Migajas de amor

Capitulo 6

El sexo como conversación

No hablábamos.
Negociábamos.

No intercambiábamos ideas, ni silencios compartidos, ni preguntas reales.
Intercambiábamos disponibilidad.

Cada conversación tenía una estructura invisible:
yo ofrecía,
tú evaluabas,
y según eso decidías cuánto tiempo quedarte.

No preguntabas cómo estaba.
Preguntabas qué llevaba puesto.
No querías saber qué pensaba.
Querías saber qué estaba dispuesta a hacer.

Y yo aprendí a responder en ese idioma.

El sexo se volvió nuestro lenguaje principal.
No como encuentro,
sino como moneda de cambio.

Si quería atención,
tenía que abrir el cuerpo.
Si quería palabras,
tenía que insinuar piel.
Si quería que no te fueras,
tenía que mantenerte interesado.

Así de simple.
Así de frío.

Yo empezaba conversaciones con temas normales
y tú las girabas sin esfuerzo.
Siempre hacia el mismo lugar.

Y cuando no seguía el ritmo,
cuando intentaba hablar de algo que me importaba,
te volvías distante.

No me decías que no querías escuchar.
Simplemente… dejabas de estar.

Entonces entendí el mensaje:
para hablar contigo,
tenía que hacerlo desde mi cuerpo.

Y lo hice.

No porque me gustara,
sino porque era la única forma
en que sentía que me escuchabas.

Cada intercambio era una negociación silenciosa:

Si te doy esto, ¿te quedas?
Si cedo un poco más, ¿me escribes mañana?
Si no pido nada a cambio, ¿me eliges hoy?

Nunca lo dijimos en voz alta.
No hacía falta.

Tú sabías exactamente lo que ofrecías:
presencia intermitente.
Yo sabía exactamente lo que ponía sobre la mesa:
mi intimidad.

Y aun así, lo llamaba conexión.

Porque decir negociación
habría sido admitir
que estaba pagando por algo
que debería ser gratuito.

Había momentos en que yo quería hablar.
De verdad.

Contarte algo que me había dolido.
Compartir una idea.
Sentirme humana.

Pero antes de escribir,
me preguntaba:
¿esto lo mantendrá aquí?

Y si la respuesta era no,
me callaba.

Eso también es violencia:
enseñar al otro que su voz
no tiene valor fuera del deseo.

Mi cuerpo se volvió traductor.
Mi silencio, acuerdo tácito.

No había ternura después.
No había sostén.
No había continuidad.

Solo el cierre abrupto
cuando ya habías obtenido lo que querías.

Y yo me quedaba con la sensación
de haber hablado demasiado
sin haber dicho nada.

De haber mostrado todo
sin haber sido vista.

Ese tipo de vínculo te vacía de una forma particular.
No es tristeza abierta.
Es despersonalización.

Empiezas a sentir que existes
solo en función del otro.
Que tu valor está en lo que provocas,
no en lo que eres.

Y lo más doloroso:
empiezas a participar activamente en eso.

Yo ajustaba mis palabras
para que llevaran inevitablemente al sexo.
Aprendí a no pedir.
Aprendí a no incomodar.
Aprendí a no esperar.

Porque esperar algo distinto
era arriesgarme a perderlo.

Y perderlo, en ese punto,
se sentía como desaparecer.

No porque él fuera imprescindible.
Sino porque yo ya había invertido demasiado
en esa dinámica.

Cada conversación era un contrato implícito.
Sin cláusulas claras.
Sin garantías.

Y yo firmaba una y otra vez
con el cuerpo.

No hablábamos.
Negociábamos.

Y cada negociación me dejaba
un poco más lejos de mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.