Capítulo 2: Él hablaba de valores
Tú hablabas de valores como quien cita un manual.
Familia. Respeto. Disciplina.
Palabras grandes dichas con voz tranquila, sin emoción, como si no te pertenecieran del todo.
Yo escuchaba —leía— y asentía con el alma.
Porque esas palabras eran mi idioma.
Eran el lugar desde donde yo amaba, escribía, existía.
No me di cuenta de algo esencial:
tú no hablabas desde los valores,
hablabas sobre ellos.
Hay una diferencia brutal entre vivir algo y saber describirlo.
Yo te conté quién era con una honestidad peligrosa.
Te hablé de mi fe en el amor, de mi miedo a lo superficial, de mi cuerpo como templo, no como mercancía.
Te dije que yo sentía demasiado.
Que me costaba no implicarme.
Tú no huiste.
Tú tomaste nota.
Ahora lo veo claro:
cada confesión mía fue una herramienta más en tus manos.
Cuando alguien quiere conocerte, pregunta.
Cuando alguien quiere usarte, escucha.
Me decías que admirabas mi forma de pensar.
Que no era como las demás.
Que se notaba que yo tenía “algo distinto”.
Nada infla más el ego que sentirte excepción.
Nada debilita más el juicio que creer que no te puede pasar lo mismo que a otras.
Yo quería ser especial.
No en el sentido banal.
En el sentido profundo: vista, elegida, cuidada.
Tú usabas el lenguaje correcto para acercarte…
y el silencio correcto para mantenerme en vilo.
Había días buenos.
Conversaciones largas.
Momentos donde me sentía conectada de verdad.
Y luego, sin aviso, el cambio.
Mensajes cortos.
Respuestas tardías.
Una frialdad difícil de señalar, pero imposible de ignorar.
Yo no reclamaba.
Me revisaba.
¿Dije algo mal?
¿Fui intensa?
¿Esperé demasiado?
Nunca pensé: ¿y si él está jugando conmigo?
Porque alguien que habla de valores no hace eso, ¿verdad?
Error.
Cuando volvías, lo hacías como si nada hubiera pasado.
Y yo aceptaba ese “como si nada” como si fuera madurez, no evasión.
Ahí empezó la distorsión.
Empecé a adaptar mi lenguaje al tuyo.
A medir mis palabras.
A no escribir demasiado largo para no parecer necesitada.
A no preguntar demasiado para no parecer demandante.
Yo, que siempre había sido intensa, apasionada, frontal,
empecé a editarme.
Y tú lo notaste.
Porque cuando una mujer se encoge, alguien siempre gana espacio.
Volviste a pedir fotos.
Esta vez no como broma.
Esta vez como algo natural.
Casi lógico.
—“Si hay confianza, no debería ser un problema.”
La palabra confianza me atravesó.
Porque yo sí la sentía.
Pero no sabía si era real o inducida.
Mi cuerpo volvió a tensarse.
Mi mente volvió a justificar.
Tal vez soy muy rígida.
Tal vez así se construye la intimidad hoy.
Tal vez esto no invalida quién soy.
La envié otra vez.
Y esta vez dolió más.
Porque ya no podía fingir que había sido un impulso.
Había sido una elección.
Y cada elección tiene consecuencias, aunque no se vean de inmediato.
Después dijiste algo que se me quedó clavado como astilla:
—“¿Te sientes bien enviando estas fotos?”
No era cuidado.
Era control disfrazado de conciencia.
Porque la pregunta no buscaba protegerme.
Buscaba poner la carga en mí.
Si decía que no, yo era la contradictoria.
Si decía que sí, yo legitimaba el juego.
Respondí que estaba bien.
Mentí con una sonrisa que no viste.
Entonces lo dijiste:
que estabas caliente.
que te tocabas conmigo.
que te excitaba saber que esas fotos eran solo para ti.
Yo sentí algo parecido al asco.
No por el sexo.
Sino por la unilateralidad.
Yo te estaba entregando algo íntimo.
Tú me estabas usando como estímulo.
No era encuentro.
Era consumo.
Y aun así, me quedé.
Porque después de decirlo, volviste a desaparecer.
Y yo entendí el mensaje sin que lo escribieras:
mi presencia dependía de mi utilidad.
Ahí empezó la verdadera pelea.
No entre tú y yo.
Sino entre quien yo era y quien estaba empezando a ser.
Había noches en que abría la app y me quedaba mirando la pantalla, esperando.
No porque quisiera hablar de sexo.
Sino porque quería sentirme querida.
Y eso es lo más cruel:
cuando confundes una cosa con la otra.
Empecé a anticiparme.
A enviar fotos antes de que las pidieras.
A mantenerte interesado.
No porque me gustara.
Sino porque tenía miedo de desaparecer para ti.
Y eso… eso fue nuevo para mí.
Nunca había tenido que competir conmigo misma para que alguien se quedara.
Mis valores seguían ahí, pero ya no eran brújula.
Eran culpa.
Culpa por ceder.
Culpa por disfrutar a veces.
Culpa por no saber irme.
Tú seguías hablando de respeto.
Y yo seguía creyéndote.
Porque cuando alguien dice las palabras correctas, una parte de ti quiere creer que las siente.
No sabía todavía que algunas personas usan los valores como anzuelo.
Que saben exactamente qué decir para que no los cuestiones.
Que no rompen tus límites de golpe, los diluyen.
Cuando cerraba la app, me quedaba una sensación espesa en el pecho.
No era tristeza pura.
Era algo peor: disonancia.
Ser una persona y actuar como otra.
Y aun así, al día siguiente, cuando volvías a escribir,
mi cuerpo reaccionaba antes que mi razón.
Porque ya no esperaba amor.
Esperaba alivio.
Y eso fue cuando entendí —aunque aún no lo aceptara—
que algo dentro de mí ya estaba enganchado.
No a ti.
Sino a la promesa de que esta vez,
si hacía todo bien,
si no pedía demasiado,
si daba un poco más…
Tal vez…
solo tal vez…
me querrías.