Mientras Tanto

CAPÍTULO VEINTICINCO -Valiente Bridget

Bridget

La tranquilidad siempre me había dado desconfianza.

No porque no la quisiera, sino porque nunca sabía cuánto iba a durar. Cada vez que algo se acomodaba, una parte de mí empezaba a contar los segundos, como si la vida tuviera la costumbre de cobrarme caro cualquier respiro.

Ese día fue así.

Me desperté bien otra vez. No tan bien como el anterior, pero lo suficiente como para no sentirme rota. Me quedé sentada en la cama, con las manos apoyadas sobre las piernas, esperando alguna señal. Un mareo, un tirón, algo que me devolviera a la realidad conocida.

Nada.

Y ahí apareció el miedo.

No el miedo a empeorar, sino ese otro, más silencioso: el miedo a creer que esto podía sostenerse.

Desayuné con mamá, escuchándola hablar de cosas que no requerían opinión. Asentía, sonreía cuando correspondía, pero mi cabeza estaba en otro lado. En la cafetería. En Teo. En la manera en que me había mirado el día anterior, como si yo no fuera un problema a resolver.

Me puse un abrigo liviano y salí.

Caminé más lento de lo habitual. No porque no pudiera apurarme, sino porque no quería llegar demasiado rápido. Como si cruzar esa puerta significara admitir algo que todavía no estaba lista para aceptar.

Cuando entré, él estaba acomodando unas tazas. Levantó la vista y sonrió, esa sonrisa que no invade.

—Hola.

—Hola.

Eso fue todo. Y fue suficiente para que el pecho se me apretara.

Me senté, pedí lo de siempre. Mientras esperaba, empecé a pensar en Frank. No en él exactamente, sino en la versión de mí que había sido con él. La que se convencía de que ciertas cosas eran normales. La que se quedaba, incluso cuando algo adentro pedía salir corriendo.

Me pregunté si no estaría haciendo lo mismo ahora.
Si no estaba usando a Teo como un refugio más.

La idea me incomodó.

Teo dejó el café frente a mí. Sus dedos rozaron el borde del plato. Nada más.

—¿Todo bien? —preguntó.

Quise decir que sí. Quise evitar la verdad, otra vez. Pero el cuerpo me traicionó: bajé la mirada.

—No lo sé —admití—. A veces siento que, cuando algo empieza a estar bien… me preparo para que se arruine.

No hubo consejos. No hubo frases hechas.

—Tiene sentido —dijo él, después de un momento—. A mí también me pasa.

Lo miré, sorprendida.

—¿Sí?

Asintió.

—Cuando algo importa, asusta más.

No agregó nada más. Volvió al mostrador, como si no necesitara profundizar para que yo entendiera.

Me quedé sola con el café y ese pensamiento girándome en la cabeza.

Tal vez ilusionarse no era el problema.
Tal vez el problema era no darse permiso.

Cuando me fui, no sentí alivio ni angustia. Sentí algo más difícil de definir: una decisión pequeña, todavía temblorosa.

No cerrar el corazón.
Pero tampoco correr.

Solo quedarme un poco más.

Me llevé el café a casa y lo dejé enfriar sobre la mesa. No tenía sed. En realidad, no tenía claro qué necesitaba.

Me senté en el sillón, con las piernas recogidas, y dejé que el silencio me alcanzara. Antes, el silencio me asustaba. Era ahí donde aparecían las preguntas, las dudas, los recuerdos que no había sabido nombrar a tiempo. Pero esa tarde fue distinto.

Pensé en Teo otra vez. En la manera en que no había intentado tranquilizarme. En cómo había aceptado mi miedo sin discutirlo. Eso, más que cualquier promesa, me había desarmado.

Mi celular vibró.

Teo.

>Si hoy no tienes ganas de hablar, está bien. Y si sí, también.

Leí el mensaje con un nudo suave en la garganta. No era presión. No era retirada. Era espacio.

>Gracias. A veces me cuesta no pensar que todo se va a romper.

La respuesta tardó unos minutos.

>No sé si se rompe o no. Pero ahora está aquí.

Apoyé el celular sobre el pecho. Cerré los ojos.

Quizás no se trataba de confiar ciegamente.
Quizás era solo animarse a estar.

Cuando más tarde me acosté, el miedo seguía ahí. No se había ido. Pero ya no ocupaba toda la cama conmigo.

Y por primera vez, la ilusión no me pareció una amenaza.

Solo una posibilidad.

Esa noche soñé con algo simple.

No hubo hospitales ni despedidas ni discusiones. Solo una escena borrosa: una mesa, dos tazas, una risa baja que no alcanzaba a escuchar del todo. Me desperté con esa sensación rara de haber descansado aunque el sueño no hubiera sido profundo.

Me quedé mirando la oscuridad del cuarto.

Antes, ilusionarme era correr. Ahora se parecía más a quedarme sentada, quieta, esperando a ver qué pasaba sin intervenir tanto. Y eso me costaba. Porque no hacer nada también puede ser una forma de valentía.

Me giré de costado. El cuerpo respondió lento, pero sin protesta. Me abracé a mí misma, gesto viejo, automático. Me di cuenta de que ya no lo hacía para protegerme de una caída inminente, sino por costumbre. Y las costumbres, pensé, también pueden cambiar.

En la mesa de luz, el celular volvió a vibrar. Un solo mensaje.

>Buenas noches, Valiente Bridget.

Nada más. Pero su forma de llamarme "Valiente Bridget" hizo que el corazón latiendo ferozmente.

No contesté enseguida. Sonreí primero. Después escribí:

>Buenas noches, Teo.

Apagué la pantalla.
Apagué la luz.

El miedo seguía existiendo, sí.
Pero ya no estaba al frente.

Estaba al costado.
Esperando.

Y por ahora, eso era manejable.




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