabeza. Me miró como si eso, justamente eso, fuera lo que necesitaba escuchar.
—Gracias —susurró.
El viento movió su pelo. Se veía cansada. No frágil. Cansada de ser fuerte.
—Podemos entrar cuando quieras —le dije—. O caminar. O no hacer nada.
—¿Podrías... —dudó— quedarte un rato conmigo?
—Claro.
No lo pensé. No lo dudé. Me quedé.
Y mientras el mundo seguía girando sin saber nada de nosotros, entendí algo con una claridad inesperada:
no quería salvarla, no quería arreglarla, solo quería estar cuando el día pesara demasiado.
Nos quedamos sentados más tiempo del que cualquiera consideraría normal.
La gente entraba y salía del café. Isaac me miró desde adentro un par de veces, levantando las cejas. Le hice un gesto mínimo con la mano. Entendió. Siempre entiende. Hay cosas que no se preguntan.
Bridget tenía las manos juntas, los dedos entrelazados con demasiada fuerza.
—¿Te molesta si entramos ahora? —preguntó al fin—. Me cansé.
—No —respondí—. Te acompaño.
Se levantó despacio. Vi cómo el movimiento le costaba un poco más de lo habitual. No dije nada. Abrí la puerta, la dejé pasar primero.
El café estaba tibio, con ese olor constante a granos tostados que se te pega a la ropa. La llevé a la mesa del fondo, la que casi nadie elige, excepto ella. La más silenciosa.
—¿Lo de siempre? —pregunté, ya sabiendo la respuesta.
Asintió.
—Gracias.
Cuando volví con la taza, estaba mirando la superficie de la mesa como si fuera algo que necesitara descifrar.
—Teo —dijo, sin levantar la vista.
—Dime.
—No soy buena pidiendo ayuda.
Me senté frente a ella. No detrás de la barra. Frente.
—No parece que lo estés haciendo —respondí—. Parece que estás siendo honesta.
Eso la desarmó un poco. Lo vi en los hombros, que se le aflojaron apenas.
—Todo se me está cayendo —dijo—. Primero fue mi ex relación, aunque eso ya no me preocupa hace tiempo que dejó de hacerlo, mis planes... y ahora mi cuerpo.
No interrumpí.
—Hay días en los que siento que estoy exagerando —continuó—. Y otros en los que tengo miedo de que esto sea solo el principio.
Levantó la mirada por primera vez. Los ojos brillaban, pero no lloraba.
—No quiero convertirme en una carga —susurró.
Algo se me cerró en el pecho.
—Bridget —dije, con cuidado—. Estar mal no te convierte en una carga. Te convierte en humana.
Parpadeó. Una vez. Dos.
—No tienes que ser fuerte aquí —agregué—. No conmigo.
El silencio volvió a instalarse, pero distinto. Más blando.
Tomó un sorbo de café. Sus manos temblaban apenas.
—Anoche pensé en desaparecer —dijo de pronto.
Me tensé, pero no por alarma. Por atención.
—No irme —aclaró enseguida—. Solo... no existir por un rato, un mínimo momento. Descansar de mí, respirar sin miedo a que sucederá después.
Asentí despacio.
—A veces el cansancio se disfraza de eso —respondí—. De ganas de apagarse un poco.
—¿Y cómo se vuelve?
Pensé antes de contestar.
—Con alguien que te recuerde que sigues aquí —dije—. Aunque sea con cosas pequeñas. Una mesa. Un café. Una charla que no exige nada.
Me miró largo. Como si estuviera guardando esas palabras para después.