Migajas
No amor.
No deseo.
Control dosificado.
No lo llamé así al principio.
Le puse nombres más suaves para poder quedarme:
ritmo, espacio, madurez, no todos aman igual.
Mentiras funcionales.
Las migajas no llegan de golpe.
Llegan cuando ya tienes hambre.
Después de la foto, después del silencio, después de la vergüenza,
volviste.
Siempre volvías.
No con culpa.
No con explicación.
Volvías como si nada hubiera pasado.
Un “buenos días”.
Un comentario ligero.
Una risa breve.
Y yo sentía alivio.
No alegría.
Alivio.
Ese fue el primer síntoma de que algo estaba mal:
empecé a agradecer lo mínimo
como si fuera un privilegio.
No me dabas amor.
Me dabas pausas entre abandonos.
Y yo aprendí a vivir de eso.
Las conversaciones ya no eran profundas.
Eran funcionales.
Un equilibrio extraño entre cercanía y distancia.
Cuando me acercaba demasiado, te enfriabas.
Cuando me alejaba, aparecías.
Nunca lo suficiente para irme.
Nunca lo suficiente para quedarte.
Eso es el control dosificado:
dar justo lo necesario para que el otro no se muera…
pero tampoco sane.
Yo empecé a medirlo todo.
La hora en que escribías.
El tono.
La rapidez de tus respuestas.
Mi estado de ánimo empezó a depender de tu intermitencia.
Y eso me avergüenza decirlo,
pero es verdad.
Había días en que no pedías nada sexual.
Esos días eras amable.
Casi tierno.
Y yo pensaba: ves, no todo es sexo.
Usaba esos momentos como pruebas falsas
para justificar todos los otros.
Pero cuando el deseo te volvía a encender,
yo lo sentía antes de que lo pidieras.
El cambio en tu forma de escribir.
La insistencia sutil.
La manera en que llevabas cualquier conversación hacia mi cuerpo.
Y si dudaba,
si tardaba,
si decía que no estaba segura…
Desaparecías.
No como castigo explícito.
Eso habría sido más fácil de identificar.
Desaparecías como quien retira la atención
y deja al otro preguntándose qué hizo mal.
Entonces venía la culpa.
No tuya.
Mía.
Tal vez exageré.
Tal vez hoy no estaba de humor.
Tal vez si cedo un poco, todo vuelve a estar bien.
Y volvía a ceder.
Las migajas funcionaban así:
primero me dejabas vacía,
luego me dabas lo justo para que creyera que valía la pena seguir.
No me decías que me querías.
Pero tampoco decías que no.
No prometías nada.
Pero tampoco cerrabas la puerta.
Vivías en esa ambigüedad cómoda
donde no debes nada
pero sigues recibiendo.
Y yo…
yo vivía esperando.
Esperando el mensaje.
Esperando el tono correcto.
Esperando que hoy sí fueras distinto.
Mi mundo empezó a achicarse alrededor de la pantalla.
No porque no tuviera vida,
sino porque mi mente estaba ocupada calculándote.
Cuándo escribir.
Cuándo callar.
Cuándo provocar.
Cuándo desaparecer un poco para que me extrañaras.
Yo, que siempre fui frontal,
me volví estratégica.
Y eso me rompió más que cualquier foto.
Porque no estaba siendo usada solamente por ti.
Estaba colaborando.
Cada migaja venía con una dosis de autotraición.
Un “te pensé”.
Un “me gustas”.
Un “eres diferente”.
Frases sueltas.
Sin contexto.
Sin responsabilidad.
Y yo las guardaba como si fueran pruebas de algo real.
Pero el cuerpo no miente.
Después de cada interacción,
me quedaba cansada.
No satisfecha.
No en calma.
Cansada de sostener algo que nunca terminaba de nacer.
Había momentos en que sentía rabia.
No hacia ti.
Hacia mí.
Por seguir ahí.
Por aceptar tan poco.
Por conformarme con migajas cuando yo tenía hambre de verdad.
Pero esa rabia duraba poco.
Porque siempre volvías justo a tiempo.
Eso también es una forma de manipulación:
llegar antes de que el otro se vaya del todo.
Nunca me dijiste “qué somos”.
Nunca me ofreciste un lugar claro.
Nunca me integraste a tu vida.
Pero tampoco me soltaste.
Yo era un espacio disponible.
Un cuerpo accesible.
Una atención constante.
Y tú…
tú eras una ausencia administrada.
Un día me di cuenta de algo que me dolió más que todo lo anterior:
ya no esperaba amor.
Esperaba señales.
Un mensaje.
Un emoji.
Un “estás ahí”.
Eso es lo que hacen las migajas:
te bajan el estándar sin que lo notes.
Te enseñan a llamar “conexión”
a la intermitencia.
Te convencen de que pedir más
es exigir demasiado.
Y cuando por fin te miras al espejo,
ya no te preguntas por qué no te aman bien,
sino por qué tú sigues aceptando tan mal.
Aun así,
me quedé.
Porque irme implicaba aceptar que había entregado demasiado
a alguien que nunca estuvo dispuesto a sostenerme.
Y aceptar eso…
duele más que quedarse un poco más.