Mientras Tanto

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO -Epílogo: Todo lo que sigue

Bridget

El tiempo no se detuvo.

Eso fue lo primero que entendí.

Después de irme, no hubo una pausa dramática ni un momento en el que todo quedara suspendido esperando que yo volviera a acomodarme.

La vida... siguió.

Y yo tuve que aprender a seguir con ella.

Los primeros días fueron extraños.

La casa de mi familia se sentía conocida, pero distinta.

Era como volver a un lugar que alguna vez había sido completamente mío y descubrir que, mientras yo estaba lejos, todos habían seguido viviendo.

Había fotografías nuevas.

Muebles cambiados de lugar.

Una taza que no recordaba.

El ruido de mi hermano caminando por el pasillo.

La voz de mamá llamándome desde la cocina.

Pequeñas cosas.

Cosas normales.

Y quizá por eso me costó tanto acostumbrarme.

Porque después de meses sintiendo que mi vida se había convertido en una sucesión de acontecimientos enormes, volver a casa significaba aprender a vivir con lo pequeño.

El desayuno.

Las discusiones por quién había dejado algo fuera de lugar.

Las compras del supermercado.

La televisión encendida en otra habitación.

Las conversaciones que empezaban con algo importante y terminaban hablando de cualquier tontería.

Vida.

Simplemente vida.

Y eso... ayudaba.

Mucho más de lo que esperaba.

Mamá no se separaba demasiado de mí al principio.

No de una manera invasiva.

Nunca intentó decidir por mí.

Solo estaba.

Si yo tenía una cita médica, preguntaba si quería que me acompañara.

Si estaba cansada, preparaba algo de comer.

Si tenía un día complicado, se sentaba conmigo sin obligarme a hablar.

Y yo, por primera vez en mucho tiempo... me dejé cuidar.

Creo que también tuve que aprender eso.

Que dejar que alguien te cuide no significa que seas débil.

Significa que confías.

Y yo había pasado demasiado tiempo creyendo que tenía que poder con todo sola.

Ya no.

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Retomar mis estudios tampoco fue sencillo.

Tuve que cambiar algunas cosas.

Mis horarios.

Mi ritmo.

La manera en la que organizaba los trabajos.

Hubo días en los que podía estudiar durante horas y otros en los que necesitaba cerrar los libros y descansar.

Al principio me frustraba.

Muchísimo.

Miraba lo que hacía antes y pensaba:

"¿Por qué ya no puedo hacerlo igual?"

Hasta que entendí que esa era la pregunta equivocada.

No necesitaba hacerlo igual.

Necesitaba encontrar una manera que funcionara para mí ahora.

Así que aprendí.

A descansar antes de estar completamente agotada.

A pedir ayuda.

A no sentirme culpable por cancelar algún plan cuando mi cuerpo necesitaba otra cosa.

A celebrar pequeños avances.

Hubo días buenos.

Días en los que sentía que podía con todo.

Y también hubo días en los que levantarme de la cama era una pequeña victoria.

Pero ya no me asustaban tanto.

Porque ahora sabía que un día difícil no significaba que todos los días siguientes fueran a ser iguales.

El tratamiento comenzó a formar parte de mi rutina.

No fue mágico.

No hizo desaparecer todo.

Pero ayudó.

Lentamente.

De manera irregular.

Aprendí a tener paciencia.

Con los médicos.

Con mi cuerpo.

Conmigo misma.

Y, sobre todo, aprendí algo que tardé demasiado en entender:

No soy mi enfermedad.

Es una parte de mi vida.

Una parte importante.

Una parte que tengo que cuidar.

Pero no es todo lo que soy.

También soy hija.

Soy hermana.

Soy estudiante.

Soy amiga.

Soy alguien que se ríe demasiado fuerte cuando algo le causa gracia.

Soy la persona que todavía se queda leyendo hasta demasiado tarde.

Soy alguien que ama el café.

Y soy la chica que se enamoró de un hombre que trabaja detrás de una barra y que aprendió exactamente cómo le gusta su bebida.

Sonreí cuando pensé en eso.

Porque sí.

Teo seguía siendo una parte enorme de mi vida.

---

La distancia no fue fácil.

Sería mentira decir lo contrario.

Hubo noches en las que lo extrañé tanto que me quedé mirando el teléfono esperando que apareciera su nombre.

Y apareció.

Siempre.

No necesariamente cuando yo quería.

A veces él estaba trabajando.

A veces yo estaba estudiando.

A veces nuestros horarios simplemente no coincidían.

Pero encontramos la manera.

Un mensaje por la mañana.

Una llamada por la noche.

Una fotografía absurda de su día.

Una nota de voz donde se escuchaba de fondo el ruido de la cafetería.

Un:

>"Hoy preparé tu café y me acordé de ti."

Un:

>"Hoy tuve un día horrible. ¿Puedes hablar conmigo?"

Y yo hablaba.

Porque eso era lo que habíamos prometido.

No hacer que la distancia pareciera fácil.

Sino aprender a atravesarla juntos.

Hubo alguna discusión.

Claro que la hubo.

Una noche terminé llorando porque sentía que estaba demasiado lejos.

—No quiero que nuestra relación sea solo una pantalla —le dije.

Del otro lado hubo silencio.

Después su voz.

—Yo tampoco.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Seguir.

—¿Solo eso?

—Por ahora, sí.— Me quedé callada— No quiero perderte por intentar que todo sea perfecto —continuó—. Prefiero que tengamos días difíciles y sigamos aquí.

Cerré los ojos.

Y sonreí entre lágrimas.

Porque tenía razón.

No necesitábamos una historia perfecta.

Necesitábamos una historia nuestra.

---

Pasaron semanas.

Después meses.

Y un día comprendí algo.




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