Migajas de amor

Capitulo 7

¿Qué somos?

La pregunta que delata al que ama.
La evasión que delata al que usa.

No la hice de golpe.
La fui cargando días, semanas, conversaciones enteras.
La sentía crecer en el pecho como algo vivo, incómodo, inevitable.

Porque cuando te entregas —aunque sea mal, aunque sea a pedazos—
llega un punto en que necesitas saber dónde estás parada.

No para exigir.
Para orientarte.

La escribí despacio.
Como quien sabe que una sola frase puede cambiarlo todo.

¿Qué somos?

No tenía reclamos.
No tenía reproches.
Tenía cansancio.

Esperé.

Siempre se espera.

Tu respuesta no fue un sí.
No fue un no.
Fue una evasión perfectamente construida.

—“Siento que tú estás esperando una respuesta exacta a esa pregunta.”

Ahí entendí algo que dolió más que cualquier silencio:
tú sí entendías la pregunta.
Solo no querías responderla.

Porque responderla implicaba responsabilidad.
Implicaba nombrar lo que hacíamos.
Implicaba dejar de beneficiarte de la ambigüedad.

Yo te respondí con una verdad que ya me estaba quemando por dentro:

—“Y yo siento que tú nunca vas a dar esa respuesta.”

No fue un ataque.
Fue un cansancio expuesto.

Hubo una tensión breve.
Un cruce de palabras suaves, casi educadas.
Nada dramático.

Y eso fue lo más devastador.

Porque cuando algo importante se discute sin emoción,
es porque a uno de los dos ya no le importa perder.

Después de eso, todo siguió “normal”.
Entre comillas.

Seguías escribiendo.
Seguías apareciendo.
Seguías pidiendo.

Pero algo se había roto.

Yo ya no podía fingir que no necesitaba saber.
Y tú ya no podías fingir que no sabías qué estabas evitando.

La pregunta quedó flotando entre nosotros
como una bomba que nadie quiso desactivar.

Yo empecé a notar tu incomodidad.
La forma en que esquivabas cualquier intento de profundidad.
La rapidez con la que llevabas todo de nuevo al terreno conocido:
mi cuerpo, tu deseo, el intercambio fácil.

Era tu refugio.
Ahí no había preguntas incómodas.
Ahí no había que definirse.

Y yo…
yo me debatía entre dos miedos:

El miedo a perderte
y el miedo a seguir perdiéndome.

Había noches en que me prometía no volver a tocar el tema.
Decía: no es tan importante.
Decía: no necesito etiquetas.
Decía: lo importante es lo que sentimos.

Pero la verdad era otra:
yo sí necesitaba saber.

No porque quisiera amarrarte.
Sino porque quería ubicarme.

Porque no se puede sostener algo
que no tiene nombre
sin empezar a desdibujarte.

Después de esa pregunta,
cada silencio dolía más.
Cada aparición se sentía sospechosa.
Cada gesto amable parecía una distracción.

Yo ya no podía mentirme con la misma elegancia.

Y tú…
tú empezaste a desaparecer más seguido.

No de golpe.
A ratos.

Como quien se va soltando
sin asumir la despedida.

Y yo entendí, con una claridad brutal,
que la pregunta no te había asustado
porque fuera prematura…

Te había incomodado
porque era precisa.

Porque señalaba exactamente el lugar
donde estabas cómodo
y yo ya no.

Ahí supe algo que tardé en aceptar:
cuando alguien evita definir lo que son,
no es porque no sepa.

Es porque sabe
y no le conviene decirlo.

La pregunta que delata al que ama
no necesita respuesta inmediata.

La evasión que delata al que usa
se reconoce sola.

Y aun así…
me quedé un poco más.

Porque aunque la verdad ya estaba frente a mí,
todavía no estaba lista
para cargar con lo que implicaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.