Bridget
No tardó mucho.
Eso fue lo primero que pensé cuando escuché el golpe suave en la puerta.
Como si hubiera estado esperando cerca.
Como si no hubiera dudado.
Me quedé sentada en el sillón unos segundos más. El cuerpo no respondía con rapidez, pero esta vez no era solo eso.
Era nervios.
—Yo abro —dijo mamá desde la cocina.
—No… —empecé, pero ya era tarde.
La puerta se abrió.
Escuché su voz.
—Hola.
—Hola —respondió mamá, amable—. Pasa.
Mis manos se tensaron apenas sobre mis piernas.
Lo escuché entrar. Sus pasos. El pequeño silencio de quien no sabe exactamente hasta dónde avanzar.
Y después… apareció en la sala.
Teo.
Se quedó quieto al verme.
No fue un gesto exagerado. No hubo sorpresa evidente. Pero sí algo más sutil: una pausa. Como si estuviera registrando cada detalle sin invadirlo.
Yo no dije nada.
No sabía cómo.
—Hola, Bridget —dijo al final, más bajo.
—Hola.
Mi voz salió suave, pero no se quebró.
Se acercó despacio. No demasiado. Lo justo.
—¿Cómo estás?
La pregunta era la misma de siempre.
Pero esta vez tenía otro peso.
—Mal… —admití—. Hoy es uno de esos días.
Asintió.
No dijo “lo siento”.
No dijo “todo va a estar bien”.
Solo se sentó en la silla frente a mí.
—Está bien —respondió.
Y esa respuesta… fue todo.
Mis manos temblaban un poco. Intenté disimularlo, pero él lo notó. Lo supe por la forma en que bajó la mirada un segundo, no para evitarlo, sino para no hacerlo evidente.
Eso me hizo sentir… cuidada.
No expuesta.
—No quería que me vieras así —dije, bajando la voz.
Teo apoyó los codos en las rodillas, inclinándose un poco hacia adelante.
—¿Así cómo?
La pregunta me descolocó.
—Así… —hice un gesto vago—. Lenta. Cansada. Rara.
Él negó apenas con la cabeza.
—Te estoy viendo como eres hoy.
Tragué saliva.
—No es mi mejor versión.
—No vine a ver una versión —dijo—. Vine a verte a ti.
El silencio que siguió fue distinto.
Más profundo.
Sentí algo aflojarse adentro mío. Algo que había estado tenso desde que le escribí.
—Me cuesta… —empecé—. No reconocerme del todo.
Él asintió.
—Tiene sentido.
Otra vez esa frase.
Nunca intentaba corregirme. Nunca intentaba arreglarme.
Solo… entendía.
—Me da miedo que esto cambie cómo me ven —agregué, casi en un susurro.
Esta vez, Teo dudó un segundo antes de responder.
—Puede que cambie cosas —dijo—. Pero no lo que importa.
Lo miré.
—¿Y qué importa?
Sostuvo mi mirada.
—Tu.
El corazón me dio un golpe fuerte.
Bajé la mirada enseguida.
Porque eso… eso sí daba miedo.
Nos quedamos en silencio unos segundos. No incómodo. Lleno.
Después, mamá apareció desde la cocina.
—Voy a salir un rato —dijo, mirando a Teo con una sonrisa suave—. Les dejo espacio.
La miré.
—Mamá…
—Estaré cerca —agregó—. Cualquier cosa me avisas.
Asentí.
La puerta se cerró.
Y nos quedamos solos.
El silencio volvió, pero distinto.
Más íntimo.
Teo miró alrededor, como ubicándose. Después volvió a mí.
—¿Quieres que me quede un rato? —preguntó.
No era una obviedad.
Era una elección.
Lo miré.
Y esta vez no dudé.
—Sí, por favor.
Se acomodó mejor en la silla, sin invadir el espacio, pero tampoco manteniendo distancia innecesaria.
No hablamos enseguida.
No hacía falta.
A veces, estar era suficiente.
Y mientras el día seguía pesado, lento, difícil…por primera vez, no se sentía tan solitario.
El silencio no era incómodo.
Era… tranquilo.
Teo estaba ahí, sentado frente a mí, sin hacer nada especial. Sin intentar llenar el espacio con palabras. Y, sin embargo, el ambiente se sentía distinto. Más liviano.
Menos hostil.
—¿Qué sueles hacer en días así? —preguntó después de un rato.
Pensé la respuesta.
—Nada —dije—. O intento hacer cosas y me frustro.
Asintió, como si entendiera perfectamente.
—¿Y si hoy no intentamos hacer nada útil?
Lo miré.
—¿Entonces qué?
Se encogió de hombros.
—Algo que no requiera esfuerzo.
Dudé un segundo.
—Podríamos… ver algo.
—Perfecto.
Miré el control remoto sobre la mesa. Lo tomé con cierta torpeza y encendí la televisión. Navegué entre opciones sin prestar demasiada atención, hasta que apareció.
Sonreí apenas.
—Esta.
Teo inclinó la cabeza.
—¿Cuál es?
—Mi favorita.
Le di play a "Enredados", mi película favorita de Disney.
Las primeras notas sonaron suaves. Me acomodé en el sillón, dejando un pequeño espacio a mi lado.
—Puedes sentarte aquí, si quieres —dije, señalando.
Teo dudó apenas, como midiendo la distancia correcta, y después se sentó. No demasiado cerca. No demasiado lejos.
Perfecto.
Al principio presté atención a la película. A los colores, a los diálogos que ya conocía de memoria. Pero, de a poco, el cansancio volvió.
Más lento esta vez.
Más pesado.
Me moví un poco, buscando una posición más cómoda. Sin pensarlo demasiado, me incliné hacia él.
Mi hombro rozó el suyo.
Después, apoyé la cabeza.
Me quedé quieta un segundo, como esperando su reacción.
No se movió.
No se tensó.
Solo… se quedó.
Respiré.
El sonido de la película quedó de fondo. La respiración de Teo, tranquila, constante, empezó a sentirse más cercana.
Cerré los ojos.
—Perdón… —murmuré, medio dormida.
—No pasa nada —respondió en voz baja.
Sentí cómo ajustaba apenas su postura, lo justo para que yo estuviera más cómoda.
Ese gesto…
Eso.
Fue lo último que registré con claridad.