El ghosteo
No fue abandono.
Fue castigo.
No hubo despedida.
No hubo pelea final.
No hubo explicación torpe que pudiera odiar.
Hubo algo peor:
nada.
Un día escribí
y el mensaje quedó leído…
en mi cabeza.
Porque en la pantalla
ya no hubo ni eso.
Al principio pensé que era cansancio.
Luego horarios.
Después me inventé excusas con la creatividad
que solo tiene quien ama más de lo que recibe.
Seguro está ocupado.
Seguro volvió al servicio.
Seguro mañana escribe.
Siempre mañana.
El ghosteo no llega como un portazo.
Llega como una puerta que queda entreabierta
para que sigas entrando
y golpeándote sola.
Revisé el teléfono más de lo que revisé mi dignidad.
Cada notificación que no era tuya
era una pequeña humillación privada.
Y aun así…
seguía esperando.
Porque no te habías ido “oficialmente”.
Y esa ambigüedad era tu última forma de control.
Después entendí algo que dolió más que tu ausencia:
no me estabas ignorando por desinterés.
Me estabas educando.
Me castigabas por preguntar.
Por incomodarte.
Por intentar nombrar lo que hacíamos.
El silencio como corrección de conducta.
—Si preguntas, desaparezco.
—Si exiges claridad, te quito el contacto.
—Si intentas existir fuera de lo sexual, te borro.
Y yo lo sentí en el cuerpo.
Dormía mal.
Comía sin hambre.
Escribía mensajes que borraba antes de enviar.
Mi mente repasaba cada conversación
buscando el error
como si yo fuera la culpable de tu huida.
Ahí está el daño real del ghosteo:
no te rompe de golpe,
te vuelve acusadora de ti misma.
Yo no lloré ese día.
Ni el siguiente.
Ni la semana después.
Me quedé suspendida.
Congelada en una espera sin fecha.
Porque mientras no te ibas del todo,
yo tampoco podía cerrar.
Ese es el truco:
no irse para que el otro se desgaste solo.
Y cuando finalmente entendí que no ibas a volver,
no sentí alivio.
Sentí vergüenza.
Vergüenza de haberme quedado hablando con una ausencia.
De haber negociado mi valor
por una respuesta que nunca llegó.
No fue abandono.
El abandono tiene explicación, aunque duela.
Esto fue castigo.
Frío.
Silencioso.
Calculado.
Y lo peor…
es que aun después de todo,
una parte de mí
seguía esperando que escribieras.
No porque te amara.
Sino porque quería creer
que no había sido tan fácil borrarme.
Pero lo fue.
Y ese día entendí
que el ghosteo no mata el vínculo:
mata la autoestima del que se queda.
-