Mientras Tanto

CAPÍTULO VEINTISÉIS -Distinta

Bridget

Nos encontramos a la tarde, sin demasiados planes.

No fue una cita formal, ni una invitación cargada de expectativas. Fue un "¿te parece si caminamos un rato?" enviado sin emojis, sin presión. Y aun así, pasé más tiempo del que admitiría eligiendo qué ponerme.

Cuando lo vi, apoyado contra una baranda del parque, sentí ese tirón suave en el pecho que todavía no me animaba a nombrar. Tenía las manos en los bolsillos y el pelo un poco revuelto, como si el viento hubiera discutido con él y ninguno hubiera ganado.

—Hola —dije.

—Hola, Bridget.

Caminamos lado a lado. No demasiado cerca, no demasiado lejos. El silencio no pesaba, pero tampoco era vacío. Era un silencio atento, como si ambos estuviéramos escuchando algo más grande que nosotros.

—Quería verte —dijo él, al rato—. Sin apuro.

Asentí.

—Yo también.

Seguimos caminando. La tarde estaba tibia, indecisa. Pensé que tal vez era el momento. No porque fuera perfecto, sino porque ya no quería seguir esquivándolo.

—Teo… —empecé, y me detuve—. Hay cosas que no puedo prometer. Él no se tensó. No me miró con sorpresa. Simplemente esperó.— No puedo prometer estar bien siempre. Ni tener claridad. Hay días en los que me pierdo un poco —respiré hondo—. Y no quiero que eso sea una carga para nadie.

Se detuvo. Yo también. El parque siguió existiendo alrededor, indiferente a lo que estaba por decirse.

—Yo tampoco puedo prometer mucho —respondió—. No sé hacerlo. Nunca supe. —Lo miré— Pero sí puedo prometer no apurarte. No minimizar lo que sientes. No irme cuando se ponga difícil.

Las palabras me golpearon despacio, como hacen las cosas verdaderas.

—No necesito promesas grandes —agregó—. Me alcanza con el ahora.

Sentí los ojos llenarse, pero no lloré. No era tristeza. Era alivio.

—Entonces estamos bien —dije, más como una pregunta que como una afirmación.

—Estamos —contestó—. Mientras tanto.

Sonreí. Por el título. Por la coincidencia. Por todo lo que no estaba dicho.

Seguimos caminando. En un momento, su mano rozó la mía. No la tomó. No la soltó. Solo la dejó ahí, presente.

Y entendí algo que no había sabido antes: a veces, amar no es prometer quedarse para siempre, sino animarse a quedarse hoy.

Seguimos caminando hasta que el parque se volvió más pequeño y la conversación, más liviana. Hablamos de cosas que no dolían: de una canción que sonaba en un parlante lejano, de una película que ninguno había terminado, de una anécdota mínima que no merecía ser recordada y aun así se quedó.

Me di cuenta de algo extraño: no estaba midiendo mis palabras. No estaba pensando en cómo sonar, ni en qué esconder. Las frases salían como salían. Algunas torpes. Otras incompletas. Y estaba bien.

Nos sentamos en un banco. El cielo empezaba a cambiar de color, como si la tarde se rindiera de a poco.

—A veces pienso —dije, sin mirarlo— que me acostumbré tanto a sostenerme sola que no sé bien cómo es apoyarme en alguien.

Teo se quedó en silencio unos segundos.

—No hace falta apoyarte —respondió—. Puedo caminar al lado.

Esa frase se me quedó en el cuerpo. No como una promesa, sino como una imagen. Dos personas avanzando al mismo ritmo, sin empujarse.

Apoyé la espalda en el respaldo del banco. El cansancio empezó a aparecer, ese cansancio que no avisa, que se cuela cuando una se permite bajar la guardia.

—Si me voy antes… —empecé.

—Lo entiendo —dijo enseguida—. No tienes que explicarlo.

Me miró entonces. No con intensidad, sino con atención. Como si yo fuera algo frágil, sí, pero no frágil en el sentido de romperse, sino en el de merecer cuidado.

—Gracias —susurré.

No hizo nada más. No intentó tocarme. No se acercó de golpe. Simplemente se quedó.

Y eso fue más íntimo que cualquier gesto.

Cuando me levanté para irme, sentí esa mezcla rara de querer quedarme un poco más y saber que ya había sido suficiente por hoy. Teo se puso de pie conmigo.

—¿Te escribo cuando llegues? —preguntó.

—Sí, me encantaría.

Caminamos juntos hasta la esquina. Antes de separarnos, su mano rozó la mía otra vez. Esta vez, no la retiré.

No fue un beso.
No fue una promesa.

Fue un acuerdo silencioso:
no correr.
no forzar.
seguir.

Y mientras me alejaba, pensé que tal vez eso también era una forma de empezar.

Llegué al departamento cuando el cielo ya estaba oscuro del todo. Me saqué los zapatos en la entrada y caminé descalza hasta la cocina. Mamá estaba sentada a la mesa, con una taza entre las manos, como si me hubiera estado esperando sin querer admitirlo.

—¿Cómo te fue? —preguntó, intentando sonar casual.

Me senté frente a ella. Apoyé los codos sobre la mesa y suspiré.

—Bien —dije—. Tranquilo. Lindo.

Sonrió apenas. Esa sonrisa que las madres usan cuando saben que hay más.

—¿Es él? —preguntó—. ¿Teo?

Asentí.

Le conté sin demasiados detalles. Que caminamos. Que hablamos. Que no pasó “nada” y, al mismo tiempo, pasó mucho. Mientras hablaba, me di cuenta de que mis manos se movían más de lo habitual, como si el cuerpo estuviera adelantándose a las palabras.

Mamá me escuchó en silencio. Cuando terminé, apoyó su mano sobre la mía.

—Te veo distinta —dijo—. No mejor… distinta. Como más tú.

Tragué saliva.

—¿Eso es bueno?

—Es lo mejor que puede pasar —respondió—. Y sí… —sonrió con dulzura— creo que estás enamorándote.

La palabra me cayó suave. No me asustó. No quise discutirla.

—Me alegra verte así —agregó—. Te mereces algo que no duela todo el tiempo.

Me levanté para abrazarla. Nos quedamos así un momento, sin decir nada más.

Más tarde, ya en mi cuarto, el celular vibró.

>¿Llegaste bien?

Sonreí en la oscuridad.

>Sí. Gracias por hoy.

La respuesta llegó rápido.




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