Bridget
Desperté despacio.
No fue abrupto.
No fue incómodo.
Fue… suave.
Como si el cuerpo hubiera decidido volver de a poco.
Lo primero que noté fue el calor.
Después, el peso.
Después… la calma.
Tardé unos segundos en entender dónde estaba.
No era mi cama.
No era mi habitación.
Abrí los ojos apenas.
La luz de la televisión seguía encendida, iluminando la sala en tonos suaves. La película ya había terminado o estaba en los créditos, no lo sabía.
Y entonces lo sentí.
Debajo de mi mejilla.
El cuerpo de Teo.
Me quedé quieta.
Muy quieta.
Como si cualquier movimiento pudiera romper algo.
Su respiración era tranquila. Constante. No estaba dormido, lo supe enseguida. Había una diferencia sutil en la forma en que el pecho se mueve cuando alguien descansa y cuando alguien… se queda.
—¿Hace mucho? —murmuré, con la voz todavía cargada de sueño.
Sentí un pequeño movimiento.
—Un rato.
No se apartó.
No hizo ningún gesto brusco.
Solo respondió.
Cerré los ojos un segundo más, todavía apoyada en él.
—Perdón… —susurré.
—No te disculpes, no me molestó para nada —dijo, suave.
Tragué saliva.
Porque no era solo quedarme dormida.
Era todo lo que implicaba.
Me incorporé despacio, con cuidado de no hacer un movimiento brusco. Cuando me separé, el espacio entre nosotros se sintió… extraño.
Más frío.
—Creo que necesitaba eso —dije, evitando mirarlo directamente.
—Se notaba.
Levanté la vista.
No había burla. No había incomodidad.
Solo… verdad.
—Gracias por quedarte.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Gracias por confiar.
El silencio volvió, pero distinto.
Más consciente.
Me acomodé en el sillón, cruzando las piernas, buscando algo que hacer con las manos.
—No suelo dormirme así —dije—. Menos… con alguien.
—Lo imaginé.
Eso me hizo sonreír apenas.
Después, la realidad volvió.
Como siempre.
—Te dije lo de volver a casa… —empecé.
Él asintió.
—Sí.
—Sigo pensando en eso. —Bajé la mirada— Creo que es lo correcto.
No era una duda.
Era una confirmación.
El aire entre nosotros cambió apenas.
No se tensó.
Pero se volvió más denso.
—Entonces hazlo —dijo.
Levanté la vista.
—¿Así de simple?
—No es simple —respondió—. Pero es claro.
Tragué saliva.
—No quiero que esto… —hice un gesto entre nosotros—. Se pierda.
Teo se tomó un segundo antes de hablar.
—No tiene que perderse.
—¿Aunque no esté aquí?
La pregunta salió más vulnerable de lo que quería.
Él me miró con calma.
—Podemos intentarlo.
Intentarlo.
No promesas.
No certezas.
Pero tampoco distancia.
Asentí despacio.
—Me alcanza con eso.
Y era verdad.
Porque por primera vez, no estaba buscando seguridad absoluta.
Estaba eligiendo algo real.
Me levanté con cuidado.
El cuerpo respondía mejor que antes, pero seguía lento.
—Creo que debería descansar un poco más —dije.
Teo asintió.
—Sí.
Se levantó también.
Hubo un segundo en el que ninguno supo muy bien qué hacer.
Despedirse.
Quedarse.
Cruzar una línea o no.
Lo resolví antes de pensarlo demasiado.
Me acerqué.
Y lo abracé.
No fue largo.
No fue intenso.
Pero fue real.
Sentí cómo dudaba apenas… y después respondía.
Con cuidado.
Cuando me separé, no dije nada.
No hacía falta.
—Escribime —dijo.
—Lo voy a hacer.
Lo acompañé hasta la puerta.
Y cuando se fue, el departamento volvió a estar en silencio.
Pero no era el mismo silencio de antes.
Era uno más… lleno.
Apoyé la espalda contra la puerta cerrada.
Cerré los ojos.
Y entendí algo simple:
despertar no siempre es abrir los ojos.
A veces es esto.
Darse cuenta de que algo cambió… y elegir no retroceder.
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Los días siguientes pasaron distinto.
No más fáciles.
Pero sí… más claros.
El tratamiento empezó a marcar un ritmo propio. Había mañanas en las que me sentía mejor, casi como antes. Y otras en las que el cuerpo volvía a recordarme que esto no era algo pasajero.
Aprendí a no pelearme tanto con eso.
No siempre lo lograba.
Pero lo intentaba.
El departamento empezó a cambiar también. De a poco. Sin dramatismo. Cajas abiertas en el piso, ropa doblada sobre la cama, libros separados en pilas que todavía no tenían destino claro.
Irme ya no era una idea.
Era un proceso.
Mamá me ayudaba sin invadir. A veces hablábamos mientras ordenábamos. Otras veces solo estábamos en silencio, cada una en lo suyo.
Y en medio de todo eso…
Teo.
No nos vimos todos los días.
Pero hablábamos.
Mensajes cortos. A veces simples. A veces más largos, cuando el día lo permitía.
Nada forzado.
Nada exigido.
Solo… presente.
Una tarde, después de pasar gran parte del día sentada entre cajas, sentí que necesitaba salir. No mucho. No lejos.
Solo… cambiar el aire.
—Voy al café —le dije a mamá.
Ella levantó la vista desde la cocina y sonrió apenas.
—Bien.
No preguntó más.
No hacía falta.
Caminé despacio. El cuerpo acompañaba, aunque con esa lentitud que ya empezaba a aceptar como parte del camino.
Cuando llegué, la campanita sonó como siempre.
Y por un segundo, todo se sintió familiar.
Teo estaba detrás de la barra.
Levantó la vista.
Y sonrió.
No grande. No exagerado.
Pero real.
—Hola.
—Hola, Teo.
Me acerqué, dejando la cartera en la silla de siempre.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Mejor —respondí—. Hoy es un buen día.