Mientras Tanto

CAPÍTULO TREINTA -Volver a elegir

Bridget

Me desperté antes que el despertador.

No fue por dolor.
No fue por ruido.

Fue por la cabeza.

Abrí los ojos y me quedé mirando el techo, sintiendo esa especie de peso liviano que aparece cuando hay demasiadas cosas dando vueltas al mismo tiempo. No era angustia. No del todo. Era más bien… conciencia.

De todo.

Del diagnóstico.
De mi mamá acompañándome firmemente.
De la posibilidad de volver a casa.

De Teo.

Cerré los ojos otra vez, como si eso pudiera ordenar algo. No funcionó.

Suspiré y me senté en la cama despacio. El cuerpo respondió bien, aunque con esa lentitud que ya empezaba a reconocer como parte de mí. No me asustó.

Eso también era nuevo.

Salí de la habitación y encontré a mamá en la cocina, como siempre. El olor a café llenaba el espacio.

—Buen día, cielo —dijo, girándose apenas.

—Buen día, mamá.

Me senté frente a ella. Apoyé la cabeza en la mano.

—¿Dormiste? —preguntó.

—Más o menos.

Asintió, como si no hiciera falta más explicación.

Hubo un silencio corto. Después, directo:

—¿Pensaste en lo de volver?

Claro que lo había pensado.

—Sí —respondí—. Bastante.

—¿Y?

Me quedé mirando la taza.

—Creo que… quiero hacerlo —dije al fin—. Al menos por un tiempo.

Decirlo en voz alta lo volvió real.

Mamá no sonrió de golpe. No hizo un gesto grande. Solo relajó los hombros, como si algo se acomodara en ella también.

—Me parece una buena decisión —dijo.

—Pero no quiero que sea una huida —agregué rápido—. No quiero irme porque no puedo con esto.

—Entonces no lo hagas desde ahí —respondió—. Hazlo porque quieres estar acompañada.

La miré.

—Eso sí lo quiero. —Y era verdad. Respiré hondo.— Voy a necesitar ayuda —dije—. Con el tratamiento. Con los días malos. Con todo.

—Para eso estamos —respondió, simple.

El nudo en la garganta apareció de golpe. No lloré. Pero estuvo cerca.

Después de desayunar, me quedé sola un rato en la sala. Miré alrededor otra vez. El departamento ya no se sentía como antes. Pero tampoco como un lugar al que odiara.

Era… una etapa.

Mi celular vibró.

>Voy a estar en el café hoy.

Leí el mensaje y algo en mi pecho respondió antes que mi cabeza.

Sonreí.

>Voy a pasar.

Apoyé el celular.

Me quedé unos segundos quieta.

Porque ahora venía la parte difícil.

Decirle.

No todo. No de golpe. Pero sí lo suficiente.

Me levanté, me cambié con más cuidado del habitual. No para impresionarlo. Para sentirme bien conmigo. Para estar presente.

Antes de salir, mamá apareció en el pasillo.

—¿Vas a verlo?

La miré, resignada.

—¿Es tan obvio?

—Un poco —sonrió.

Me acerqué y la abracé.

—Después hablamos —le dije.

—Ve tranquila.

Salí.

El aire estaba fresco. Caminé despacio, pero sin detenerme. Cada paso tenía algo de decisión, aunque no supiera exactamente cómo iba a ser la conversación.

Cuando llegué a la cafetería, dudé un segundo antes de entrar.

No por miedo.

Por todo lo que significaba.

Empujé la puerta.

La campanita sonó.

Teo levantó la vista.

Y en ese instante, entendí que volver a elegir no era solo sobre irme o quedarme.

También era esto.

Animarme a decir la verdad.
Quedarme en lo que me hace bien.

Aunque no sea fácil.

Aunque no dure para siempre.

Caminé hacia la barra.

—Hola —dije.

Y esta vez, mi voz no tembló.

Teo me observó apenas unos segundos antes de sonreír.

—Hola, Valiente Bridget.

—Hola. —volví a repetir, porque la forma en la que me devolvio el saludó se sintió como un gran impulso de energía.

Había algo distinto en el aire. No incómodo, pero sí más consciente. Como si los dos supiéramos que esa conversación iba a ser diferente.

Me senté en la mesa de siempre. Él no preguntó qué quería.

—¿Lo de siempre? —dijo igual.

Asentí.

Mientras se daba vuelta para preparar el café, noté que no estaba solo. Otro chico estaba con él detrás de la barra. No lo había visto antes tan de cerca.

—¿Azúcar o lo dejamos así? —preguntó el chico, mirando algo que Teo tenía entre manos.

Teo se tensó apenas.

—No, espera… eso no era para…

Pero ya era tarde.

El chico había agregado algo a la mezcla.

—¿No le ibas a poner lo de frutos rojos? —preguntó en voz baja, sin darse cuenta de que yo estaba lo suficientemente cerca para escuchar.

Teo le lanzó una mirada rápida.

—Isaac.

—¿Qué? —respondió él, confundido—. Pensé que…

—Después te explico —cortó Teo, más suave esta vez.

Isaac levantó las manos en señal de rendición y se apartó.

Fruncí el ceño apenas, curiosa.

Teo volvió a concentrarse, esta vez con más cuidado. Cuando me llevó la taza, su expresión ya estaba otra vez en calma.

—Perdón —dijo—. Hoy estamos probando cosas.

Tomé la taza.

—¿Probando?

—Sí… nada importante, por ahora.

Lo miré un segundo más, pero no insistí.

Probé el café.
Había algo distinto. Muy sutil. No lo suficiente para identificarlo, pero sí para notarlo.

—Está rico, me gusta —dije.

Él asintió.

—Me alegra.

El silencio se instaló entre nosotros. No incómodo, pero sí lleno de lo que yo había venido a decir.

Apoyé la taza.

—Teo… —Él se quedó quieto. Atento.

—Ayer hablé con mi mamá —empecé—. Sobre todo. —No hizo ningún gesto, pero su mirada se sostuvo en la mía.— Voy a volver a casa —dije. Las palabras salieron claras. Sin rodeos.— No hoy… no mañana. Pero pronto. —Silencio. Vi el momento exacto en que algo en él se quebró. Fue mínimo. Un parpadeo más lento. Una respiración que tardó un segundo más en salir. Pero lo vi. Y me dolió. Lo sé porque sentí que el pecho se me comprimia y el aire circulara más lento—Creo que lo necesito —agregué—. Estar con mi familia. No hacer todo sola.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.