Mientras Tanto

CAPÍTULO VEINTISIETE -Bridget. Bridget...

Teo.

No volví directo a casa después de verla.

Caminé un rato más, sin rumbo, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de cosas que no terminaban de ordenarse. No era confusión. Era… demasiado claro.

Bridget.

La forma en que hablaba cuando no estaba segura.
La manera en que se detenía antes de decir algo importante.
Cómo cuidaba cada paso sin dejar de avanzar.

No era como nadie que hubiera conocido antes.
Y eso, lejos de asustarme, me estaba cambiando el ritmo.

Cuando llegué a casa de mi familia, la puerta estaba abierta. Siempre estaba abierta.

—¿Se puede? —pregunté igual.

—Si traés comida, sí —respondió mi hermana desde la cocina.

Sonreí.

—No traje nada.

—Entonces entra igual. Aunque nuestra madre no está. —Entré. El lugar olía a algo casero, simple. Mi hermana estaba apoyada en la mesada, con el pelo recogido de cualquier manera y una remera vieja que claramente había visto días mejores.—Tienes cara rara —dijo apenas me vio.

—¿Rara cómo?

—Como cuando estás pensando de más y tratando de que no se note.

Me dejé caer en una silla.

—Puede ser.

Ella se cruzó de brazos, observándome.

—Bueno. Dime.

No preguntó qué pasa. Simplemente decirle. Como si ya supiera que algo estaba pasando.

Me pasé una mano por el pelo.

—Hay alguien.

No sonrió enseguida. No hizo ruido. Solo esperó.

—Se llama Bridget.

—Ajá.

—No es… —dudé—. No es simple.

—Nada que valga la pena lo es —respondió, automática.

La miré.

—Está pasando por muchas cosas —seguí—. Su vida no es… liviana. Y no quiero ser alguien que le sume peso.

Mi hermana apoyó los codos en la mesa.

—¿Y tu? —preguntó—. ¿Qué es lo que quieres?

La pregunta me descolocó más de lo que esperaba.

—No lo sé —admití—. Bueno, sí. Quiero verla. Estar. Pero no desde un lugar… no sé, no quiero que sea por lástima o por necesidad.

Ella negó con la cabeza.

—No hablas como alguien que siente lástima. —Me quedé en silencio— Hablas como alguien que se está enamorando —agregó, tranquila.

Solté una risa corta, incómoda.

—No sé si es eso.

—Sí sabés.

Suspiré. Miré la mesa. Pensé en Bridget diciéndome que no podía prometer nada. En cómo eso no me había alejado, sino todo lo contrario.

—Me importa —dije, al final.

—Eso ya es mucho —respondió ella. Se levantó, buscó dos vasos, me alcanzó uno.— ¿Y ella?

—También —dije—. Pero distinto. Más… cuidadoso.

Mi hermana sonrió.

—Entonces vas bien. —Tomó un sorbo y me miró con una mezcla de ternura y orgullo— Me pone feliz verte así, Teo. — No supe qué responder a eso. Porque era verdad. No estaba eufórico. No estaba perdido. Pero había algo moviéndose adentro mío, algo que no quería frenar. —Solo no lo arruines —agregó ella, medio en broma, medio en serio.

—No es algo que pueda controlar del todo.

—No —dijo—. Pero puedes elegir cómo estar.

Asentí.

Cuando me fui, la noche ya estaba instalada. Caminé de vuelta a casa con una sensación distinta en el pecho. No ligera, pero tampoco pesada.

Algo intermedio. Algo real.

Antes de entrar, saqué el celular.

Pensé en escribirle. No algo importante. No algo que cambiara nada.

Solo…

>Espero que hayas descansado un poco.

Dudé un segundo antes de enviarlo.

Después apreté “enviar”.

Guardé el celular.

Y seguí.

El mensaje quedó enviado, pero no me metí enseguida a casa.

Me apoyé un segundo contra la pared del edificio, mirando la calle casi vacía. Siempre hacía eso cuando algo me movía más de lo que quería admitir. Darme unos minutos antes de volver a lo de siempre.

El celular vibró.

>Un poco, sí. Gracias.

Sonreí sin darme cuenta.

>Me alegro.

Escribí eso y nada más. Podría haber seguido. Podría haber preguntado algo más, buscar una excusa para estirar la conversación. Pero no quise.

Con ella no quería llenar los espacios por miedo a que se vaciaran.

Quería que existieran así, tranquilos.

Entré al departamento. Dejé las llaves en la mesa, me saqué la campera y fui directo a la cocina. Abrí la heladera sin hambre, como si buscar algo para hacer me ayudara a pensar menos.

No funcionó.

Apoyé las manos en la mesada y me quedé quieto.

Pensé en lo que había dicho mi hermana:
"Te estás enamorando."

La frase seguía ahí, dando vueltas.

No me asustaba el sentimiento en sí. Me asustaba no saber si iba a estar a la altura. No de ella como persona —Bridget no pedía perfección—, sino de lo que implicaba estar cuando las cosas no fueran fáciles.

Porque no iban a serlo.

Apoyé la frente contra el vidrio de la ventana. Estaba frío.

—No lo arruines —murmuré, recordando la voz de mi hermana.

Pero no se trataba solo de no arruinarlo.
Se trataba de sostenerlo.

Volví al celular.

>Si mañana te sientes bien, paso a saludarte por la cafetería. Sin invadir.

Esta vez dudé más.

No quería invadir. No quería marcar un ritmo que no fuera el de ella. Pero tampoco quería quedarme siempre en la distancia por miedo a hacer mal.

Lo envié igual.

Me senté en el sillón, dejé el celular a un lado y cerré los ojos un momento.

Por primera vez en mucho tiempo, no estaba tratando de distraerme de lo que sentía.

Lo estaba mirando de frente.

Y aunque no tenía todas las respuestas,
había algo claro:

no quería irme.

No ahora.

No de ella.

El celular vibró unos minutos después.

>Me gustaría verte.

Leí el mensaje una vez. Después otra.

No respondí enseguida. No porque no quisiera, sino porque quería decir algo que estuviera a la altura de lo simple que ella había escrito.




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