Mientras Tanto

CAPÍTULO VEINTE -Ella

Teo

El turno terminó más tarde de lo habitual.

No porque hubiera mucha gente, sino porque me quedé ordenando cosas que no hacía falta ordenar. La barra ya estaba limpia. Las tazas alineadas. El piso seco. Pero yo seguía ahí, moviéndome sin apuro, como si irme implicara pensar.

Bridget no volvió después de irse.

Eso también lo pensé más de lo necesario.

Salí del café cuando el cielo empezaba a oscurecer. Me subí la capucha, caminé unas cuadras sin rumbo fijo. Siempre hago eso cuando algo me incomoda. Caminar hasta que el cuerpo se adelante a la cabeza.

No era la enfermedad. No del todo.

Era ella.

La forma en la que se sentaba cuando estaba cansada. Cómo apretaba la taza con las dos manos. El silencio que no pedía ser llenado, solo respetado.

Me dije que no era buena idea.

Que estaba pasando por demasiado.
Que yo no era nadie especial.
Que mezclar cuidado con algo que empezaba a parecerse a ganas podía ser peligroso.

Pero también me dije otra cosa, más incómoda:

que no sentía lástima, que no estaba ahí por obligación.

Que me importaba.

Me senté en un banco del parque, saqué el celular. Abrí el chat. Lo cerré. Volví a abrirlo.

>¿Llegaste bien?

Escribí. No era una excusa. Era verdad.

Mientras esperaba la respuesta, pensé en mi vida. En lo simple que era, en realidad. Trabajo, amigos, algunas cenas familiares, domingos tranquilos. Nada épico. Nada roto.

Tal vez por eso Bridget se había colado tan fácil.

Porque no venía a sacudirlo todo.
Venía a pedir lugar.

El mensaje llegó.

>Sí. Fue... intenso.

Suspiré.

Pensé en escribir algo gracioso. Algo liviano. Algo que no cargara peso. Pero no me salió.

>¿Quieres hablar o prefieres distraerte?

Cuando vi los tres puntitos aparecer, sentí un nudo en el estómago que no esperaba. No era ansiedad. Era expectativa.

Un poco de las dos cosas.

Ahí fue cuando dudé de verdad.

Invitarla a salir no era solo una invitación. Era reconocer que lo que sentía no era neutro. Que quería verla fuera de la barra, fuera del café, fuera de ese espacio seguro que nos protegía a los dos.

Pensé en si era egoísta.
Pensé en si era demasiado pronto.
Pensé en si ella necesitaba a alguien distinto de mí.

Y después pensé algo más simple:

que tenía ganas.

Recibí su respuesta.

Escribí. Borré. Volví a escribir.

Nada complicado. Despacio. Pero que de igual manera me asustaba, sobre todo equivocarme y no recibir la respuesta esperada.

Cuando respondió que sí, me quedé mirando la pantalla unos segundos. No sonreí como un tonto. No salté. Solo sentí algo asentarse en el pecho, tranquilo.

>Entonces lo hacemos despacio. Como todo lo que vale la pena.

Guardé el celular en el bolsillo y me quedé ahí, mirando las luces del parque encenderse una por una.

No sabía en qué iba a terminar esto.
No sabía si estaba preparado para todo lo que ella traía consigo.

Pero sí sabía algo, con una claridad nueva:

no estaba entrando en su vida para salvarla, ni para ser su refugio, ni para arreglar nada.

Solo quería caminar a su lado y ver hasta dónde llegábamos.

Y por primera vez en mucho tiempo, eso me pareció suficiente.

Volví a casa más tarde de lo habitual.

El departamento estaba en silencio, con ese olor neutro que solo tienen los lugares donde vive una sola persona. Dejé las llaves en el cuenco de la entrada, me saqué las zapatillas, me quedé parado un segundo de más sin prender la luz.

Pensé en Bridget otra vez.
En cómo había dicho sí.
Sin dramatismo. Sin miedo visible. Sin promesas.

Me preparé algo para comer, pero apenas probé bocado. El cansancio no era físico. Era ese otro, el que aparece cuando algo empieza a importar.

Me senté en el sillón, apoyé los codos en las rodillas. El celular vibró una vez más. No era ella. Igual lo agarré.

Me pregunté en qué estaría ahora.
Si ya estaría en casa.
Si estaría llorando.
Si estaría sonriendo sola, como yo.

No escribí nada más. No quise invadir. Lo que habíamos hecho ya era suficiente por hoy.

Me vino el recuerdo de otras veces. De otras personas. De cómo había aprendido, a fuerza de errores, que querer rápido no es lo mismo que querer bien. Que estar presente no significa ocupar todo el espacio.

Con Bridget quería hacerlo distinto.

Quería aprender sus silencios antes que sus palabras.
Quería saber cuándo quedarse y cuándo dar un paso atrás.
Quería ser alguien seguro, no urgente.

Me levanté y abrí la ventana. El aire de la noche entró frío. Respiré hondo.

—Despacio —dije en voz baja, como si necesitara escucharlo otra vez.

No sabía cómo iba a ser salir con ella.
No sabía qué límites iba a poner.
No sabía cuánto de mí estaba dispuesto a mostrar.

Pero sabía que, pasara lo que pasara, no me arrepentía de haber enviado ese mensaje.

Porque no había nacido del impulso.
Había nacido del respeto.

Apagué la luz y me metí en la cama. Tardé en dormirme. No por ansiedad, sino por una calma rara, nueva. Esa que aparece cuando algo se acomoda sin hacer ruido.

Antes de cerrar los ojos, pensé:

Ojalá mañana se despierte un poco menos cansada.
Ojalá sepa que no tiene que cargar con todo sola.

Y sin darme cuenta, ya estaba deseando verla otra vez.




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