Mientras Tanto

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS -Decirlo igual

Bridget

La noche cae más rápido cuando la cabeza no se apaga.

Estoy sentada en el borde de la cama, con la habitación a medio desarmar. Cajas abiertas. Ropa doblada a medias. Mi vida repartida en partes que todavía no sé cómo ordenar.

Mañana me voy.

La idea ya no pesa como antes. No duele igual.
Pero hay algo nuevo.

Algo que no estaba planeado del todo cuando tomé la decisión.

Teo.

Cierro los ojos.

Y vuelvo a hoy.

A su voz.
A su forma de mirarme.
Al cuidado en cada detalle.

Al café.
Al rojo.
A ese “me gustás” dicho sin esconderse.

Exhalo lento.

—Idiota… —murmuro para mí misma, con una sonrisa que no puedo evitar.

No él.

Yo.

Por necesitar tantas vueltas para entender algo que siempre estuvo ahí.

Me levanto.

Empiezo a caminar por la habitación sin rumbo, como si el cuerpo necesitara moverse para ordenar lo que la cabeza ya sabe.

Porque lo sé.

Claro.

Simple.

Sin ruido.

Me gusta.

Me gusta cómo es.
Cómo está.
Cómo no me empuja.

Me gusta cómo me hace sentir… sin intentar hacerlo.

Me paso una mano por el pelo.

—No puedo irme sin decirlo.

La frase sale sola.

Y cuando la escucho en voz alta… ya está.

No hay vuelta atrás.

Agarro el abrigo sin pensar demasiado. El celular. Las llaves.

—¿Vas a salir? —pregunta mamá desde el pasillo.

—Sí.

Se asoma apenas.

—¿Ahora?

La miro.

Y sonrío.

—Sí. Ahora.

No pregunta más.

No hace falta.

---

Entro a la cafetería aunque el cartel ya dice cerrado.

No sé por qué igual empujo la puerta.

Tal vez porque nunca me cerró del todo a mí.
Tal vez porque necesito verlo para terminar de entender lo que ya sé.

La campanita suena suave.

Teo levanta la vista desde detrás de la barra, sorprendido.

—Bridget… —dice—. Ya estaba por…

—Lo sé —lo interrumpo—. Perdón. Si es mal momento…

Niega enseguida.

—No. Nunca es mal momento cuando se trata de ti.

Eso.

Eso es lo que hace sin darse cuenta.

Decir cosas que se me quedan pegadas al pecho.

La cafetería está distinta a esta hora. Las luces más bajas. Las sillas sobre las mesas. El silencio no pesa, acompaña.

Teo se seca las manos con un repasador y se queda ahí, mirándome.

Esperando.

Como siempre.

Nunca me apura.
Nunca termina mis frases.
Nunca supone.

Me acerco despacio.

El corazón me late más fuerte que de costumbre, pero no retrocedo.

Esta vez no.

—Estuve pensando —empiezo, y mi voz tiembla—. Mucho. —Asiente. No sonríe. Me da toda su atención— En lo que dijiste hoy. En ti. En todo esto… —hago un gesto entre nosotros—. En si esto tiene nombre o no. —Trago saliva— Siempre tuve miedo de confundir calma con costumbre —confieso—. Pero contigo no es costumbre. —Levanta apenas las cejas.—Es… paz —digo—. Y ganas. Y algo que crece sin empujar.

El silencio se vuelve más intenso.

Más real.

—Teo… —digo su nombre más bajo—. Me gustas. —No lo pienso más. No lo suavizo.—Me gustás de verdad. —El aire parece quedarse quieto—Y sí, me asusta —sigo—. Porque me voy mañana. Porque no sé cómo se hace esto. Porque no sé qué va a pasar. —Respiro— Pero me asusta más no decirlo. —Doy un paso hacia él. Esta vez soy yo—No quiero irme dejándolo en duda —agrego—. No quiero que esto sea algo que casi fue.

Sus ojos cambian.

Algo se ilumina.

Algo que estaba contenido.

—Gracias por decírmelo —dice, bajito—. Por venir.

Niego con la cabeza.

—Gracias a ti… por quedarte.

Nos quedamos ahí.

A centímetros.

Con todo dicho.

Con todo abierto.

—¿Puedo…? —pregunta, sin terminar.

Y esta vez… no hay dudas.

Asiento.

El beso no es perfecto.

No es de película.

Es mejor.

Es lento.
Es cuidado.
Es real.

Sus labios me encuentran como si todavía estuviera preguntando.

Y yo respondo sin pensar.

Sin miedo.

El mundo no se detiene.

Pero algo… encaja.

Como si siempre hubiera tenido que ser así.

Cuando nos separamos, no me alejo del todo.

Apoyo la frente en su pecho.

Escucho su respiración.

La mía.

Y sonrío.

Porque por primera vez en mucho tiempo… no estoy huyendo. No estoy sobreviviendo. Estoy eligiendo.

Quedarme.
Sentir.
Decirlo igual.

Aunque mañana me vaya.

Aunque no sepamos cómo sigue.

Estoy aquí.

Con él.

Y eso… eso alcanza.

No me separo enseguida.

Tampoco él.

Nos quedamos ahí, a una distancia mínima, como si ninguno quisiera romper lo que acaba de pasar.

Mis manos todavía están apoyadas en su pecho. Siento su respiración. Un poco más rápida que antes. La mía tampoco está del todo estable.

Levanto apenas la mirada.

—Mañana me voy —digo, casi en un susurro.

No es una noticia.

Es un recordatorio.

Teo asiente.

—Lo sé.

Pero esta vez no suena igual que antes.

No hay ese intento de que todo sea más liviano.

Ahora… se siente.

—Y aun así vine —agrego.

Una pequeña sonrisa aparece en su boca.

—Ya lo noté.

Respiro hondo.

—No quería que esto se quedara a mitad de camino.

El silencio se instala otra vez, pero ahora es distinto.

Más íntimo.

Más lleno.

Teo baja la mirada un segundo, como si ordenara algo adentro suyo.

Después vuelve a mí.

—No está a mitad de camino.

Frunzo apenas el ceño.

—¿No?

Niega suavemente.

—Está empezando.

El corazón me da un golpe fuerte.

Porque eso… eso cambia todo.

—¿Incluso así? —pregunto—. ¿Con la distancia, con… todo?

Teo se toma un segundo.




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