Bridget
Hay días en los que el cuerpo decide por uno mismo.
Hoy fue uno de esos días.
Me desperté tarde, con la sensación de haber corrido kilómetros sin moverme del sillón. Mamá ya estaba despierta, hablando por teléfono en la cocina, bajito, como si el silencio todavía necesitara respeto.
—Voy a salir un rato —le dije cuando colgó—. Al café.
No preguntó nada. Solo asintió.
El camino se me hizo más largo de lo normal. No por la distancia, sino por la cabeza. Cada paso venía con una pregunta que no quería formular: ¿hasta cuándo voy a poder hacer esto sin pensar?
Cuando entré, Teo me vio enseguida.
No sonrió de golpe. No exageró. Me miró como si midiera algo invisible y después se acercó, tranquilo.
—Hola —dijo—. ¿Cómo estás hoy?
No ¿bien?
No ¿mejor?
Solo ¿cómo estás?
—Cansada —respondí—. Pero aquí.
—Eso cuenta —dijo.
Me preparó el café sin preguntarme. Se sentó conmigo cuando tuvo un minuto libre. Isaac, su compañero, levantó el pulgar desde la barra como si ya supiera.
—Mi mamá está en la ciudad —le conté—. Se quedó conmigo.
—Me alegra —dijo—. Tener red ayuda.
Jugué con la cucharita.
—No quiero que mi vida se reduzca a eso —admití—. A médicos, síntomas, planes cancelados.
Teo apoyó los codos en la mesa.
—No lo va a hacer —dijo—. Pero sí va a cambiar.
Lo miré.
—¿No te asustarías?
Pensó un segundo.
—Me asustaría más fingir que no pasa nada —respondió—. Eso siempre termina explotando.
Esa honestidad me desarmó.
—A veces siento que estoy adelantando un duelo —confesé—. Como si ya estuviera perdiendo cosas que todavía no se fueron.
—Tal vez estás aprendiendo a despedirte distinto —dijo—. No desde el abandono, sino desde el cuidado.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. No cayeron. No todavía.
—Teo… —empecé— yo no sé si…
—No —me interrumpió, suave—. No tienes que saber nada ahora.
Respiré.
—Gracias por no pedirme definiciones —dije.
—Gracias por confiarme el desorden —respondió.
Cuando me fui, el aire estaba más frío. Caminé despacio. El cuerpo dolía, sí. La incertidumbre seguía ahí.
Pero algo había cambiado.
Por primera vez desde que todo empezó a romperse, no sentí que estuviera avanzando sola.
No porque alguien me prometiera quedarse para siempre.
Sino porque alguien estaba dispuesto a estar conmigo hoy.
Y hoy, por primera vez en mucho tiempo,
eso fue suficiente.
El departamento estaba con la luz prendida cuando llegué.
Eso fue lo primero que me alertó.
Abrí la puerta despacio y lo vi ahí, parado en la sala, con una mochila apoyada en la pared como si todavía tuviera derecho a ocupar espacio.
Frank.
—¿Qué hacés aquí? —pregunté, sin saludar.
Mi madre apareció desde la cocina. Su cuerpo se tensó apenas lo vio. No dijo nada, pero la forma en la que cruzó los brazos lo dijo todo.
—Vine a hablar —dijo él—. Necesitamos arreglar esto. Sabes que te amo, Bri...
—No —respondí—. Necesitás irte.
Suspiró, como si yo fuera la exagerada de siempre.
—Bridget, estás pasando por un momento difícil. No es el mejor estado para tomar decisiones, menos esa loca idea que te surgió hace un tiempo de dejarme. Son decisiones sin sentido.
Eso fue suficiente.
—¿Decisiones sin sentido? —repetí con amargura—. ¿Como la de mentirme? ¿Como la de tratarme de paranoica mientras te acostabas con otra?
El silencio cayó pesado.
Mi madre dio un paso al frente.
—No tienes nada más que hacer aquí —dijo mamá, firme—. Ya hablaste demasiado.
Frank me miró, sorprendido. Dolido. Ofendido. Como si la traición no hubiera sido suya.
—Yo te amaba —dijo—. Pero te volviste imposible. Todo era drama, síntomas, médicos… o lo que tuvieses ganas de inventar.
Ahí sentí que su máscara de novio arrepentido terminaba de caerse.
—Mi cuerpo estaba pidiendo ayuda, yo estaba pidiendo ayuda —respondí, temblando—. Y decidiste ignorarlo. Ahora dices tantos sin sentidos. Solo vete.
—Yo quería volver a lo que éramos.
—Eso ya no existe —dije—. Y no por mi enfermedad. Por ti. Por todo lo que decidiste ser y hacer sin importar si me afectaba o no. Me dejaste sola cuando más te necesite. Quiero que te vayas dije.
Se acercó un paso. Mi madre se tensó.
—Vete —repetí—. Si no lo hacés, me voy yo. Y esta vez no voy a volver.
Nos miramos unos segundos más. Después tomó la mochila sin decir nada y salió, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
El silencio que quedó fue distinto. Más limpio. Más doloroso, pero honesto.
Me senté en el sillón y me tapé la cara con las manos. No lloré enseguida. El cuerpo tardó en procesarlo.
—Estoy orgullosa de ti —dijo mi mamá—. Aunque duela.
Asentí.
Un rato después, cuando el departamento volvió a sentirse mío, el celular vibró.
Teo.
>¿Llegaste bien?
Sonreí sin querer. Tratando de eliminar de mi mente lo que acababa de suceder.
>Sí. Fue… intenso.
Tardó unos segundos.
>¿Quieres hablar o prefieres distraerte?
Pensé en Frank. En el café. En la forma en la que Teo no me pedía que fuera nada más que lo que era.
>Un poco de las dos cosas.
Los tres puntitos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.
>Entonces… ¿te gustaría salir conmigo algún día de estos? Nada complicado. Caminar, café en otro lugar, lo que quieras.
Me quedé mirando la pantalla. El corazón me latía distinto. No rápido. Esperanzado.
>Sí. Me gustaría.
La respuesta llegó casi inmediata.
>Bien. Entonces lo hacemos despacio. Como todo lo que vale la pena.
Apoyé el celular sobre el pecho y cerré los ojos.