Mientras Tanto

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO -Ponerle fecha

Bridget

Fue una decisión silenciosa.

No hubo un momento exacto.
No hubo una señal clara.

Solo… un punto en el que entendí que ya no tenía sentido seguir posponiéndolo.

—El sábado —dije.

Mamá levantó la vista desde la mesa, donde estaba organizando unos papeles.

—¿Este sábado?

Asentí.

Decirlo en voz alta lo volvió real de una forma distinta.

—Sí. Creo que es el momento.

Ella me observó unos segundos. No parecía sorprendida. Más bien… preparada.

—Está bien.

Ese “está bien” no fue simple aprobación. Fue acompañamiento.

Me senté frente a ella, apoyando las manos sobre la mesa.

—Ya avancé bastante con las cosas —agregué—. No es como si estuviera empezando de cero.

—Lo sé —respondió—. Se nota.

El silencio se acomodó entre nosotras. Tranquilo.

Hasta que cambió.

—¿Y Teo? —preguntó.

Sabía que iba a llegar esa pregunta.

Suspiré apenas.

—No lo sé.

Mamá alzó una ceja.

—Algo sabrás, cielo.

Sonreí un poco, sin ganas de esquivar esta vez.

—Nos estamos… conociendo —dije—. Pero no es solo eso.

—No.

Negué con la cabeza.

—No es algo casual.

Las palabras salieron más claras de lo que esperaba.

—¿Y entonces?

Me tomé un segundo.

—Es importante.

Mamá me miró con una suavidad distinta.

—Se nota cuando hablas de él.

Bajé la mirada, incómoda y honesta al mismo tiempo.

—No quiero que esto se rompa cuando me vaya.

—¿Y crees que se va a romper?

Pensé en Teo. En sus respuestas. En su forma de estar.

—No lo sé —admití—. Pero tampoco quiero forzarlo a algo que no sabemos sostener.

Mamá asintió despacio.

—Las cosas que valen la pena no suelen ser cómodas —dijo—. Pero eso no significa que no funcionen.

Levanté la vista.

—¿Tú crees que…?

No terminé la pregunta.

Ella sonrió apenas.

—Creo que te hace bien.

Y eso, ahora, era suficiente.

---

Esa tarde fui a la cafetería.

El camino se sintió distinto.

Más consciente.

Como si cada paso tuviera un poco más de peso.

Cuando entré, la campanita sonó como siempre.

Teo levantó la vista.

Y algo en su expresión cambió apenas al verme.

No sabía qué.

Pero lo sentí.

—Ey, hola, Bridget.

—Hola, Teo. —Me acerqué, dejando la cartera en la silla. No hubo rodeos esta vez.—Ya tengo fecha —dije.

Silencio.

Teo apoyó lo que estaba haciendo, sin apartar la mirada.

—¿Cuándo?

—El sábado.

Lo procesó.

No dijo nada enseguida.

Pero lo vi.

Ese pequeño quiebre otra vez. Más contenido. Más rápido.

—Está bien —respondió.

Asentí.

—Sí.

El aire se volvió más denso.

—Falta poco —agregué, casi en automático.

—Sí.

Otra pausa.

No incómoda.

Pero sí… cargada.

—Quería que lo supieras —dije.

Teo asintió.

—Gracias, por decirme.

No preguntó más.

No cuestionó.

No intentó cambiar nada.

Y eso, otra vez, dolió un poco.

—No sé cómo va a ser después —admití.

Él apoyó las manos sobre la barra.

—No tenemos que resolverlo hoy.

Esa frase.

Siempre esa calma.

—Pero va a cambiar —insistí.

—Sí.

Lo dijo sin rodeos.

Tragué saliva.

—Y aun así…

No terminé la frase.

Él lo hizo por mí.

—Vamos a intentar.

Lo miré.

Y asentí.

—Sí.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

Después, él volvió a su lugar detrás de la barra.

Yo me senté.

Todo parecía igual.

Pero no lo era.

---

La semana pasó rápido.

Demasiado.

Entre cajas, despedidas silenciosas de lugares, mensajes cortos, momentos robados.

Y el cuerpo… a veces acompañaba, a veces no.

Pero el tiempo no se detenía.

El viernes llegó sin pedir permiso.

Me desperté con una sensación extraña.

No tristeza.

No del todo.

Era más bien… anticipación.

Ese tipo de sensación que no sabes si es por algo que termina o por algo que todavía no empezó.

Fui a la cafetería.

Como siempre.

Pero no era un día cualquiera.

Lo supe desde que empujé la puerta.

Desde que la campanita sonó.

Desde que lo vi.

Y entendí, sin que nadie lo dijera, que algo estaba a punto de pasar.

La cafetería a esa hora tiene algo de refugio.

No está llena, no está vacía. Está en ese punto exacto donde nadie apura a nadie y el mundo parece caminar más lento.

Entro con el abrigo todavía puesto, como si no quisiera terminar de llegar.

Como si, si no termino de entrar, tampoco termino de aceptar que es viernes.

Que mañana me voy.

El olor a café me envuelve antes de que pueda pensar demasiado. Siempre pasa eso: el aroma me acomoda el pecho.

Pero hoy… no alcanza del todo.

Teo está detrás de la barra.

Levanta la vista y sonríe como si me hubiera estado esperando, aunque no lo diga. Nunca dice esas cosas.

Teo no anuncia, está.

Y eso hoy… pesa más.

—Buen día —dice.

—Buen día.

Mi voz sale más baja de lo normal.

No sé por qué.

O sí.

Me acerco, dejo la cartera en la silla de siempre. La de la esquina, cerca de la ventana.

La mía.

O al menos… lo fue.

—¿Lo de siempre o esta vez puedo elegir yo? —pregunta, con una duda que antes no estaba.

Lo miro un segundo.

Y asiento.

—Sorpréndeme.

Porque hoy… no quiero elegir.
Porque ya tomé demasiadas decisiones esta semana.

Mientras prepara la bebida, noto algo raro.

Un cartel nuevo escrito con tiza, más prolijo de lo habitual.

No alcanzo a leerlo bien desde aquí.

—Teo… —digo—, ¿cambiaron el menú?

Él se tensa apenas. Lo justo para que lo note.

Después sonríe, nervioso.




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