Bridget
El día después de la cita no fue luminoso.
No fue malo, tampoco. Solo… pesado.
Me desperté con el cuerpo rígido, como si cada músculo hubiera decidido protestar al mismo tiempo. Abrí los ojos y supe, incluso antes de moverme, que iba a ser uno de esos días en los que todo cuesta un poco más.
Me quedé quieta unos minutos. Respiré. Dejé que el cuerpo se acomodara sin pelearle.
—Está bien —murmuré—. Hoy más despacio.
Mamá ya estaba despierta. Me encontró en la cocina, sentada, con la taza de té entre las manos.
—¿Día gris? —preguntó.
—Un poco —admití—. Pero no me duele el alma. Solo el cuerpo.
Sonrió.
—Eso también es avanzar.
Después de que se fue, volví al sillón con una manta. El celular estaba ahí, tentador. No quería escribirle a Teo desde el cansancio. No quería que me viera solo en los días lindos, pero tampoco sabía cómo mostrar esto sin sentirme vulnerable de más.
Al final, fue simple.
>Buen día. Hoy estoy lenta. No mal, solo… lenta.
Tardó unos minutos.
>Buen dia, Bridget. Gracias por decírmelo. ¿Quieres compañía virtual o prefieres silencio?
Esa pregunta me desarmó más de lo que esperaba.
>Silencio con alguien que sabe que estoy.
>Entonces aquí estoy. Sin apuro.
Apoyé el celular y cerré los ojos.
No hablamos más en horas. Y no pasó nada malo por eso. El día transcurrió entre pausas, siestas cortas y pensamientos que ya no eran tan crueles conmigo misma.
Por la tarde, logré salir al balcón. El sol estaba bajo, tibio. Pensé en la caminata del día anterior. En cómo Teo había ajustado el paso al mío sin decir nada. Senti un calor que comenzaba a expandirse por el pecho y como un sentimiento raro daba vueltas por mi estomago.
No me estaba enamorando de una promesa.
Me estaba acercando a una forma de estar.
Esa noche, antes de dormir, escribí una sola cosa más.
>Gracias por no irte cuando no brillo.
La respuesta llegó rápido.
>No vine por el brillo. Vine por Bridget, la misma que es agradable e increible brillando en lo mas alto o simplemente acostada sin pensar en mas nada.
Sonreí, con los ojos llenos de algo que no dolía.
Tal vez no sabía cómo iba a ser mi vida de ahora en adelante.
Tal vez el cuerpo iba a seguir marcando límites nuevos.
Pero por primera vez, esos límites no se sentían como el final de todo, sino como el marco dentro del cual
todavía podían pasar cosas buenas.
Y eso, pensé antes de dormirme, ya era una forma de esperanza.
***
Al día siguiente el cuerpo me dio tregua.
No una victoria, apenas un permiso. Me desperté con menos rigidez, con esa sensación tímida de que hoy podía intentar salir. Me vestí sin apuro, desayuné algo liviano y, casi sin pensarlo demasiado, agarré el abrigo.
La cafetería estaba abierta cuando llegué. El vidrio empañado, el olor a café recién hecho. Todo igual y a la vez todo distinto.
Teo me vio apenas crucé la puerta.
No levantó la mano. No hizo ningún gesto exagerado. Solo sonrió. Y yo supe, por la forma en que sus ojos se quedaron un segundo más de lo normal, que él también lo sintió.
Me senté en la mesa de siempre.
—Buen día —dijo cuando se acercó con la taza.
—Buen día.
—¿Cómo estás hoy?
—Un poquito mejor.
Asintió, como si eso fuera suficiente por ahora.
El café estaba caliente, justo como me gustaba. Me quedé ahí, mirando a la gente entrar y salir, sintiéndome parte del mundo otra vez. Teo volvió a la barra, pero cada tanto encontraba la excusa para acercarse.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó mientras levantaba una taza vacía.
—Sí. Gracias, Teo.
—Avisame si necesitas algo.
A los minutos volvió.
—Isaac está convencido de que el croissant de hoy salió mejor —comentó—. Yo no confío del todo.
—Voy a tener que comprobarlo. -respondi.
Sonrió.
No hablamos de nada importante. Y fue perfecto así. Palabras pequeñas. Miradas que decían más de lo necesario. En un momento, mientras él estaba de espaldas, sentí una calma nueva instalarse en el pecho.
No era euforia.
No era dependencia.
Era reconocimiento.
Cuando me levanté para irme, Teo apareció otra vez.
—¿Te vas?
—Sí. No quiero tentar a la suerte.
—Haces bien —dijo—. Gracias por venir.
—Gracias por… esto —respondí, señalando el lugar, el momento, algo que no sabía nombrar.
Nos miramos un segundo largo.
—No tienes nada que agradecer, Bridget. Después te escribo —dijo.
—Espero eso —respondí.
Salí de la cafetería con el cuerpo un poco cansado, sí, pero con el corazón liviano.
Se notaba.
En la forma en que caminaba.
En la manera en que sonreía sin razón.
Algo estaba naciendo.
Y esta vez, no me dio miedo dejarlo crecer.
Caminé unas cuadras más antes de volver a casa. No por necesidad, sino porque el cuerpo todavía acompañaba y quise agradecerle el gesto.
El aire estaba fresco. La ciudad seguía con su ritmo ajeno, como siempre. Yo, en cambio, me sentía distinta. No transformada. Acomodada.
Pensé en Teo detrás de la barra, buscándome con la mirada entre pedidos y tazas. Pensé en cómo no había hecho falta decir nada importante para que algo se entendiera.
No todo tenía que doler para ser real.
No todo tenía que ser urgente para importar.
Cuando llegué al edificio, me detuve un segundo antes de entrar. Respiré hondo. Guardé esa sensación como quien guarda algo frágil y valioso en un bolsillo interno.
No sabía cuánto iba a durar.
No sabía cómo iba a cambiar.
Pero sabía esto:
hoy estuve bien, hoy me sentí vista, y hoy no tuve que fingir.
Y por ahora, eso era más que suficiente.