Mientras Tanto

CAPÍTULO TREINTA Y TRES -Quedarse

Teo

No me moví.

Desde el momento en que Bridget apoyó la cabeza en mi hombro, supe que no iba a hacerlo.

No porque no pudiera.
Porque no quería.

La película seguía frente a nosotros. Colores, música, diálogos que apenas registraba. Todo se volvía fondo cuando mi atención estaba en algo mucho más simple.

Ella.

Su respiración se fue volviendo más lenta, más profunda. El peso de su cabeza cambió apenas, señal de que se había quedado dormida de verdad.

Miré hacia abajo con cuidado.

Tenía los ojos cerrados. El rostro más relajado que en cualquier otro momento en que la había visto. Sin tensión. Sin esa especie de alerta constante que llevaba incluso en los días buenos.

Así… en calma, era preciosa. Aunque siempre me había parecido preciosa, desde el día en que la conocí supe que la belleza que ella emanaba no se comparaba a ninguna que hubiese conocido antes.

Tragué saliva.

Había algo en eso que me tocaba más de lo que esperaba.

No era fragilidad.
Era confianza.

Y eso pesaba más.

Acomodé apenas el hombro, lo justo para que no se despertar pero de manera que pudiese estar cómoda. El brazo me empezaba a doler un poco, pero no importaba.

Nada de eso importaba.

Pensé en lo que me había dicho horas antes.

"Voy a volver a casa".

La frase volvió, clara.

Tenía sentido. Todo el sentido del mundo. Estar con su familia. Tener apoyo. No enfrentar todo sola.

Y aun así…

—Va a doler —murmuré, apenas.

No porque ella se fuera.Sino porque yo iba a tener que aprender a estar sin esto. Sin verla todos los días. Sin estos momentos que no se planeaban.

Cerré los ojos un segundo.

Podría haberme adelantado.
Tomar distancia.
Protegerme.

Pero ahí estaba.

Quedándome igual.

Abrí los ojos y volví a mirarla.

No parecía alguien que estuviera rompiéndose. Parecía alguien que estaba cansada de sostenerse sola. Y eso hizo que la decisión fuera más fácil.

—Está bien —susurré, más para mí que para ella—. Me quedo.

No era una promesa en voz alta.
No era algo que ella fuera a escuchar.

Pero era real.

El sonido de la película cambió. Una escena más tranquila. La luz de la pantalla iluminó su rostro de otra manera.

Noté un mechón de cabello rojizo cayendo sobre su cara. Dudé un segundo antes de mover la mano.

Lo aparté con cuidado.

Despacito.

Sin tocar más de lo necesario.

Mi mano quedó suspendida un segundo en el aire antes de volver a mi pierna.

Respiré hondo.

—No tengo idea de cómo hacer esto —murmuré.

Y era verdad.

No sabía cómo acompañar algo así.
No sabía qué iba a pasar cuando ella se fuera.
No sabía si esto iba a sostenerse.

Pero sí sabía algo.

No quería ser alguien que desaparece cuando las cosas se vuelven difíciles.

No con ella.

Nunca con ella.

El celular vibró sobre la mesa.

Miré la pantalla: un mensaje de Isaac.

> Mañana probamos de nuevo, ¿no?

> Creo que me pasé con lo de frutos rojos.

Sonreí apenas.

Miré la taza vacía sobre la mesa.

—Sí… —susurré—. Hay que ajustarlo.

No por la bebida.

Por lo que significaba.

Volví la vista a Bridget.

Seguía dormida.

Tranquila.

Confiada.

Y entendí que, más allá de todo lo que no sabía, había algo que sí tenía claro: no necesitaba hacerlo perfecto. Solo necesitaba hacerlo con cuidado.

Me recosté apenas contra el respaldo del sillón, sin moverla.

La película siguió.

El tiempo también.

Y por primera vez en mucho tiempo, quedarse no se sentía como una duda.

Se sentía como una decisión.

No sé cuánto tiempo pasó.

La película seguía avanzando, pero yo ya no tenía idea en qué parte iba. La historia en la pantalla se volvió un ruido suave, algo que acompañaba pero no importaba.

Mi atención seguía en ella.

En su respiración, en como su pecho subía y bajaba en total tranquilidad.
En el peso constante sobre mi hombro.
En lo tranquila que se veía.

Bridget se movió apenas.

Un gesto mínimo. Su mano, que había quedado sobre su propio regazo, se deslizó un poco hasta rozar mi brazo. No fue intencional. Fue uno de esos movimientos que hace el cuerpo cuando se relaja de verdad.

No me moví.

Pero lo sentí.

Más de lo que debería.

Me provocó escalofríos su roce, el mínimo toque en mi piel. Estoy tan perdido... perdido en un abismo embriagante llamado Bridget. Porque sin saberlo me provoca cosas que no se explicar pero que jamás había experimentado.

Tragué saliva, manteniendo la respiración pareja, como si cualquier cambio pudiera despertarla.

—Está bien… —murmuré apenas, sin saber si lo decía por ella o por mí.

La habitación estaba en silencio, salvo por la televisión.

Por un segundo, pensé en lo fácil que sería congelar ese momento.

Quedarme así.
Sin decisiones.
Sin despedidas futuras.

Solo esto. Ella. Yo. Nosotros en un momento unicamente nuestro, sin preocuparnos por el después.

Pero la realidad no funcionaba así.

Lo sabía.

Aun así… no quise moverme.

Pasaron unos minutos más. O tal vez fueron segundos. Era difícil medir el tiempo cuando todo se reducía a algo tan simple como observarla dormir.

Bridget volvió a moverse.

Esta vez un poco más.

Su cabeza se acomodó mejor contra el espacio entre mi cuello y mi hombro, su cuerpo se inclinó apenas hacia mí. Sin darse cuenta, buscó más apoyo.

Mi reacción fue automática.

Levanté muy despacio el brazo que tenía libre y dudé en el aire.

No sabía si hacerlo.

No sabía si cruzaba una línea.

La miré.

Dormida.

Confiando.

Exhalé suave.

Y lo hice.

Apoyé el brazo con cuidado alrededor de sus hombros. No la acerqué más de lo necesario. Solo lo suficiente para que no tuviera que sostenerse sola.




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