Mientras Tanto

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE -Correr hacia ti

Bridget

El sábado llega sin pedir permiso.

No hay música dramática.

No hay una señal clara de que es hoy.

Solo… pasa.

Las cajas están cerradas.

La ropa guardada.

Los libros acomodados en cajas.

Las fotografías que alguna vez llenaron las paredes ahora descansan dentro de una caja, envueltas con cuidado.

El departamento está casi vacío.

Me quedo parada en medio de la sala unos segundos.

Mirando.

Recordando.

Hay algo extraño en ver un lugar que conociste lleno de vida convertirse poco a poco en cuatro paredes.

Camino hasta la ventana.

La misma desde la que tantas veces miré la ciudad cuando no sabía qué hacer conmigo misma.

Aquí lloré.

Aquí tuve miedo.

Aquí recibí noticias que cambiaron mi vida.

Aquí discutí con mamá.

Aquí volví a hablar con ella.

Aquí pensé que mi historia había terminado.

Y también aquí… me reí.

Escuché música.

Tomé café.

Leí.

Dormí.

Aprendí a aceptar ayuda.

Y me enamoré.

No todo fue bueno aquí.

Pero tampoco fue todo malo.

Supongo que así funcionan los lugares importantes.

No necesitan ser perfectos para convertirse en parte de ti.

Paso los dedos por el marco de la ventana.

Después miro una última vez el salón.

—Adiós —susurro.

No sé exactamente a qué se lo digo.

Al departamento.

A la Bridget que llegó aquí.

A la vida que pensé que tendría.

Quizá a todo un poco.

—¿Lista? —pregunta mamá desde la puerta.

La miro.

Tiene una de las últimas cajas entre los brazos.

Y esa expresión suya que conozco perfectamente.

No está apurándome.

Solo está esperando.

Asiento.

—Sí.

Ella deja la caja junto a la puerta.

—Entonces vámonos.

Doy un último vistazo alrededor.

Y justo antes de salir, recuerdo algo.

—Mamá.

—¿Sí?

—Quiero pasar por el café.

Su sonrisa aparece lentamente.

Como si hubiera sabido desde el principio que iba a decirlo.

—Claro.

---

La cafetería está a pocas calles.

Durante el camino no hablamos demasiado.

Yo miro por la ventana.

Reconozco las calles.

Los edificios.

La esquina donde una vez me detuve a llorar porque no sabía cómo volver a casa.

La calle por la que caminé tantas veces después de salir del café.

El semáforo donde Teo una vez me hizo reír por teléfono.

Todo parece igual.

Y, al mismo tiempo, nada lo es.

Cuando mamá estaciona frente a la cafetería, siento un nudo en el pecho.

—¿Quieres que vaya contigo? —pregunta.

Niego.

—No.

Ella asiente.

—Te espero aquí.

Abro la puerta.

Antes de bajar, mamá me toma la mano.

—Bridget... —La miro— No tienes que hacer que sea fácil.

Sus palabras me golpean suavemente.

—Lo sé.

—Solo tienes que hacerlo.

Sonrío.

—Gracias.

Bajo del auto.

Respiro.

Y entro.

La campanita suena por última vez.

Y esta vez sí lo siento.

Como si el sonido supiera que algo está terminando.

Teo levanta la vista.

Y en su cara… está todo.

No sorpresa.

No duda.

Solo emoción contenida.

—Hola, Bridget —dice.

—Hola, Teo.

Por un instante ninguno se mueve.

Él mira hacia la puerta.

Después vuelve a mirarme.

Como si comprobar que realmente estoy ahí fuera importante.

Me acerco despacio.

No hay mesas.

No hay distracciones.

Solo nosotros.

—Me voy —digo.

Aunque ya lo sabe.

Asiente.

—Sí.

Su voz sale más baja.

—Hoy.

—Hoy. —repite.

El silencio se instala.

Pero no pesa.

Es… necesario.

Teo apoya ambas manos sobre el mostrador.

—¿Estás lista?

Miro hacia la ventana.

—No.

Él sonríe apenas.

—Yo tampoco.

Eso consigue arrancarme una pequeña risa.

—Supongo que eso significa que estamos empatados.

—Supongo.

Me acerco un poco más.

—No quería irme sin verte.

—Yo tampoco quería que te fueras sin venir.

Lo miro.

Quiero memorizarlo.

La forma en que su cabello cae sobre la frente.

La pequeña marca junto a su ceja.

La manera en que intenta sonreír aunque sus ojos no acompañen del todo.

Quiero guardar cada detalle.

Porque sé que voy a extrañarlo.

Muchísimo.

—¿Vas a estar bien? —pregunto.

Él tarda un segundo en responder.

—Sí.

Lo miro con incredulidad.

—Mentiroso.

Se ríe bajito.

—Un poco.

—Yo tampoco voy a estar bien.

—Lo sé.

Hay algo reconfortante en que no intente convencerme de lo contrario.

No me dice que todo será fácil.

No promete que la distancia no importará.

Solo acepta que va a doler.

Y quizá eso sea lo más honesto que puede darme.

—Voy a escribirte —murmuro.

—Más te vale.

—Y tú también.

—Todos los días si quieres.

Sonrío.

—No quiero que sientas que tienes que hacerlo.

—No lo siento. —Hace una pausa— Quiero hacerlo.

Mi corazón se aprieta.

—No desaparezcas.

Su expresión cambia.

—No lo voy a hacer.

Me acerco.

Lo abrazo.

Fuerte.

Más fuerte que antes.

Como si en ese gesto pudiera guardar todo lo que no sé decir.

Sus brazos me rodean inmediatamente.

Cierro los ojos.

Huele a café.

A él.

A ese lugar.

A todos esos días que no sabía que algún día echaría de menos.

—Gracias —susurro.

—¿Por qué?

—Por todo.

Se queda callado.

—No hice nada.

Me separo apenas para mirarlo.

—Hiciste mucho.

Él niega suavemente.

—Tú también.

Nos quedamos mirándonos.

—Esto… —señalo alrededor—. Tu café. Nuestra mesa. Todo. —Mi voz se quiebra un poco— Lo voy a extrañar.




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