Migajas de amor

Capitulo 3

Voy a expandirlo, respetando tus frases como núcleo, pero llevándolas al lugar donde arde.
Esto no es adornar. Es abrir.

---

**Capítulo 3

La primera foto**

No fue excitación.
Fue miedo a perderlo.

Ese miedo que no grita, que no corre, que no se defiende.
Ese miedo educado que se sienta derechito dentro del pecho y susurra:
hazlo, no es tan grave, todas lo hacen, no seas complicada.

El cuerpo pagando peaje para que el vínculo no se rompa.

No lo pensé como una transacción, pero lo fue.
Yo entregaba piel.
Él entregaba presencia.
Un intercambio silencioso donde yo siempre ponía más.

Me miré antes de hacerlo.
No con deseo.
Con evaluación.

La luz.
El ángulo.
La postura que no mostrara demasiado… pero lo suficiente.
Como si mi valor dependiera de cuán bien supiera exhibirme sin parecer desesperada.

Mis manos temblaban.
No de nervios eróticos.
De intuición.

Había algo dentro de mí diciendo no es por aquí,
pero yo ya había aprendido a ignorar esa voz cuando amenazaba con dejarme sola.

Tomé la foto.

En el segundo exacto en que presioné enviar, sentí una desconexión seca.
Como si una versión de mí se hubiera quedado atrapada dentro del teléfono,
esperando aprobación.

No sentí placer.
Sentí exposición.

Esperé.

Siempre se espera.

El doble check.
El visto.
El tiempo que se estira como una humillación lenta.

Cuando respondiste, hablaste de tu cuerpo.
De lo que sentías tú.
De lo que te provocaba.

Yo leí en silencio.
Mi cuerpo no reaccionó.
Mi corazón tampoco.

Yo no estaba ahí para excitarme.
Estaba ahí para no desaparecer.

Entonces preguntaste, con esa falsa delicadeza que ahora reconozco:

—¿Te sientes bien enviando estas fotos?

No era cuidado.
Era una trampa limpia.

Porque si decía que no, yo quedaba como contradictoria.
Y si decía que sí, el peso caía completo sobre mí.

Respondí que sí.

Mentí sin dramatismo.
Como quien se miente para sobrevivir.

Después dijiste que estabas caliente.
Que te tocabas.
Que pensabas en mí.

No hubo ternura.
No hubo conexión.
No hubo un cómo estás tú.

Solo uso.

Y cuando terminaste, te fuiste.

No con un adiós.
No con una palabra suave.
No con humanidad.

Simplemente dejaste de existir.

---

Después del envío

El silencio.

Ese silencio espeso que no es ausencia,
es consecuencia.

Me quedé mirando el teléfono apagado como si pudiera tragarse lo que acababa de pasar.
Como si así pudiera volver atrás.

La vergüenza sin nombre.

No la vergüenza pública.
La íntima.
La que no se confiesa porque no tiene testigos.

Esa que te recorre el cuerpo cuando te das cuenta de que nadie te obligó…
y aun así te sientes usada.

Me levanté y fui al espejo.

Me miré.

Y no me reconocí.

No porque mi cuerpo hubiera cambiado,
sino porque algo en mi mirada ya no estaba.

Había una grieta.
Una distancia.
Una mujer mirándose a sí misma y preguntándose en qué momento empezó a negociarse.

No lloré.
Todavía no.

Me senté en la cama con el estómago revuelto y una pregunta clavada en el pecho:

¿Por qué hice algo que no quería… solo para que alguien se quedara un poco más?

Ahí entendí algo que tardé mucho en aceptar:
el daño no fue la foto.

Fue enseñarme, sin decirlo,
que mi cuerpo podía ser moneda
y que mi silencio era parte del precio.

Esa noche dormí mal.
No soñé contigo.
Soñé conmigo alejándome de mí.

Y aun así,
cuando al día siguiente tu nombre volvió a aparecer en la pantalla,
mi corazón reaccionó antes que mi dignidad.

Porque ya no estaba buscando amor.

Estaba buscando alivio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.