Mierda en los zapatos

Mierda en los zapatos

"El payaso no soy yo, sino esa sociedad tan monstruosamente cínica e inconscientemente ingenua que interpreta un papel de seria para disfrazar su locura."

-Salvador Dalí.

 

 

 

 

 

Y ahí estaba ella, esperando por él a las afueras de aquello que llamaba su hogar. Su reluciente color marrón y pedazos semidigeridos no hacían más que ponerle los nervios en punta. La mierda se mantenía calma, paciente, mientras aguardaba el momento exacto para atacarlo con su fétida viscosidad. Ella lo sabía todo: futuro, pasado y presente.

Agust Watermelon vivía a las afueras de Ciudad, justo al lado de un río coagulado y color esputo. Vivía en una especie de hibrido entre una casa rodante y una suerte de cajas de cartón haciendo las veces de una segunda habitación.

Lo que más odiaba era tener que salir de su preciado hogar, el mundo podía ser un lugar aterrador.

Mientras vigilaba a esa masa amorfa apartando con ligereza la percudida cortina color gris, Agust podía observar la silueta de aquella ciudad sin nombre. Una amalgama de edificios y retazos de personas conviviendo juntas todas ellas mientras él permanecía oculto, precavido. Nunca le había gustado esa metrópolis monstruosa en continuo crecimiento, aunque lo había intentado. Había hecho hasta lo imposible para volver a ese mundo de fantasía, hasta que sucedió lo innombrable. Si lo innombrable nunca hubiese sucedido Ciudad sería otra, y Agust también. Ahora era un pobre joven de cabello blanco y delgada complexión, que más parecía un adicto al cristal.

Pero ahora lo único que importaba era no dejarse llevar por los deseos de la mierda; sí, esa peligrosa mierda que alguien había dejado a la entrada de su casa. Lo volvía loco. Ya había pasado una semana y Agust no probaba alimento alguno, ni siquiera se preocupaba por su aspecto físico o si apestaba; porque la mierda estaba ahí, asechándolo.

Su casa era un desastre de proporciones bíblicas: comida purulenta de colores verdosos, ropa por doquier, piezas de refracción mohosas y olvidadas, y una única silla. Solo una silla con la cual Agust se disponía a vigilar a la pestilente mierda.

Aun así, la visión de una esplendorosa comida repleta de jugosa carne de oveja con aquella salsa, y una visita a su amada Claudette, lo hizo hacer lo impensable. Se colocó su mejor traje (que consistía en un par de pantalones militares con un solo agujero, una camisa blanca y una chaqueta de mezclilla unas tallas más grandes), y se perfumó un poco.

Y así, justo como estaba abrió la pesada puerta de metal e inhaló despacio y profundo, observó la sombra de la gran urbe mil veces flagelada; recordó su historia, la historia de Ciudad y la suya propia. Entonces dio un paso.

Y sucedió...

Aquello que él había estado tratando de evitar todo este maldito tiempo. Cuan patético se sentía en ese momento. Una vergüenza tan obscena. Su bota grotescamente calzada se hallaba manchada del desecho coprológico de dudosa procedencia, arruinado su miserable vida para la eternidad.

 

 

Como todo lo malo que podía suceder en un día de Marzo, Agust Watermelon pisó una mierda, y el olor tardó varios días en desaparecer. 

 

FIN

 

 

***

Les comparto aquello que me arruinó la vida, un suceso precario que prefiero olvidar. 

Cualquier comentario y/o crítica yo lo aceptaré y lo guardaré en la misma caja donde oculto a mi preciado "amiguito", al cual llamaremos Danny Pennywise por ahora ;)

 



Agust Watermelon

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En el texto hay: ciudad, humor, paranoia

Editado: 05.04.2018

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