Teo
Después de que Bridget se fue, la cafetería volvió a llenarse.
Pedidos. Voces. Tazas que chocaban. Todo siguió como si nada hubiera pasado.
Pero para mí, todo estaba un poco distinto.
Me equivoqué dos veces en un pedido simple. Isaac me miró raro. Yo hice un chiste para disimular. Funcionó. Siempre funciona.
Pero mi cabeza no estaba ahí. Estaba en ella.
En la forma en que dijo “es lo que pensaban”.
En cómo evitó nombrarlo y, aun así, lo dijo todo.
En ese “no quiero soltar ciertas cosas” que no necesitó explicación.
Apoyé las manos en la máquina de café y respiré hondo.
No era miedo a ella.
Era miedo a no saber cómo estar para ella de la manera correcta.
Cuando terminó el turno, me quedé un rato más. Limpiando lo que ya estaba limpio. Ordenando lo que no hacía falta ordenar.
—Te quedaste en las nubes —dijo Isaac, apoyado en la barra.
—Puede ser.
—¿Tiene nombre?
Lo miré de reojo.
—Sí.
Sonrió, satisfecho.
—Siempre lo tienen.
No dije más. No tenía ganas de entrar en detalles. No porque no confiara, sino porque todavía no tenía las palabras.
Salí cuando ya estaba oscureciendo.
Caminé directo a casa esta vez. Sin vueltas. Necesitaba silencio.
Apenas entré, dejé todo como estaba y me senté en el borde de la cama. Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
Pensé en lo que ella había dicho.
Volver a su casa.
Tenía sentido. Todo el sentido del mundo. Estar con su familia. Tener apoyo. No cargar sola con algo tan grande.
Y, sin embargo, una parte de mí sintió algo parecido a… miedo.
No a perderla.
A desaparecer de su vida sin hacer ruido.
—No es sobre ti —murmuré.
Y era verdad.
Pero también era verdad que yo estaba en esto. Que me importaba. Que no podía fingir que daba lo mismo.
Me pasé una mano por la cara.
—¿Qué estás haciendo? —me pregunté en voz baja.
No había respuesta clara.
Solo una certeza incómoda:
quedarme no era solo estar en los días buenos.
No era solo caminar juntos, reír, compartir silencio.
Era también esto.
No saber.
No controlar.
No ser lo más importante en sus decisiones.
Y elegir estar igual.
Me dejé caer hacia atrás en la cama, mirando el techo.
Podría tomar distancia.
Ser más frío.
Protegerme un poco.
Sería más fácil.
Pero la idea me resultó… vacía.
Cerré los ojos un segundo.
No quería algo fácil.
Quería algo real.
Y lo real, entendí, no siempre viene con garantías.
El celular vibró.
> Llegué.
Abrí el chat.
Podría haber escrito mil cosas.
Podría haber preguntado cómo estaba, qué iba a hacer, qué había decidido.
Pero no.
> Gracias por avisar, Valiente Bridget. Descansa.
Apoyé el celular sobre el pecho.
Respiré.
Y aunque no tenía claro cómo iba a ser todo esto, sí sabía algo:
no estaba dispuesto a irme antes de tiempo.
Me quedé un rato más tirado en la cama, mirando el techo como si en algún punto fuera a aparecer una respuesta clara.
No apareció.
Lo que sí apareció fue algo más incómodo: la certeza de que, aunque no supiera cómo hacer las cosas perfectas, ya había tomado una decisión sin decirla en voz alta.
Quedarme.
No por costumbre.
No por inercia.
Porque quería.
Me incorporé despacio, apoyé los pies en el piso y me quedé ahí unos segundos. Pensando en Bridget sentada en la cafetería, envolviendo la taza con las manos. En cómo bajaba la mirada cuando algo le pesaba demasiado. En cómo, aun así, seguía.
—No es frágil —murmuré—. Está cansada.
Y eso cambiaba todo.
No necesitaba que la salvara.
Necesitaba que no la soltara.
Me levanté y fui directo a la cocina. Abrí la heladera, después la alacena, más por reflejo que por necesidad. Me apoyé en la mesada, cruzando los brazos.
El café.
Siempre el café.
Pero no cualquiera.
Pensé en algo suave. Algo que no fuera invasivo. Que no fuera demasiado dulce ni demasiado amargo. Algo que acompañara, no que tapara.
—Tiene que ser… cálido —dije en voz baja.
Empecé a imaginar combinaciones. Leche, pero no pesada. Algo con vainilla, tal vez. Un toque apenas dulce. Algo que se sintiera como un descanso.
Y el postre.
Algo pequeño. Simple. Nada recargado. Algo que se pudiera comer sin pensar demasiado, sin esfuerzo.
Sonreí apenas.
No sabía exactamente qué estaba haciendo, pero sabía por qué.
No era para impresionarla.
Era para decir algo sin tener que decirlo.
Agarré una libreta vieja que tenía en un cajón. Empecé a escribir ideas, tachar, volver a escribir.
Algo que abrace.
Algo que no canse.
Algo que se quede.
Me detuve.
Eso era.
Algo que se quede.
Apoyé el lápiz y me quedé mirando la hoja.
—Ridículo —murmuré.
Pero no lo era.
Porque no se trataba del café ni del postre.
Se trataba de pensar en ella en los detalles.
De encontrar una forma de estar incluso cuando no estuviera al lado.
Cerré la libreta.
Mañana iba a probar.
No tenía que ser perfecto.
Solo tenía que ser honesto.
Volví al celular. El chat seguía abierto.
Escribí algo más.
> Mañana voy a estar en el café. Por si tienes ganas de pasar.
Lo envié.
Apoyé el teléfono y apagué la luz.
Mientras me acomodaba en la cama, con la cabeza todavía llena de ideas a medio armar, entendí algo que ya no podía negar:
no sabía cómo iba a ser esto, no sabía cuánto iba a durar, pero sí sabía que Bridget ya ocupaba un lugar en mí del que no tenía intención de sacarla.
Y por ahora, eso era suficiente para empezar.