Bridget
El mensaje llegó temprano. Demasiado temprano para un día libre.
Abrí los ojos y lo primero que hice fue estirar la mano hacia el celular, todavía medio dormida.
>Buen día. Hoy es mi día libre. Pensé en ti. ¿Te gustaría salir esta tarde conmigo?
Teo.
Leí el mensaje dos veces.
Después una tercera.
Sonreí. Sonreí como una tonta, sin disimulo, con esa sonrisa que no pasa por la cabeza y se instala directo en la cara.
Me giré en la cama, abracé la almohada, respiré hondo. Mis dedos viajaron a toda velocidad sobre el teclado escribiendo una respuesta.
>Buen día. Sí, me gustaría.
El corazón me latía distinto. No acelerado. Ilusionado.
No tardó en responder.
>Entonces paso a buscarte. Sin apuro. Dime qué horario te queda mejor.
Respondí a toda velocidad como si mi vida dependiera de ello, todo por culpa de esa emoción que se instala y parece no querer abandonar el pecho. Apoyé el celular en la mesa de luz y me quedé mirando el techo un segundo largo.
Iba a salir.
Con él.
De verdad.
Me levanté despacio. El cuerpo estaba bien. No perfecto, pero cooperando. Hoy parecía uno de esos días buenos, y no quise exigirle más de lo necesario.
Fui a la cocina. Mamá estaba sirviendo café.
-¿Qué te pasó? -preguntó apenas me vio-. Tienes cara de adolescente enamorada.
-Me escribió y me invitó a salir -dije, sin más explicación.
Sonrió de inmediato.
-¿Hoy?
-Hoy.
Aplaudió suave, como si no quisiera espantar la emoción.
-Ven -dijo-. Desayunamos y después vemos qué te vas a poner.
Y así fue.
Pasé la mañana entrando y saliendo del cuarto, probándome ropa que no usaba hacía meses. Me miré al espejo más veces de las necesarias. Nada me convencía del todo.
-No quiero verme distinta -dije-. Quiero verme yo.
Mamá asintió.
-Entonces no te disfraces -respondió-. Elige algo que te haga sentir cómoda. Eso se nota más que cualquier cosa.
Al final fue simple: un jean suave, una remera clara, un abrigo liviano. Nada espectacular. Nada forzado.
Mamá me ayudó con el pelo, con ese cuidado que solo ella tiene. Me miró largo cuando terminó.
-Te ves feliz -dijo-. Y eso te queda bien.
Me emocioné.
-Gracias por estar -susurré.
-Siempre -respondió-. Incluso cuando no me dejas.
Reí.
Cuando miré la hora, sentí ese cosquilleo previo a lo desconocido. No miedo. Expectativa.
El celular vibró.
>Salgo en diez. Avisame si necesitas más tiempo.
Sonreí otra vez.
-Creo que estoy lista -le dije a mamá.
Ella me abrazó fuerte.
-Disfruta -me dijo-. Sin pensar en después.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso no me pareció imposible.
El timbre sonó puntual.
Sentí el corazón subir a la garganta, como si tuviera quince años otra vez. Respiré hondo antes de abrir. Mamá apareció detrás de mí, apoyada en la pared, sonriendo como si esto fuera un pequeño triunfo compartido.
Abrí la puerta.
Teo estaba ahí, con un abrigo oscuro, el pelo un poco despeinado por el viento y esa expresión tranquila que parecía calmar todo a su alrededor. Cuando me vio, sonrió de una forma distinta a la del café. Más abierta. Más personal.
-Hola -dijo.
-Hola -respondí, y me escuché nerviosa.
-¿Lista?
Asentí.
-Cuidala -dijo mi mamá desde atrás, sin solemnidad, pero con firmeza.
Teo se giró hacia ella, sorprendido un segundo, y luego sonrió.
-Eso intento todos los días -respondió.
No prometió nada. Y por eso le creí.
Salimos. El aire estaba fresco, agradable. Caminamos lado a lado, sin tocarnos, como si los dos estuviéramos midiendo el ritmo del otro.
-Pensé en dar una vuelta por el parque -dijo-. Si te parece bien.
-Me parece perfecto.
El camino fue tranquilo. Me preguntó cosas simples: qué música escuchaba, qué me gustaba hacer cuando no estaba cansada, qué lugares me hacían sentir en casa. No interrogó. Escuchó.
-¿Y tú? -pregunté-. ¿Qué haces en tus días libres?
-Cosas pequeñas -respondió-. Leer, caminar, cocinar algo que no salga del microondas.
Reí.
-Me gusta lo simple -agregó-. Lo complicado ya llega solo.
En el parque, nos sentamos en un banco al sol. La gente pasaba, perros corrían, niños gritaban. La vida seguía.
-Gracias por venir -dijo-. No quería presionarte.
-No lo hiciste -respondí-. Me hacía ilusión.
Me miró un segundo más de lo necesario. No incómodo. Honesto.
-A mí también -admitió.
El silencio se acomodó entre nosotros, cálido.
-Bridget -dijo de pronto-, quiero decir algo, y si te incomoda me lo dices.
Asentí.
-No espero nada de ti -continuó-. Ni que estés bien todo el tiempo, ni que sepas qué quieres. Solo quería... compartir una tarde.
Sentí un nudo en la garganta.
-Eso es exactamente lo que necesito -dije.
Nos quedamos ahí un rato más. Hablamos durante mucho tiempo, conversaciones cómodas que no obligaban a nada más que estar ahí y escuchar al otro. Las risas se colaban por momentos, las sonrisas no abandonaban nuestros rostros, los pocos silencios eran cómodos.
Después de mucho tiempo sentí que había encontrado un momento realmente especial, porque la persona con la que me encontraba no me pedia mas que ser yo misma. Y eso estaba bien.
El sol bajaba despacio. Mi cuerpo empezó a cansarse, avisando con suavidad.
-Creo que necesito volver -admití-. Hoy fue un buen día, pero no quiero forzarlo.
-Hiciste bien -respondió-. Te acompaño.
Caminamos de regreso. En la puerta de mi edificio, dudé un segundo.
-Gracias -le dije-. De verdad.
-Gracias a ti -respondió.
Nos miramos. No hubo beso. No hubo promesas.
Solo una certeza compartida.