Solo existía cuando estaba caliente
Solo existía cuando estaba caliente.
No cuando estaba triste.
No cuando estaba cansado.
No cuando yo necesitaba algo.
Existía cuando su deseo se activaba.
Y yo… yo aprendí a aparecer justo ahí.
Y lo llamaba conexión.
Mentí con elegancia.
Le puse palabras bonitas a algo que era básico, repetitivo y unilateral.
Le llamé química a la urgencia.
Intimidad a la exposición.
Cercanía a la invasión.
Porque aceptar la verdad habría sido devastador:
yo no era alguien con quien quería estar,
era alguien que le servía en ciertos momentos.
El patrón era claro, pero yo lo difuminaba para poder quedarme.
Aparecía de noche.
Siempre de noche.
Los mensajes cambiaban de ritmo,
de temperatura,
de intención.
No preguntaba cómo estaba yo.
No había contexto.
No había continuidad.
Solo una energía conocida:
directa, impaciente, centrada en él.
Y mi cuerpo lo reconocía antes que mi cabeza.
Sentía ese tirón en el estómago,
no de emoción,
sino de alerta.
Pero respondía.
Porque sabía que si no lo hacía,
si no estaba disponible en ese preciso estado suyo,
volvería a desaparecer.
Yo no era prioridad.
Era opción.
Y aun así, me sentía especial.
Ese es el truco más cruel:
hacerte creer que eres elegida
cuando en realidad solo estás accesible.
Después de que se calmaba,
yo también dejaba de existir.
No había un “quédate”.
No había un “gracias”.
No había un “mañana hablamos”.
Había silencio.
Y ese silencio no era descanso.
Era descarte temporal.
Yo me quedaba mirando la pantalla apagada,
con el cuerpo todavía tenso
y el corazón completamente fuera de escena.
No había satisfacción.
Había confusión.
Porque algo dentro de mí seguía esperando
una señal que justificara lo que acababa de dar.
Pero al día siguiente,
si volvía con una conversación normal,
yo lo tomaba como prueba
de que no todo era sexo.
Me aferraba a eso.
A un comentario casual.
A una risa escrita.
A cualquier cosa que pareciera humana.
Y así me mentía con clase.
Decía que era virtual.
Que la distancia distorsiona.
Que no se puede pedir más.
Decía que yo entendía su ritmo.
Que no era exigente.
Que era libre.
Pero la verdad era otra:
yo estaba adaptando mis expectativas
a su incapacidad de sostenerme.
Cada vez que me escribía caliente,
yo sentía una mezcla de poder y vergüenza.
Poder porque sabía que me deseaba.
Vergüenza porque sabía para qué.
Y aun así, respondía.
Porque ser deseada a ratos
empezó a parecerme mejor
que no serlo nunca.
Ese fue el punto exacto
en el que bajé el estándar
sin anunciarlo.
No me decía “te quiero”.
Pero tampoco decía “esto es solo sexo”.
Y yo me agarraba de ese vacío semántico
como si fuera esperanza.
Pensaba: si vuelve, es porque siente algo.
Pensaba: si me busca, es porque soy importante.
No entendía todavía
que la excitación no es afecto
y la insistencia no es interés.
Solo sabía que cuando él quería,
yo existía.
Y cuando no…
yo me desdibujaba.
Mi día podía ir bien
hasta que recordaba
que no había escrito.
Y entonces todo se volvía ruido de fondo.
No lo extrañaba a él.
Extrañaba sentirme vista,
aunque fuera de la peor manera.
Eso es lo que más cuesta admitir:
que a veces no queremos a la persona,
queremos el reflejo que nos devuelve
cuando nos mira.
Yo quería sentir que importaba.
Y él me ofrecía esa sensación
solo cuando su cuerpo lo necesitaba.
Después de cada interacción,
yo quedaba con la sensación
de haber sido usada
y al mismo tiempo elegida.
Esa contradicción me mantenía enganchada.
Porque cuando algo te duele
pero también te valida,
se vuelve adictivo.
Yo no esperaba mensajes de buenos días.
Esperaba activaciones.
El momento exacto
en que su deseo me volvía relevante.
Eso no es amor.
Eso es condicionamiento.
Pero yo no estaba lista para llamarlo así.
Preferí decir conexión.
Preferí mentirme con elegancia.
Preferí pensar que había algo especial
en ese vínculo irregular.
Porque aceptar que solo existía
cuando estaba caliente
habría significado aceptar
que yo estaba dejando de existir
el resto del tiempo.
Y esa verdad…
esa verdad todavía no podía mirarla de frente.