Bridget
Me desperté antes que el despertador.
Eso era raro, pero se estaba volviendo común.
El cuerpo tardó en responder, como siempre, pero no había dolor punzante. Solo esa pesadez conocida, esa sensación de estar hecha de algo más denso que el aire. Me quedé un rato quieta, escuchando los sonidos del departamento.
Mi mamá estaba en la cocina. Lo supe por el ruido de la cafetera, por la forma en la que abría y cerraba los cajones. Sonidos de casa. De cuidado.
Cerré los ojos otra vez.
Pensé en Teo.
No en la cita. No en el futuro. En su mensaje. En el despacio. En cómo no me había pedido nada más que estar.
Eso me hizo sonreír, apenas.
Me senté con cuidado. Probé mover las piernas. Funcionaban. No perfectas, pero presentes. Hoy alcanzaba.
En la cocina, mamá me miró apenas entré.
—Tienes cara distinta —dijo.
—¿Distinta cómo?
—Más aquí —respondió—. No tan lejos.
Me serví café. Me senté frente a ella.
—Ayer me invitó a salir —dije, como si nada.
Alzó las cejas. Sonrió.
—¿Y qué dijiste?
—Que sí.
No preguntó quién. No necesitó saber más.
—Me alegra —dijo—. No porque necesites a alguien. Sino porque todavía tengas ganas.
Esa frase me quedó vibrando.
Después del desayuno me vestí despacio. Miré mi reflejo en el espejo. Ojeras. El pelo un poco enredado. Pero ahí estaba yo. Entera. Distinta, sí. Pero viva.
El celular vibró en la mesa.
Teo.
>Buen día. No hace falta que contestes ahora. Solo quería decirte que espero que tengas una mañana tranquila.
Apoyé el teléfono contra el pecho.
Por primera vez en semanas, el día no se sintió como algo que tenía que sobrevivir.
Se sintió como algo que podía habitar.
Después de que mamá salió a hacer unas compras, el departamento quedó en silencio otra vez. Pero no era el silencio de antes. No pesaba. No apretaba el pecho.
Abrí la ventana de la sala. El aire entró frío, limpio. Me apoyé en el marco, cerré los ojos un segundo. El cuerpo se quejó apenas, como recordándome que no me olvidara de él. No lo hice.
Volví al sillón con una manta liviana y el celular en la mano. Dudé antes de escribirle. No porque no quisiera, sino porque estaba aprendiendo a no apurar lo bueno.
Al final, escribí.
>Buen día. Gracias por el mensaje. Hoy amanecí... estable. Eso ya es bastante. Deseo que también tengas una buena mañana.
Tardó poco en responder.
>Me alegra leer esa palabra. "Estable" suena a lugar seguro. Gracias por desearme eso.
Sonreí. Me acomodé mejor.
>No sé si es un lugar seguro, pero al menos no se mueve tanto.
>A veces con eso alcanza.
Me quedé mirando la pantalla. Pensé en todo lo que no estaba diciendo. En lo que no necesitaba decir.
>¿Dormiste bien?
Envié el mensaje con la incomodidad de no saber si estaba entrometiéndome demasiado en su vida.
>Sí. Pensé un poco de más, pero nada grave.
Imaginé su sonrisa discreta, esa que no necesita mostrarse para existir y me relaje, la incomodidad desapareció como si nunca hubiese estado allí.
—Despacio —me dije en voz baja.
Apoyé el celular y me quedé mirando el techo. Por primera vez en mucho tiempo, no sentí culpa por estar tranquila. No sentí que la calma fuera una traición a todo lo que dolía.
El dolor seguía ahí.
La incertidumbre también.
Pero ya no ocupaban todo el espacio.
Cuando mamá volvió, me encontró sentada en el piso, ordenando papeles viejos: apuntes de la universidad, recibos, cosas que había dejado acumular cuando no tenía fuerzas.
—Eso es nuevo —dijo, sorprendida.
—Creo que necesitaba poner un poco de orden —respondí—. Aunque sea aquí.
Se sentó a mi lado.
—No tienes que hacerlo todo hoy.
—Lo sé —dije—. Pero hoy puedo un poco.
Me miró con ternura. No dijo nada más. Se sentó a mi lado a ayudarme, en silencio porque las palabras sobraban.
Más tarde, cuando el día empezó a inclinarse hacia la tarde, volví a mirar el celular. No había mensajes nuevos. Y por primera vez, eso no me generó ansiedad.
Sabía que estaba ahí.
Sabía que no tenía que demostrar nada.
Y mientras doblaba una hoja y la guardaba en una carpeta nueva, pensé algo que me sorprendió por su simpleza:
quizás la felicidad no era un punto de llegada, sino estos momentos pequeños en los que el cuerpo acompaña, la cabeza descansa y el corazón no se siente solo.
Y por ahora, eso era más que suficiente.
Cuando cayó la noche, el cansancio llegó de golpe. No ese que duele, sino el que avisa que el día fue suficiente.
Me acosté temprano. Antes de apagar la luz, miré una vez más el celular. No había mensajes nuevos, pero tampoco los esperaba. Eso, de alguna manera, me tranquilizó.
Apoyé la mano sobre el pecho y respiré hondo.
Mi vida no estaba resuelta.
Mi cuerpo seguía siendo un territorio incierto.
El futuro seguía borroso.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no sentí urgencia por huir de nada.
Cerré los ojos con una certeza pequeña, pero firme:
mañana iba a llegar igual, y yo iba a estar ahí para recibirlo.
Y eso, ahora, alcanzaba.