Bridget
El tratamiento empezó unos días después.
No hubo grandes anuncios.
No hubo un momento exacto en el que todo cambiara.
Fue más bien… gradual.
La medicación llegó con instrucciones claras, horarios, advertencias. Todo muy ordenado en el papel. Todo muy distinto en el cuerpo.
El primer día no sentí mucho.
El segundo tampoco.
Fue al tercero cuando entendí que esto no iba a ser tan simple.
Me desperté con una pesadez extraña. No dolor, no exactamente. Era como si cada parte de mi cuerpo tuviera que hacer un esfuerzo mayor para responder. Como si algo invisible tirara hacia abajo.
Me quedé sentada en la cama más tiempo del habitual.
—¿Bridget? —escuché la voz de mamá desde la cocina.
—¿Sí…?
—¿Estás bien?
Tardé en responder.
—Sí… solo estoy un poco lenta.
No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
Me levanté igual. Porque ahora había algo nuevo en juego: aprender a no pelearme con mi propio ritmo.
El desayuno fue en silencio. No incómodo. Cuidadoso.
—Podemos ajustar los tiempos —dijo mamá—. No hace falta que hagas todo como antes.
Asentí.
Pero una parte de mí seguía queriendo hacer todo como antes.
Como si eso probara que nada había cambiado.
Después de comer, intenté ordenar algunas cosas del departamento. Abrí cajones, empecé a separar ropa, libros, objetos que ya no sabía si iban a venir conmigo o no.
A mitad de camino, me senté en el piso.
El cuerpo dijo basta.
Apoyé la espalda contra la pared y cerré los ojos.
—Ok —susurré—. Está bien.
No era rendirse.
Era escuchar.
El celular vibró a mi lado.
Teo
>¿Cómo estás hoy?
Miré el mensaje.
Sonreí apenas.
>Procesando.
Tardó poco en responder.
>¿De los días difíciles o de los tranquilos?
Pensé un segundo.
>De los lentos.
Tres puntitos.
> Entonces no te apures.
Leí eso dos veces.
"No te apures".
Algo tan simple.
Algo que nadie me había dicho antes sin esperar lo contrario.
Apoyé la cabeza contra la pared otra vez.
—Estoy aprendiendo —murmuré.
No a ser fuerte.
A ser paciente.
Más tarde, logré levantarme y seguir un poco más. No mucho. Pero suficiente.
El día no fue productivo.
Pero fue real.
Y eso, empecé a entender, también cuenta.
Por la tarde, salí a caminar unos minutos. No llegué hasta la cafetería. No tenía energía para eso. Pero pasé cerca.
La miré desde afuera.
La puerta. La ventana. El movimiento adentro.
No entré.
No porque no quisiera.
Porque estaba aprendiendo a respetar cuando algo era demasiado.
Saqué el celular.
>Pasé cerca, pero hoy no me dio el cuerpo para entrar.
La respuesta llegó rápido.
>Está bien. Mañana será, Valiente Bridget.
Miré la pantalla.
No hubo reproche.
No hubo insistencia.
Solo espacio.
Guardé el celular y seguí caminando.
Despacio.
Como ahora eran casi todos mis días.
Y aunque había momentos en los que extrañaba la versión de mí que hacía todo sin pensar, empezaba a aparecer otra sensación.
Más tranquila.
Más consciente.
Más mía.
El día siguiente fue distinto.
No peor de una forma evidente.
Pero sí más… pesado.
Me desperté varias veces durante la noche. No por dolor, sino por incomodidad. Como si mi propio cuerpo no encontrara una posición en la que descansar del todo.
Cuando finalmente abrí los ojos, supe que iba a ser uno de esos días.
No hizo falta pensar demasiado.
El cuerpo lo dijo primero.
Me quedé acostada, mirando el techo, esperando que algo cambiara. Que la sensación se disipara como a veces pasaba.
No pasó.
—Ok… —susurré.
Me senté despacio. Las manos me temblaron un poco. No mucho. Lo suficiente para notarlo.
Eso fue lo que más me afectó.
No el síntoma en sí.
Sino la evidencia.
Respiré hondo.
Intenté levantarme.
Lo logré, pero con torpeza. Caminé hasta el baño apoyándome en la pared, más por seguridad que por necesidad real.
Me miré al espejo.
Ahí estaba.
Yo.
Pero no del todo.
—Sigo siendo yo —me dije en voz baja.
No sonó tan convincente como quería.
Salí y encontré a mamá en la cocina. Levantó la vista enseguida.
—¿Día difícil?
Asentí.
No tenía energía para explicarlo.
—Ven —dijo, con suavidad.
Me senté. Me acercó una taza caliente, pero esta vez no era café.
—Hoy mejor algo más liviano.
La tomé entre las manos. El calor ayudó un poco.
—No quiero que todos los días sean así —dije, de golpe.
La voz me salió más quebrada de lo que esperaba.
Mamá no respondió enseguida.
—No lo van a ser —dijo al final—. Pero algunos sí.
Tragué saliva.
—No sé si puedo con eso.
—Sí vas a poder —respondió—. Pero no sola.
Esa palabra otra vez.
Sola.
Bajé la mirada.
El resto de la mañana pasó lento. Intenté hacer pequeñas cosas. Vestirme. Ordenar un poco. A mitad de camino, el cuerpo volvía a frenarme.
No era incapacidad total.
Era limitación.
Y eso frustraba más.
Me senté en el sillón y dejé caer la cabeza hacia atrás.
—Odio esto —murmuré.
No la enfermedad.
El no reconocerme del todo.
El celular vibró sobre la mesa.
Lo miré, pero no lo tomé enseguida.
Sabía quién era.
Finalmente lo agarré.
Teo
>Buen día.
>¿Cómo estás hoy?
Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario.
No quería mentir.